Capítulo 14 #3
—¿Por qué no te vas a dormir? Si me permites levantarme de la silla, puedo encargarme yo de la chica. Así te ahorraré algo de trabajo.
Por un momento se sintió tentado aceptar.
Habría sido muy fácil. Estaba desesperado por irse a la cama.
Había sido muy estresante tener que interaccionar con el chulo.
No había previsto que ocurriera así. El hombre se había acercado demasiado y había oído su voz.
Y todo por Jayne Magee. Era justo que ella hiciera algo para agradecerle sus esfuerzos.
Por desgracia, era un truco. Las mujeres siempre recurrían a la ternura para engañarte, te engatusaban con dulces mentiras.
No tenía intención de ayudarlo. Sin embargo, deseaba tanto poder confiar en ella…
King endureció su corazón y aceptó su destino.
Podía elegir entre ser profesor o amigo, pero no podía ser ambas cosas.
—Habría agradecido la oferta si la hubieras hecho con el propósito de ayudarme. Pero sabemos que no es así, reverenda, y no me gusta que una mujer con tu educación y tus principios morales sea una hipócrita. Sin duda deseas ayudar a esta chica, pero no finjas que tu oferta es por mi bien.
—La va a matar —murmuró Elaine—. No puedes hacer nada.
Intenta no mirar. Yo no puedo volver a verlo.
—Temblaba tan violentamente que los grilletes de los tobillos se le clavaban en la carne.
Jayne extendió un brazo y le cogió la mano, hasta que el temblor se calmó.
Era una lección fascinante sobre los puntos fuertes y débiles de la mente humana que las dos mujeres hubieran reaccionado de forma tan diferente ante la misma situación.
King pensó en escribir un ensayo sobre ello con un punto de vista interior absolutamente único, como era él.
—¿Elaine tiene razón? —preguntó Jayne con calma—. ¿Pretendías matar a esa mujer?
El uso moralista del tiempo pasado lo irritó: estaba tan segura de poder convencerlo de que cambiara de opinión que no creía necesario hablar de ello en presente.
—No está a vuestra altura, ¿no te parece? —replicó—. Una puta callejera, junto a una respetada abogada y una eminente teóloga. Sería un insulto para las dos.
Jayne soltó la mano de Elaine y se recostó en el respaldo de la silla, ganando tiempo.
King pensó que, después de todo, era lo que había soñado, un verdadero debate, un encuentro de mentes, pero ella estaba demasiado segura de sus propias opiniones.
Parecía firmemente convencida de su punto de vista.
¿Dónde estaba su deseo de escuchar los de él?
—Ninguno de nosotros sabe de lo que es capaz otro ser humano ni lo que puede ofrecer. No se puede juzgar a una persona por su aspecto o por lo que hace para ganarse la vida. ¿No sería mejor hablar con ella primero, averiguar algo más? Podríamos sorprendernos.
—La vida que llevas es una prueba de quién eres. ¿No enseña la Iglesia que seremos juzgados por nuestra conducta? —preguntó King.
—¿Y la tuya? —susurró Jayne, con una expresión que solo revelaba seriedad y curiosidad. Si hubiera habido un ápice de insolencia en su tono de voz, habría disfrutado infinitamente más de lo que estaba a punto de hacer.
—No soy un hombre religioso —respondió—. Creo en la ciencia, los hechos y la educación. Nada de lo que digas podrá disuadirme, aunque agradezco el intento.
Sacó una maquinilla de afeitar eléctrica del saco que se había echado al hombro y la colocó en el suelo junto al cuerpo de la mujer.
Ella hacía torpes e inútiles intentos de incorporarse, pero los pies le resbalaban por el suelo, traicionados por unas piernas que aún no habían recuperado el control muscular.
Mientras se quitaba la ropa sucia, armado con un delantal de plástico, guantes de goma y una bolsa de basura, Elaine empezó a emitir un ruido agudo, como el aullido de un perro al que se deja solo durante demasiado tiempo.
—¿Podemos hablar de ello? —preguntó Jayne.
—No —dijo tajante King—. Ya no tengo ganas de hablar más.
Tengo que ir a trabajar por la mañana y necesito dormir un poco.
Te sugiero que te concentres en hacerla callar antes de que me vea obligado a hacerlo yo.
—Señaló a Elaine con un gesto de la cabeza, reacio a mirarla porque sabía que estaba babeando y volvía a mecerse de un lado a otro.
Oyó el chirrido que hizo la silla de Jayne al avanzar por el suelo y se dio cuenta de que había ido a consolar al alma perdida que tenía al lado.
Por horrible que fuera el estado en que se encontraba Elaine, la aparente falta de miedo de Jayne le molestaba un poco—. Bueno, no durará mucho.
—¿Perdón? ¿Qué has dicho? —preguntó Jayne.
King metió lo que quedaba de la ropa de la mujer en la bolsa de basura y la arrojó hacia la puerta.
—Nada —respondió él—. No estaba hablando contigo.
—Entonces, ¿con quién estabas hablando? —preguntó ella con inocencia. Estaba harto de su tono condescendiente. Un título de la Universidad de Oxford y los elogios de la prensa no la hacían superior. Sin embargo, le hablaba como si fuera una oveja descarriada de su congregación.
—Tienes que mirar, es importante —dijo King, enderezando el cuerpo de la mujer.
Empezó a afeitarle el pelo. Fue entonces cuando la mujer recobró por fin el conocimiento.
Con las manos atadas a la espalda y los tobillos unidos, empezó a retorcerse como una lombriz rosa gigante, sacudiéndose sin tener adónde ir, con los pies resbalando por el suelo. La mordaza la hacía parecer borracha, pero no le impedía hacerse entender.