Capítulo 14 #2
Cuando llegó al barrio de Govanhill, llovía, y maldijo por el agua que le empañaba el parabrisas mientras lo limpiaba con unas toallitas.
Con ese clima, las prostitutas habrían salido corriendo a buscar refugio.
Pero al hacer un primer barrido por la calle Allison, consiguió divisar a las más austeras.
A ambos lados de la calle había dos museos de historia natural.
Eran edificios de cuatro plantas que se alzaban sobre tiendas con letreros en todos los idiomas que vendían comida de todas las culturas.
Era una auténtica calle internacional, pensó King, divertido por la farsa, preguntándose cómo era posible que Escocia hubiera sido invadida por lenguas que nunca tendría tiempo ni ganas de aprender.
Había estudios de tatuajes, supuestos «outlets» de diseñadores —«Menuda broma», pensó—, prestamistas, peluquerías y tiendas de segunda mano; había de todo y de nada.
Demasiados carteles de: «Se alquila». Demasiados edificios con andamios.
Demasiadas cosas decadentes. Y precisamente por eso había ido allí.
A su paso, intentaba calcular la estatura y la edad de las mujeres que lo escrutaban con un interés cauteloso.
Jayne Magee era bastante bajita y los altos tacones de las putas hacían casi imposible la comparación.
La edad tenía que ser el factor determinante.
Pasó por delante una segunda vez y vio a una mujer que se había embadurnado la cara de maquillaje para inducir a los clientes a que pensaran que tenía veinte años, aunque sus raíces y pechos caídos revelaban la verdad.
Se detuvo y bajó la ventanilla del acompañante.
—Buenas noches, cariño, ¿qué quieres hacer?
—¿Cuánto? —preguntó él, interpretando su papel.
—Treinta por la mano, cuarenta por la boca, cincuenta por el coño.
—La mano está bien —respondió, abriendo la puerta. El parecido con Jayne era lo bastante satisfactorio, así que no tendría que arriesgarse a seguir circulando con el coche. Ella dudó—. ¿Hay algún problema? —le preguntó.
—La luz del habitáculo está apagada. ¿Por qué? —Dio un paso atrás, más asustada de lo que él esperaba. Era una precaución que se había visto obligado a tomar. No quería que los transeúntes le vieran la cara, así que había quitado la bombilla antes de salir.
—La bombilla se ha fundido —dijo—, y la lluvia está entrando en el coche. ¿Puedes darte prisa?
Ella escudriñó en la oscuridad del habitáculo como si intentara verlo mejor y luego cerró de golpe la puerta.
—Creo que voy a pasar, amigo. Será mejor que te vayas a casa.
King dio un golpe al volante. Maldita zorra estúpida. No tenía tiempo que perder. Respiró hondo para calmarse.
—Te pagaré el doble, ¿vale? —dijo—. Sesenta pavos por solo una paja. ¡Vuelve aquí!
—¡No te creo! —gritó ella; se dio la vuelta y continuó andando—. Hay algo raro en ti.
Fue entonces cuando un hombre salió de entre las sombras, la agarró por la manga del abrigo y la condujo hasta el coche.
—Vas a pagar sesenta, ¿verdad? Solo los dedos y la palma, sin extras. El dinero por adelantado. —Metió una mano por la ventanilla y mientras King rebuscaba en su cartera, se puso a increpar a la reticente prostituta.
Le entregó el dinero, manteniendo el rostro bien oculto y bajando el timbre de su voz.
—Toma. —Le dio tres billetes de veinte. Estaba resultando una noche bastante cara. El proxeneta, que por el acento parecía rumano, empujó a la puta dentro del coche.
—Te quiero aquí en media hora. Aléjate de los bares —ordenó.
—Sí, que te jodan —susurró la chica en voz baja en cuanto King arrancó y el chulo dejó de estar al alcance de sus oídos—. Gira a la derecha. Conozco un lugar aquí cerca donde puedes aparcar si quieres que lo hagamos en el coche. Esta noche hace un poco de frío.
—En el coche está bien —respondió él, siguiendo sus indicaciones hasta que llegaron a un lugar adecuado.
Esperó a que ella estuviera ocupada bajándole la cremallera de los pantalones antes de meter la mano en el bolsillo del abrigo, abrir la bolsa de plástico con cierre de cremallera y sacar el trapo.
—Has venido preparado —bromeó ella—. A juzgar por el trabajo que tengo que hacer aquí abajo, ese pañuelo no te va a hacer falta hasta dentro de un rato.
Mientras se reía de su propio chascarrillo, King le tapó la boca y la nariz con el trapo, presionándole la cabeza sin descanso contra el asiento.
Ella movía las piernas como si estuviera bailando una giga irlandesa y sacudía inútilmente los brazos, intentando, de forma alternativa, arrancarse el trozo de tela de la cara y arañarle las manos.
Al final, quedó reducida a un despojo tembloroso sacudido por convulsiones y se deslizó lentamente fuera del asiento hasta que la barbilla le cayó sobre el pecho.
—Ríete de esto —siseó King, y le dio un puñetazo en la cara tan fuerte que sintió como protestaban las vértebras de su cuello. Pero seguía viva y necesitaba una sedación más prolongada que la que ofrecía el cloroformo. La ató y amordazó, la empujó al asiento trasero y la cubrió con una manta.
Cuando terminó de arrastrar su cuerpo escaleras arriba tras la pared del sótano, metido en un enorme saco, estaba muerto de cansancio.
Completamente exhausto. Le dolían los músculos, le palpitaba la cabeza y en el estómago sentía un nudo de dolor girando como los pollos en los asadores. Necesitaba comer y dormir.
—No hay paz para los malvados —dijo, abriendo la puerta—.
Imagino que tú te lo tomarás al pie de la letra.
Pero no es culpa mía. Si ese policía no hubiera insistido en buscar el cuerpo de Jayne, no te habría tocado a ti proporcionármelo.
Eres demasiado vieja y pesada para ser Jayne.
Creo que puedo arreglar la flacidez. A ver qué más me cuentas.
—Encontró a Elaine y Jayne exactamente como las había dejado—.
Sois un regalo para la vista —dijo alegremente; arrastró el saco al centro de la habitación y vació su contenido en el suelo.
La prostituta se estiró lentamente, aturdida.
Las mujeres lo observaban, ansiosas. Sabía que se estaban preguntando si iba a sustituirlas.
¿Había llevado a una nueva mujer, mejor que ellas, y se habían convertido en superfluas para sus necesidades?
Intentó fingir que era así por un tiempo, para ver si intentaban impresionarlo para mantener sus puestos.
Sin embargo, Jayne había decidido que era hora de hablar. Se preparó para escuchar más súplicas.
—¿Quién es? —preguntó. Estaba tranquila, casi cómoda. King había apuntado sus cambios de humor, siguiendo su patrón. Habiendo pasado del miedo a la incredulidad y luego a la rabia en rápida sucesión, Jayne había resultado ser mucho más difícil que Elaine.
—Es tu suplente de cuerpo —respondió—. He traído aquí a esta mujer para salvarte la vida.
—Agarró un puñado de pelo y echó hacia atrás la cabeza de la prostituta para mostrarle la cara.
No estaba guapa con todos esos moratones, pero tampoco lo estaba antes—.
No la juzgues con demasiada dureza —le dijo a Jayne—.
Estoy seguro de que habrá alguna explicación de cómo ha terminado así.
Apuesto a que nos contaría alguna historia interesante, si tuviéramos tiempo.
Pero qué maleducado soy. ¿Cómo habéis pasado la tarde?
Jayne frunció el ceño. No le gustaba cuando hacía eso. Le recordaba a Natasha.
—Llevamos todo el día encadenadas a estas sillas, solo con una mano libre y botellas de plástico para orinar. Es difícil tener un buen día en estas condiciones —respondió Jayne.
—Con el tiempo os daré más libertad, cuando demostréis que sabéis comportaros bien.
Elaine, ¿cómo va tu dentadura? —King chascó los dedos delante de su cara.
Ella abrió inmediatamente la boca, sin poner objeciones—.
Las encías están un poco hinchadas, pero eso era de esperar.
Te vendrá bien enjuagarte con un colutorio antiinflamatorio.
Espero que os hayáis mantenido ocupadas.
—Inspeccionó el tablero de ajedrez que había colocado entre ellas, para ayudarlas a pasar el tiempo y estimular la mente.
Había pertenecido a sus padres, como todo lo que había en aquella casa, y era un objeto al que le habían tenido mucho cariño.
A menudo, al volver del colegio, encontraba a su madre o a su padre jugando al ajedrez con Eleanor.
Su hermana había sido educada en casa, una decisión fácil, ya que su padre era escritor científico y su madre ama de casa.
Según su madre, ningún colegio estaba preparado para aprovechar al máximo su potencial.
En cambio, él asistía a un colegio público y se perdía los torneos familiares de ajedrez que se jugaban por las tardes.
Solo después de la muerte de Eleanor, su padre encontró tiempo para enseñarle a jugar.
Le había llevado un tiempo, pero se había convertido en un jugador de ajedrez con cierto talento.
Su padre no había escatimado esfuerzos para inculcarle las diferentes estrategias.
Solo se le permitía jugar ajedrez durante las horas de descanso, después de hacer los deberes y los exámenes.
Era un momento del día que siempre esperaba con impaciencia.
Elaine necesitaba urgentemente algo de entretenimiento. Se pasaba todo el tiempo con la cabeza agachada, sin apenas hablar. Las piezas estaban intactas en el tablero, pero la comida y el agua que había dejado habían desaparecido.
—¿Y cómo te ha ido a ti el día? —le preguntó Jayne. Elaine levantó la cabeza y la miró boquiabierta, con una expresión cómica de asombro.
King intentó responder; tuvo que pensárselo un momento, tartamudeó y volvió a empezar.
—Ha sido un día difícil, gracias por preguntar. De hecho, estoy bastante cansado.
Jayne asintió, mirándolo con una extraña expresión de solidaridad.