Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Reginald King rompió el papel y lo tiró a la papelera.

No había ningún representante de la asociación Profesionales Antiabortistas dispuesto a dar la conferencia.

Era difícil que tuvieran mucha demanda. La suya no era precisamente una ideología popular.

Natasha esperaba un nombre y detalles sobre la conferencia.

Recordó la indiferencia con la que había aceptado el encargo y frunció el ceño.

Se limitaría a suspirar, sin expresar su decepción, pero dejando que se le notara en la cara.

La profesora Forge apenas levantó la vista cuando entró en su despacho, demasiado ocupada para esbozar siquiera una falsa sonrisa.

—Doctor King, le he preguntado varias veces por el nombre del ponente, sin obtener respuesta. Han pasado diez días desde la última vez que hablamos de ello. ¿A quién ha llamado?

—He intentado ponerme en contacto con una asociación muy interesante y me temo que me están haciendo esperar. Está resultando más difícil de lo esperado… —balbuceó.

—Tengo mucha prisa, así que podemos pasar por alto los detalles. ¿Qué asociación es?

—Profesionales Antiaborto —respondió él.

—¿Pero está loco? —preguntó, poniéndose en pie detrás del escritorio—. Sabe que la universidad tiene una política estricta en materia de igualdad y derechos de las mujeres. ¿Quiere desatar el caos?

—Usted siempre dice que hay que explorar los temas desde todos los puntos de vista. Pensé que le agradaría salir de la caja en la que el departamento está encerrado. Otras universidades ponen a prueba sus límites. Algunas conferencias a las que he asistido en el último año me han abierto los ojos.

—Cancele su intervención —dijo la profesora Forge—. Les pagaré por las molestias si es necesario. Asegúrese de que no tenga que ver cómo sermonean a mis alumnos sobre leyes hechas para perjudicar a las mujeres mediante el control de sus cuerpos.

—De todas maneras, no pueden venir —soltó en un tono más brusco de lo que le habría gustado y ella le lanzó una mirada incrédula.

—Entonces, ¿por qué estamos…? Olvídelo. Responda sí o no. ¿Tenemos un orador para esta semana? —preguntó en voz baja.

Había tantas respuestas que quería darle…

Que se había dejado un botón abierto de la blusa —se veía un trozo de su sujetador negro de encaje, lo que le impedía concentrarse—; que era su igual y no tenía derecho a hablarle así; que podía ser tan cruel y severo como ella, y que le habría encantado llevarla a su lugar secreto para presentársela a Elaine y a Jayne.

—No —fue la única respuesta que salió de sus labios—, pero puedo conseguirle uno esta misma tarde antes de que vuelva de la pausa para comer…

—Yo me encargo. Asegúrese de que las solicitudes para el próximo curso se examinan de forma adecuada y organice una reunión del personal académico para revisar algunos cambios en las políticas de supervisión de los estudiantes.

Llego tarde —concluyó; cogió su bolso y se marchó.

King se quedó mirando el espacio vacío que había dejado detrás del escritorio.

Cerró la puerta, intentando hacer el menor ruido posible.

Era la primera vez que lo dejaba solo en su despacho.

Lo recorrió una extraña sensación de intimidad, rodeado de sus libros, sus papeles, las pocas fotos que tenía colgadas en las paredes; fotos de niños que uno podría haber pensado que eran sus hijos, pero que en realidad eran sus sobrinos.

Caminó alrededor del escritorio, acariciando la sedosa madera, pulida y suave como debía de ser su pelo.

La silla era firme, pero conservaba la huella de su cuerpo tras múltiples horas de lectura.

King bajó la mano hasta el borde inferior, imaginando sus nalgas sobre el tapizado de piel, calentándolo, deslizándose arriba y abajo por el asiento mientras ella se movía y se ponía cómoda.

Estaba excitado. Sintió vergüenza y curiosidad ante tal reacción.

Nunca se había sentido así cuando estaba con Elaine o Jayne.

Con ellas era casto. Era una comunión de mentes, la anticipación del momento en que disfrutaría de su intelecto.

Mientras intentaba controlar la presión que había en sus pantalones, se preguntó por qué Natasha despertaba sus instintos más primitivos y vulgares.

—Es su naturaleza —dijo en la habitación vacía—.

Es imposible evitar sentir atracción por ella.

Debo elevarme por encima de todo esto. —Empujó hacia abajo la tela tensa.

El timbre del teléfono lo sobresaltó y corrió hacia la puerta, seguro de que ella volvería para contestar.

En el pasillo tropezó, se levantó y corrió a su despacho.

Oyó risitas y cerró la puerta y bajó las persianas para tener más intimidad—.

Natasha me provoca este efecto —dijo—. Lo hace a propósito.

Pero yo soy mejor que ella. Tengo dos mujeres que son mejores que ella, incluso más inteligentes. No me tratan como a un tonto.

Estaba alzando la voz, hablando demasiado alto.

Mientras intentaba desesperadamente controlar la hinchazón de sus pantalones con una mano, acercó la otra a la repisa situada sobre su cabeza para encender la radio.

Una voz masculina con un acento pronunciado y un vocabulario demasiado pulido invadió la sala.

Al principio King no entendía lo que decía, pero luego oyó el nombre de la reverenda.

Había evitado los medios de comunicación, sabiendo que lo volverían paranoico.

Alguien que parecía francés, pero que, sin embargo, era un agente de la policía de Edimburgo, estaba diciéndole al mundo que Jayne Magee todavía estaba viva.

Pedía ayuda a la ciudadanía y anunciaba registros domiciliarios.

Todo porque no habían encontrado ningún cuerpo.

La presión que estaban ejerciendo sobre él era exasperante.

No estaba preparado. Tenía que conseguir otro vehículo y el pillo del taller ya empezaba a hacer preguntas a pesar del dinero extra que le daba para que mantuviera la boca cerrada.

Usaba coches robados o sin seguro que habían pasado por muchas manos después de dejar a sus propietarios originales, sin número de chasis y lo bastante viejos como para pasar desapercibidos.

No habrían podido recorrer más de mil kilómetros antes de acabar en el desguace, pero a él le parecía bien así.

Se había prometido usar un coche diferente para cada mujer para evitar ser localizado.

Luego se lo había devuelto al canalla para que se lo pasara a otro propietario, que lo utilizaría para fines igual de ambiguos.

No había planeado llevarse a las dos, ese era el problema.

Después de haber utilizado tres coches, necesitaba un cuarto.

Su investigación aún no había alcanzado un nivel aceptable.

Aún no había encontrado una sustituta adecuada para Jayne y un plan chapucero no garantizaba resultados impecables.

Pero no tenía otra opción. La prioridad era detener la investigación policial.

Si tanto querían un cadáver, él se lo proporcionaría.

King miró ansiosamente el reloj, deseando poder salir de la oficina y marcharse en el vehículo legalmente registrado a su nombre.

Desde allí llamó al hombre que conocía solo como Louis, y concertó una cita con él, pero antes debía pasar por un cajero automático.

Solo aceptaba pagos en billetes de diez o veinte libras, una petición irritante pero sensata.

Una hora después, había acordado que le dejaran un coche en un callejón de Causewayside, accesible a pie desde el garaje que había alquilado, de modo que pudiera dejar allí su propio coche y tomar el otro para ir a Glasgow.

Decidió que saldría a las diez de la noche, mucho después del atardecer, pero antes del cierre de los locales, para encontrar las calles lo bastante tranquilas.

El coche era un viejo Saab de un gris apagado; la correa del ventilador hacía un ruido que lo ponía de los nervios.

Se había puesto un impermeable comprado en una tienda de beneficencia, con un mono debajo.

En la cabeza, una gorra cubría una calva que tenía tendencia a rascarse cuando estaba estresado, un hábito que sin duda había acelerado su caída del cabello.

El viaje a Glasgow duró menos de una hora.

Era una ciudad de contrastes, pensó King.

Las estructuras de cristal y acero, los puentes iluminados con neón y los flamantes auditorios no podían ocultar la pobreza, las privaciones y la baja esperanza de vida que habían hecho acuñar la expresión: «Efecto Glasgow».

Glasgow, un asentamiento histórico más parecido al castillo de un libro infantil, con las agujas de sus universidades con torres, que al convertirse en bastión de la violencia de las bandas, era solo humo y espejos.

King sabía que estaba a punto de contribuir a esas sombrías estadísticas, aunque solo fuera en una unidad, pero allí, en medio del ensordecedor conflicto entre modernismo y miseria del segundo mundo, nadie se daría cuenta.

Sería más fácil ver los monumentos de Glasgow, visitar los lugares turísticos y escuchar solo el murmullo seductor.

Pero nada de eso era real. Glasgow, pensó King, era una ciudad que prosperaba con la muerte.