Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

—¿Por qué no? —Callanach cambió de posición en la silla para acercarse a ella y alejarse de la pareja, que había dejado de discutir y se estaba reconciliando con besos más ruidosos de lo necesario.

—Si las quería para que le hicieran compañía, ¿por qué matarlas? —preguntó Ava.

—Hasta ahora solo ha matado a una —señaló Callanach—, pero si tienes razón sobre el motivo del secuestro, existe la posibilidad de que Jayne Magee siga viva, ¿no crees?

Los interrumpió un forcejeo en la puerta. Un chico borracho de unos veinte años irrumpió diciendo palabrotas, seguido de una pareja de amigos igualmente perjudicados, y los tres se dirigieron tambaleándose hacia la pareja de enamorados que había en la mesa de al lado.

Callanach le lanzó una mirada a la camarera, que oteaba a su alrededor buscando ayuda.

—Joder, Suze. Te quiero. Dime que no te vas a casar con este pedazo de mierda.

—¿De verdad, Gary? —respondió la chica, más aburrida que perturbada—. Te lo he dicho yo y también mi padre. Debes mantenerte alejado de mí. Se acabó.

—Sé que todavía me quieres. Dijiste que me amarías para siempre. Y él trabaja en una aseguradora. ¿Qué mierda de trabajo es ese?

Callanach intercambió una mirada con Ava, que resopló mientras se acababa su bebida.

—Será mejor que te vayas de aquí, tío —dijo el novio vendedor de seguros, en un tono más decidido de lo que mostraba su rostro.

—Me iré cuando mi novia me lo pida. Cierra la bocaza si no quieres acabar mal. Ven, Suze, tenemos que hablar fuera.

Agarró a la chica por el brazo y empezó a tirar de ella para levantarla de la silla. A los presentes, que habían dejado de hablar para escuchar, les recorrió un escalofrío de preocupación.

—No pienso ir contigo. No quiero saber nada más de ti. Lo nuestro se acabó. Quiero a Robert.

—Vamos fuera para hablar de ello. Tienes que aprender a ser más razonable.

El chico tiró con más fuerza, le desgarró la manga del vestido y le dejó una fea marca roja en el brazo cuando ella logró soltarse. Suze se masajeó la piel enrojecida, con lágrimas en los ojos, y entonces el dolor dio paso a la ira y le escupió a la cara.

—¡Perra asquerosa! —gritó su ex.

Callanach se levantó.

—Para —le advirtió Ava.

—Va a hacerle daño —respondió él.

—Si intervienes, habrá una denuncia por brutalidad policial. Si voy yo, la humillación será tan intensa que ni siquiera se planteará denunciar.

Ava se interpuso entre Suze y su agresivo exnovio.

—Tienes que irte a casa. Este no es el momento ni el lugar —dijo con calma.

—¿Y quién demonios eres tú? Lárgate. Esto no es asunto tuyo.

—Tienes razón, no es asunto mío, pero estaba pasando una noche tranquila y me parece que ninguno de los presentes quiere presenciar una pelea. ¿Qué dices? ¿Por qué no te calmas un poco dando un agradable paseo?

—¿Y tú por qué no te apartas antes de que use tu cara para romperle la nariz al pequeño Robert?

—No te lo recomiendo —dijo Ava sin levantar la voz lo más mínimo.

—Como quieras, zorra arrogante —soltó el ex de Suze, lanzándose sobre ella.

Ava se movió de manera imperceptible, pero evitó el ataque desplazándose ligeramente hacia un lado; luego agarró el brazo extendido del agresor y tiró de él hacia abajo.

Al mismo tiempo, bajó su centro de gravedad, dio un paso y le puso la zancadilla, haciéndole caer de bruces al suelo.

Callanach ni siquiera tuvo tiempo de pensar si debía intervenir.

Ver a Ava en acción era fascinante. Finalmente, ella se sentó sobre ese idiota borracho y lo inmovilizó de lado con las nalgas mientras le sujetaba los brazos doblados hacia la cabeza.

Aunque se esforzaba por forcejear, estaba claro que no iría a ninguna parte hasta que Ava lo soltara.

A los murmullos de aprobación del público siguieron silbidos y, finalmente, risas.

—¿Por qué no os lleváis a vuestro amigo a casa? —les dijo Ava a los dos matones que el tipo había llevado como refuerzo. La expresión de sus rostros daba a entender que no tenían ningún deseo de acabar igual.

—Sí, nosotros nos encargamos —murmuró uno de ellos.

—¿Y tú piensas irte sin causar problemas o tenemos que pasar más tiempo en el suelo? —preguntó Ava.

—Me voy. De todas formas, esa zorra no merece la pena.

—Ava lo retuvo unos segundos más para asegurarse de que no quisiera volver a discutir, pero parecía que ya había tenido suficiente.

Un par de minutos después, la refriega había terminado y los presentes volvían a pedir bebidas y a escribir mensajes en sus teléfonos móviles.

—¿Nos vamos? —le preguntó Ava a Callanach.

—¡Gracias! —exclamó Suze mientras caminaban hacia la salida.

—No te separes de Robert y mantente alejada de ese tipo durante un tiempo —respondió Ava, y cerró la puerta tras de sí—. Tengo manchas de cerveza en los pantalones. Típico, maldita sea. Menos mal que no compro nunca ropa que solo puede lavarse en seco.

—Vaya, no me lo esperaba —comentó Callanach—. ¿Entrenamiento policial?

— Jiu-jitsu . Mi madre insistió en que asistiera a clases nocturnas de etiqueta cuando iba al instituto. Habría preferido clavarme anzuelos en los ojos. Llegamos a un acuerdo y por cada clase a la que fuera ella me pagaba una actividad de mi elección.

—Debes de tener un currículum muy interesante.

—Sí, ahora sé servir bebidas de manera impecable, tocar la batería, entrar en un coche deportivo sin miedo a que se me vean las bragas, plantar cara en una pelea, entretener a un diplomático en una cena y todavía no he encontrado al hombre que pueda ganarme a los dardos.

—Ava se echó a reír. Callanach nunca sabía cuándo bromeaba y cuándo hablaba en serio.

Era algo que le gustaba de ella—. Gracias por no intervenir.

Fue muy amable de tu parte no tratarme con condescendencia.

—Vi que había cerveza en el suelo —dijo Callanach—. A diferencia de ti, yo compro ropa que hay que limpiar en seco bastante a menudo.

—Vaya, estás mejorando —se rio—. Es agradable descubrir que tienes sentido del humor.

—¿Qué te hace pensar que estaba bromeando? —le preguntó él mientras le mantenía abierta la puerta del taxi.

Al día siguiente, Callanach dio su primera rueda de prensa en Escocia.

El padre de la reverenda Magee habló en primer lugar, invitando a cualquier persona que tuviera información a dar un paso al frente, hablando del extraordinario amor que sentía su hija por la vida y su impresionante capacidad de perdón y comprensión.

Con la cara de Jayne firmemente grabada en la mente de los espectadores, Callanach habló a continuación.

—Tenemos razones para creer que Jayne sigue viva.

No se ha establecido ninguna relación con el asesinato de Elaine Buxton y quiero recordarles que este sigue siendo un caso de secuestro.

En los próximos días, es posible que solicitemos el registro de edificios y anexos en un radio determinado del parque Ravelston, por lo que agradeceremos la ayuda de los ciudadanos.

Un funcionario de prensa de la policía tomó la palabra y les facilitó un número de teléfono y una dirección de correo electrónico, aunque Callanach no esperaba gran cosa.

El secuestrador había sido demasiado listo.

Era el momento de forzar las cosas. En el mejor de los casos, intentaría trasladar a Jayne, se dejaría llevar por el pánico y cometería un error, tal vez al mudarse para desaparecer de la circulación, lo cual haría que alguien denunciara su desaparición; por ejemplo, un casero, un cartero, un colega…

Callanach tenía que hacerle sentir que le estaban respirando en la nuca.

Si el interés de la prensa se extinguía demasiado pronto, corrían el riesgo de no volver a encontrar a la reverenda Magee.