Capítulo 13 #2
—Envíe a agentes uniformados a interrogar a los vecinos de Elaine Buxton.
Deben preguntar si alguien vio a un hombre con una maleta grande alrededor de la hora a la que ella regresó a casa.
Se había preparado. Sabía cómo doblar el cuerpo para que cupiera en la maleta y tenía preparado el cloroformo.
Ah, ¿puede traerme también las fotos del piso de Elaine Buxton?
Cinco minutos después, estaban sobre su escritorio. Mientras tanto, la detective Salter consiguió un vehículo para ir a Albyn Place.
—¿Hay noticias del caso de los bebés de la inspectora Turner? —preguntó Callanach.
—No, señor —respondió Salter.
—¿Qué películas hay ahora mismo en el cine? —preguntó. Salter se sonrojó—. Necesito distraerme del caso —añadió, esperando que ella no hubiera tomado su pregunta como una invitación.
—No lo sé. Mi novio se descarga casi todo de Internet. —Callanach le agradeció mentalmente que mencionara a su pareja—. No parece usted el tipo de persona que va al cine, si me permite la observación —dijo Salter.
—¿Qué cree que hago los fines de semana?
—Ir a restaurantes elegantes, beber vino, leer el periódico e ir a fiestas.
Ese tipo de cosas. Creo que debería ir a buscar el coche, señor.
—Se marchó corriendo y él se dio cuenta de que la había puesto en un compromiso.
Sin embargo, esa respuesta le dijo mucho sobre cómo lo percibían.
En parte estaba el estereotipo ligado a su nacionalidad, demasiado cercano a la verdad de su antigua vida para su gusto.
Pero en el último año había cambiado. Había cerrado todas las puertas y solo le hacían compañía los fantasmas de las fiestas pasadas.
Cuando llegaron al piso de Elaine Buxton, enseguida les llamó la atención el cartel de «Se vende» que colgaba en la entrada. Callanach pensó que la madre de Elaine, o no podía permitírselo, o no quería ningún recuerdo del lugar donde habían secuestrado a su hija.
—Vaya por detrás —ordenó a Salter. Identificó el garaje de Elaine y examinó las fotos de la escena del crimen.
La primera vez había ido a su casa para averiguar qué tipo de persona era, pero no había entrado en el garaje.
Usando las llaves que había cogido en la sala de pruebas, abrió la puerta automática y entró—.
Encontraron las llaves en el pasillo que llevaba a su piso, ¿verdad?
—Salter comprobó sus notas y asintió—. Sugerían que se le habían caído allí, que su secuestrador la esperaba dentro de la casa, pero nadie lo vio ni lo dejó entrar.
No había señales de lucha ni ruidos ni rastros.
Estaba demasiado limpio. Creo que la cogió en el garaje y que después abrió la puerta y tiró deliberadamente las llaves al pasillo.
—Pero según la madre de la víctima, el garaje estaba cerrado. Elaine era muy cuidadosa con la seguridad —objetó Salter.
—Hay arbustos fuera. El asesino conocía su rutina. La mejor solución es siempre la más sencilla. Él llega aquí antes que ella, está oscuro, permanece en la sombra detrás de los arbustos, espera a que ella abra la puerta automática del garaje, se agazapa y la sigue a escondidas.
—Tenía que asegurarse de que estaba sola —comentó Salter.
—Elaine no llevaba hombres a casa. El asesino la conocía lo bastante bien como para estar tranquilo por ese lado. Cuando salió del coche y cerró la puerta del garaje, él la estaba esperando con el cloroformo.
—¿Está diciendo que Elaine no habría podido evitarlo, sin importar las precauciones? Eso no es nada tranquilizador. ¿Y por qué tiraría las llaves al pasillo?
—Para desviar la atención de la manera en la que salió del garaje, pasando por la puerta trasera y arrastrando detrás de sí una gran maleta con ruedas.
Venga. —Condujo a Salter a una puerta secundaria que daba del garaje a la calle, a través de un sendero de gravilla lleno de barro.
Ella estaba a punto de salir, pero él la detuvo levantando un brazo—.
No. Llamemos a la Científica. Quiero aquí un equipo para buscar huellas paralelas formando hileras de piedrecillas empujadas al fondo del barro.
El peso del cuerpo debe de haber provocado una impresión considerable de las ruedas.
La pregunta sobre el cine no era solo una forma de entablar una conversación trivial. De vuelta a casa, vio lo que ponían esa noche y le envió un mensaje a Ava.
—Me quedan un par de horas más de papeleo —respondió ella—. Si todavía estás despierto a las once y media, ¿qué te parece ir a ver Fugitivos del desierto al cine que hay detrás del Conan Doyle?
No tenía ni idea de qué película era. No la había visto en las reseñas de los últimos estrenos.
Descubrió que no estaba porque se había estrenado en mil novecientos cincuenta y ocho.
Encontró a Ava con las piernas apoyadas en el respaldo del asiento vacío que tenía delante, vestida con vaqueros y camiseta, un cubo enorme de palomitas en el regazo y los ojos pegados a la pantalla en la que se desplazaban los créditos iniciales.
—Aquí suelen poner películas antiguas —susurró—.
Es mucho mejor que verlas en la televisión.
Nada de esas tonterías de la alta definición, los colores brillantes y el sonido envolvente.
Así es como deben verse las películas. Lo importante es la historia, todo lo demás es secundario.
—Le ofreció palomitas y él negó con la cabeza.
—¿De verdad vas a comértelas todas? —preguntó.
—Por supuesto, y si tú no te comes algunas, significa que no has entendido el sentido de todo esto.
—¿Cómo va tu caso? —Callanach cogió una y empezó a juguetear con ella.
—¡Shhh! —replicó ella, y él se esforzó por concentrarse en la pantalla. La inspectora Ava Turner ya estaba inmersa en el desierto norteafricano durante la Segunda Guerra Mundial.
Una hora y media después, John Mills y Sylvia Syms terminaron su actuación digna de un Óscar y Callanach no pudo apartar la mirada de los créditos finales hasta que Ava se levantó y tosió con énfasis.
—Ya puedes hablar —dijo. Fueron a un bar de Leith Street que servía un café decente y se sentaron en una esquina, intentando ignorar a la pareja que había a su lado discutiendo en voz alta sobre los preparativos para su boda—.
¿Tu opinión? —preguntó Ava, colocando una bandeja sobre la mesa pegajosa.
Encima estaba el café que había pedido y un brandi que no había pedido.
—Pienso que deberían casarse en Las Vegas si los preparativos los estresan tanto.
—Me refería a la película —puntualizó Ava, ofreciéndole la copa de brandi. Ava enarcó una ceja—. Es viernes por la noche, por si no te habías dado cuenta. Necesito relajarme un poco y los escoceses nunca bebemos solos. Vamos, admítelo. La película era la perfección cinematográfica.
—No ha sido como me esperaba —respondió él—. Lo digo en el buen sentido.
—Brindemos por eso —dijo ella, bebiendo un sorbo.
Sus ojos grises adquirieron un tono más azul bajo la luz anaranjada de los fluorescentes.
Rebosaba vitalidad por los cuatro costados, como si siempre estuviera lista para recibir el momento siguiente, para aceptar un nuevo reto.
Por un momento, Callanach deseó poder meterse en su cabeza para recordar cómo era sentirse así—.
Pero lo vas a estropear sacando el tema del trabajo, ¿me equivoco?
—¿Ya te resulto tan predecible con lo poco que me conoces? —preguntó él.
—Es tu red de seguridad —respondió ella.
—¿Cuál es la tuya? —preguntó Callanach, arrepintiéndose al instante de volver a entrometerse en su vida privada. Ava ni siquiera pestañeó.
—Finjo que soy una persona segura de mí misma, perspicaz y divertida —respondió ella.
—¿Por qué? —preguntó él, disfrutando del brandi más de lo previsto.
—Porque así nadie se dará cuenta de lo desorientada y aterrada que me siento la mayor parte del tiempo.
—Sonrió—. Quizá sea mejor que hablemos del trabajo.
—Se terminó la copa de brandi y la sustituyó por su taza de café—.
¿Por qué dos mujeres sin relación entre sí abandonaron a sus hijos para que murieran en el mismo parque?
No se me ocurre ningún buen motivo, salvo que haya un psicópata suelto que roba recién nacidos, pero en ese caso las madres habían ido a denunciar el secuestro.
—Si no es un imitador, y parece imposible dadas las circunstancias, la única posibilidad es que las dos madres se conocieran y decidieran hacerlo juntas. Quieren enviar un mensaje —explicó Callanach.
—¿Y cuál es? —preguntó Ava.
—La exposición pública de los niños. Puede que fueran hijos no deseados.
—Estás pensando en víctimas de violaciones —murmuró ella.
—Tal vez —dijo Callanach—, pero hay otras posibilidades que considerar. A menudo, las mujeres víctimas de trata, cuando quedan embarazadas, ven cómo les arrebatan a sus hijos por la fuerza. Esto podría explicar la falta de una denuncia por parte de las madres.
—Podría ser, pero no tendría ningún sentido para los traficantes dejar los cuerpos donde pueden ser encontrados; de esa manera su ADN se introduce en el sistema. Tengo que pensarlo. ¿Por qué se ven con más claridad los casos ajenos que los propios?
—Por desapego y perspectiva —respondió Callanach—.
Yo, en cambio, tengo un secuestrador sin rostro, que se ha revelado como asesino, que planea todo a la perfección y que parece tener una gran capacidad para controlar sus emociones y comportamientos, pero que habla solo en público, probablemente sin ni siquiera darse cuenta.
—Debate interior y tranquilidad inconsciente —dijo Ava—.
Es un solitario, no tiene a nadie con quien hablar ni con quién comparar su comportamiento.
Existe la teoría de que necesitamos personas que nos valoren y que también nos critiquen, con las que podamos justificarnos y razonar.
Los que no las tienen a menudo crean una segunda voz y hablan con ella.
—¿Crees que por eso secuestró a Elaine y a Jayne? —preguntó Callanach.
—Eso no tendría sentido —respondió Ava.