Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

La agente Salter cabía perfectamente en la maleta con ruedas extragrande una vez que Tripp le hubo atado los brazos con cinta americana.

No había ninguna pista concreta de que la reverenda Magee estuviera en la maleta ni de que el hombre que la arrastraba fuera su secuestrador, pero Callanach veía la escena con absoluta claridad y sabía que las cosas habían sucedido exactamente así.

El comentario de Isabel Yale sobre los zapatos coincidía con la intuición de Ava sobre el carácter obsesivo del asesino.

¿Qué clase de persona les sacaba brillo a sus zapatos antes de un secuestro?

Lively llamó a la puerta y entró.

—Hemos concluido la investigación en St. Mary.

Lo único que ha salido a la luz es un grupo hostil al sacerdocio femenino.

Parece que Jayne Magee había recibido cartas bastante desagradables, llenas de insultos y amenazas.

No lo denunció, pero encontramos los sobres en su escritorio. Las están analizando.

—Eso no tiene nada que ver con el asesinato de Elaine Buxton —señaló Callanach—.

Recopile todas las denuncias de desaparición de mujeres en su franja de edad de los doce últimos meses.

Y quiero el informe de la Policía Científica sobre el teléfono móvil.

Debería haber estado en mi escritorio ya ayer.

Ah, y llame también a la policía de Braemar.

Pídales que vuelvan al refugio para buscar huellas paralelas que pueda haber dejado una maleta con ruedas.

Es una posibilidad remota, pero merece la pena investigarla.

Callanach le dijo a Tripp que liberara a Salter de la cinta americana y se dirigió a la cocina que había al final del pasillo. La cafetera estaba estropeada, pero no le importó demasiado. Cuando se dio la vuelta, encontró a Ava blandiendo una taza vacía.

—Yo lavo, tú secas —ordenó; cogió otra taza sucia del escurreplatos y llenó el fregadero de agua caliente.

Justo cuando el agua de la tetera rompió a hervir, una agente de policía uniformada entró jadeando tras subir la corta escalera desde la planta baja y empujó una gran caja de cartón bajo la mesa del rincón, antes de marcharse sin decir ni una palabra.

—Biddlecombe —la llamó Ava—. ¿Qué es eso?

—Una entrega para la Unidad de Investigación, señora. No hay remitente. Viene de una floristería pija. A lo mejor es un regalo de un cliente satisfecho.

—Nuestros clientes están muertos o son unos psicópatas, Biddlecombe. ¡No envían flores! —exclamó Ava; cogió la caja y la examinó con desconfianza—. ¿Crees que debería abrirla o tirarla por la ventana? —le preguntó a Callanach, sonriendo.

—¿Oyes un tictac? —Ava se lo llevó descaradamente a la oreja y negó con la cabeza—.

Llama a recepción y pídele a Biddlecombe que vuelva a subir y te lo abra.

Un poco de ejercicio no le vendrá mal. —Ava ya estaba abriendo el paquete—.

No me parece que estés respetando las normas de seguridad —observó él, mirando por encima del hombro de Ava en dirección a la caja.

Dentro había un ramo de hermosas rosas blancas de tallo largo. Extendió un brazo y sacó una tarjeta de un pequeño sobre dorado.

Detective, las espinas hacen que la flor sea aún más preciosa. Saludos.

—¿Eso es todo? —preguntó Ava.

Callanach miró el reverso de la tarjeta, el sobre y la caja.

—Eso parece —respondió—. ¿Has arrestado a alguien recientemente por crímenes relacionados con poesías mediocres o comportamientos empalagosos? Porque parece que has impresionado a alguien.

—¿Cómo sabes que no son para ti? —preguntó—. Normalmente mis admiradores solo me piden una foto vestida de uniforme para colgarla en su celda de la cárcel. Como diana, supongo.

—No pueden ser para mí. ¿No suelen las mujeres celtas golpear a los hombres en la cabeza con un garrote y arrastrarlos a su cueva?

—Oh, sí —dijo Ava, siguiéndole la broma—.

Y solo los dejamos quedarse si saben cocinar.

Si no, los echamos. —Recogió las flores, las puso en una papelera que había llenado de agua y las dejó sobre la mesa—.

Bueno, si son para mí, quien las haya enviado no sabe que soy alérgica, así que cero puntos por la investigación.

—¿No deberías al menos notificar la entrega? —preguntó Callanach—. Estas cosas pueden salirse de control…

—Claro, porque no tengo nada mejor que hacer que informar de un ramo de flores. —Se echó a reír—. Me niego a realizar cualquier actividad que no me ayude a reducir la montaña de papeleo que hay sobre mi escritorio, inspector Callanach.

—No sabes el peligro que corres —respondió él—. ¿Has tenido suerte con tus recién nacidos?

Ava recuperó de inmediato su actitud profesional.

—No. El único vínculo que hay entre ellos es que los dos estaban envueltos en toallas de rizo blancas e idénticas. Debe de haber dos mujeres muy pobres o confundidas por ahí fuera. ¿Y tú?

—Estamos progresando, muy despacio, pero algo es algo.

—El informe de Criminalística sobre el móvil de Jayne Magee —anunció Tripp desde el umbral de la puerta, mostrándole el expediente—. Los del laboratorio se ha disculpado por el retraso, estaban trabajando en el caso de la inspectora Turner.

Callanach hojeó los documentos.

— Et voilà —murmuró; vertió el café restante en el fregadero y pasó el dedo por un par de frases llenas de términos científicos.

Releyó el párrafo dos veces antes de volver a llamar a Tripp—.

El laboratorio confirma la presencia de cloroformo en el móvil de Jayne Magee.

El atacante probablemente llevaba guantes.

Esto significa que se trata sin duda de un secuestro y encaja con la teoría de que Jayne fue puesta fuera de combate antes de ser encerrada en la maleta.

—Sí, señor. Y uno de los policías que se han encargado de la investigación puerta a puerta en Ravelston Park acaba de comunicarnos por radio la declaración de un hombre que circula regularmente en bicicleta por esa calle. Deme cinco minutos y le proporcionaré todos los detalles.

Callanach regresó a su despacho y llamó por teléfono a Jonty Spurr. El forense respondió de manera brusca e irritada; era evidente que el altavoz del teléfono estaba activado mientras continuaba trabajando.

—¿Dispone de tiempo para hablar? —preguntó Callanach.

—Tengo aquí a cuatro chicos que han muerto en un accidente de coche.

Habían tomado éxtasis e iban demasiado rápido.

Nunca deja de sorprenderme la despreocupación con que la gente pone en peligro su vida.

—Callanach no respondió porque no había nada que decir—. A ver, dígame qué necesita —dijo Spurr.

—Ha desaparecido una mujer y creemos que la ha secuestrado el asesino de Elaine Buxton. La sedaron con cloroformo. ¿Existe un método para rastrear sustancias químicas residuales en los restos de Elaine Buxton?

—De los huesos no, ni del entorno circundante.

Normalmente sería fácil si tuviéramos órganos que examinar, pero las únicas células de tejido blando que tenemos proceden del diente encontrado cerca del bate de béisbol.

No prometo nada, pero haré un análisis toxicológico.

El resultado dependerá del tiempo que hiciera que había inhalado la sustancia y de la cantidad.

—Callanach oyó el tintineo metálico de las herramientas al moverse.

—Una cosa más. ¿Cuánto tiempo pudo tardar en desaparecer el efecto del cloroformo tras el secuestro?

—Hay muchas variables con el cloroformo, por ejemplo, el peso y la altura de la víctima o la dosis.

Suponiendo que no haya exagerado con la dosis y que la mujer haya sobrevivido, hablamos de minutos más que de horas, unos quince si ha sido cuidadoso.

El cloroformo puede causar quemaduras en la piel, así como daños pulmonares y renales si se administra en exceso.

De hecho, es arriesgado utilizarlo para una sedación prolongada.

—¿Dónde se puede conseguir cloroformo? —Callanach estaba tensando demasiado la cuerda y lo sabía.

—Eso son dos preguntas y que yo sepa, también hay forenses en Edimburgo.

Se puede comprar en Internet, pero probablemente lo envíen desde el extranjero.

Es fácil de conseguir en ciertos países de Europa del Este, pero en general se utiliza como reactivo industrial.

Es un poco difícil localizar las fuentes, pero con un poco de empeño se consigue.

—Gracias. Le devolveré el favor.

—Lo considero una promesa —respondió Spurr antes de que la línea se cortara bruscamente.

Tripp esperaba a que terminara la llamada en la puerta de su despacho. Callanach lo regañó.

—No soy el director del colegio, Tripp. No tiene que esperar en el pasillo. ¿Qué me ha traído?

—Nuestro agente dice que no tiene una descripción detallada, pero Liam Granger volvía a casa en bicicleta por Orchad Road South, justo después de Ravelston Dykes, cuando adelantó a un hombre que le llamó la atención porque hablaba solo de manera bastante animada.

Tras una segunda mirada, se fijó en que llevaba una maleta con ruedas.

No recuerda la cara ni la ropa. Estaba demasiado oscuro, solo veía una silueta.

Pensó que era mentalmente inestable o que estaba borracho.

Callanach se acercó al mapa que había colgado en la pared con un bolígrafo rojo en la mano. Trazó una línea desde la casa de Jayne Magee hasta Orchad Road South.

—Debió de aparcar por esta zona —dijo, señalándola en el mapa—. Este trayecto dura cinco minutos a pie arrastrando una maleta pesada. Si solo tenía un cuarto de hora antes de que ella recobrara el sentido, no podía arriesgarse a aparcar demasiado lejos.

—Es una zona densamente poblada, hay coches por esa carretera a todas horas del día. Hemos llamado a todas las puertas. Nadie vio ningún vehículo inusual —añadió Tripp.