Capítulo 12
El doctor King estaba nervioso. Qué tontería.
Estaba en casa. Había llevado allí a aquellas mujeres por pura fuerza de voluntad, con un propósito superior, y estaba a punto de tener su primera conversación real con aquella a la que guiaría hacia una nueva vida todos juntos.
Quizá ella llevara de vuelta al redil a la todavía rebelde Elaine.
Calculó que el efecto de las drogas ya habría desaparecido.
Jayne necesitaba comida, agua y una explicación.
Tal vez su extraordinaria fe le permitiera una mayor cautela a la hora de juzgar los caminos que la habían llevado a sus manos.
Si existía un Dios, podía habere elegido a Jayne para él.
Dejó la bandeja y abrió la puerta. En la habitación, en una cama de matrimonio, estaba la mujer destinada a cambiar su vida.
El plan inicial era llevar solo a una, aunque las había investigado a las dos para encontrar a la más adecuada.
Siempre hacía falta tener un plan alternativo, ahí estaba el truco.
Jayne Magee era el suyo. No había planeado llevarse a ambas, al menos hasta que Elaine había demostrado ser tan poco disciplinada.
La reverenda sería más dócil y se adaptaría con más facilidad.
Lo había sentido cuando la puso en la cama, con cuidado de no hacerle daño mientras le ataba las muñecas y los tobillos.
La naturaleza humana dictaba que un prisionero siempre debía intentar liberarse al despertar, pero estaba seguro de que Jayne superaría esa necesidad elemental.
Al entrar en la habitación, lo asaltó un hedor repulsivo. Vomitó, doblado por el dolor, la bandeja cayó al suelo y se salpicó de batido proteico con sabor a melón. Su ropa estaba hecha un desastre.
—¡Me había vestido elegante para conocerte!
—gritó—. ¿Cuál de las dos ha sido? Quién…
¡Veamos! —Se acercó a ellas, con el líquido rosado y pegajoso corriéndole por la cara y las mejillas, que le ardían de rabia.
Apartó con violencia las mantas de Elaine.
Había esperado, era más, había deseado que fuera ella la culpable, pero la mujer estaba en su habitual estado de estupor, meciéndose de un lado a otro con los ojos cerrados.
Entonces tenía que ser Jayne. Le quitó la manta con más precaución: el hedor era insoportable.
Corrió hacia un armario, cogió un ventilador y lo arrastró hacia la cama.
Por un momento se cuestionó su decisión de dejar la habitación sin ventanas, pero no había tenido elección.
Cogió un par de guantes de debajo del fregadero y empezó a limpiar.
Estaba despierta, aunque mantenía la cabeza vuelta hacia otro lado y no hablaba.
Era mejor que no hablaran hasta que hubiera terminado.
Tenía que perdonarla. Al fin y al cabo, aún no sabía quién era ni qué planes tenía para ella.
Podría ser un maníaco que planeaba hacerle cosas inconfesables.
Todo iría mejor cuando ella supiera la verdad y pudiera poner sus acciones en contexto.
King terminó de limpiar, se duchó, preparó una nueva bandeja de comida y volvió para presentarse como era debido.
La reverenda Jayne Magee seguía con la cabeza girada hacia el otro lado, así que King cogió una silla y la acercó a la cama.
—Jayne, soy el doctor King, Reginald, pero quizás sea mejor que me trates de usted hasta que hayamos progresado.
No voy a hacerte daño, quiero que te quede claro desde el principio.
—Jayne estaba rezando en voz baja—. ¿Qué estás diciendo?
No lo entiendo. —Se inclinó sobre ella, intentando leerle los labios, pero ella ocultó aún más su rostro.
Tardó unos minutos en reconocer las palabras.
Estaba recitando el padrenuestro—. Eso es precisamente de lo que me gustaría hablar, de la existencia y la naturaleza de Dios.
Es una de las razones por las que te elegí.
He leído las tesis que escribiste en Oxford y creo que encontrarás interesantes las respuestas que he preparado para ti.
—Ella seguía negándose a escucharlo, a pesar de su genuino interés por ella.
Empezaba a ser exasperante—. Gira la cabeza, por favor.
Es de mala educación no mirar a la persona que te está hablando.
—Jayne siguió sin decir nada. No tenía ningún deseo de castigarla nada más llegar.
Corría el riesgo de desanimarla por completo.
Al darse cuenta de que podía prescindir de Elaine, comprendió que podía utilizarla de otra manera, acelerando considerablemente el proceso—.
Jayne, tú conoces la fragilidad de la vida humana y la brevedad del tiempo que se nos concede.
Me gustaría tener una conversación contigo.
—Ella siguió rezando en voz baja—. Así que te haré responsable del destino de tu compañera.
Me veo obligado a mantener la disciplina, reverenda, y tengo muchos métodos para hacerlo.
—Abrió el armario cerrado que había sobre el lavabo, cogió una aguja de un botiquín y se acercó a Elaine.
Lo había oído todo, mientras fingía estar en su propio mundo, y sabía que algo estaba a punto de ocurrir.
Elaine chilló cuando le cogió la mano—. Es una aguja estéril, así que no hace falta montar tanto escándalo.
No te hará ningún daño permanente. —La introdujo lentamente bajo la uña del dedo corazón, empujando con fuerza mientras ella forcejeaba, preguntándose cómo era posible chillar y gorjear al mismo tiempo.
Parecía que se estaba ahogando por el dolor.
—¡Basta! —gritó Jayne—. Por favor, basta.
—¿Vas a hablar conmigo? —preguntó él, sin retirar la aguja de la uña de Elaine; primero debía dejar las cosas bien claras.
—¡Sí!, ¡hablaré contigo! —exclamó.
—¿Qué te parece, Elaine? ¿Ya has tenido bastante?
—Ella tartamudeó que sí, asintiendo enérgicamente y rogándole a Jayne que la ayudara.
King se deleitó con otro pinchazo bajo la uña de Elaine, gratificado por el grito final que le aseguraba obediencia, y luego retiró la aguja—.
¿Recuerdas lo que pasó? —le preguntó a Jayne. Ella negó con la cabeza.
—Me duelen los labios y el cuello —respondió.
—Me temo que el cloroformo irrita un poco la piel.
Además, he tenido que sedarte con ketamina antes de ir a trabajar, por si la desesperación te llevaba a autolesionarte.
Es una droga maravillosa. Ha alterado tu estado de conciencia, pero me ha permitido darte indicaciones mientras aún eras capaz de seguirlas.
Puede que tengas sueños extraños durante los próximos días.
Y estarás deshidratada. —Cogió la bandeja—.
Toma, bebe esto. —Cuando le tendió la taza, ella se dio la vuelta—.
Necesitas beber y no soy tan primitivo como para querer mantenerte con narcóticos todo el tiempo.
La verdadera razón por la que estás aquí es para ser mi compañera.
No quiero tener que volver a recurrir a la persuasión hoy.
No sería justo para Elaine. —Elaine empezó a chillar y a retorcerse en la cama.
Jayne se llevó la pajita entre los labios y sorbió con cuidado—. Eso está mejor —la felicitó King.
—¿Qué vas a hacerme? —le preguntó ella. «Es una pregunta muy directa dadas las circunstancias», pensó King con admiración.
—Soy una persona educada, Jayne, no un animal. Quiero construir un futuro mejor para ti y para mí. —Se echó hacia delante y susurró en tono de conspiración—: Aunque, debo ser sincero: no sé cuánto tiempo seguirá abusando Elaine de mi hospitalidad. Con ella las cosas no están yendo como esperaba.
—¿Por qué estás haciendo esto? —preguntó Jayne.
King la miró fijamente a los ojos, preguntándose qué estaría pasando por su mente.
¿Esperaba que la liberara, sentía curiosidad por él o aún tenía demasiado miedo para comprender su propia posición?
Esa mujer estaba llena de posibilidades emocionantes.
Tenía un potencial inmenso. Le recordaba vagamente a su hermana.
Eleanor no había vivido lo suficiente como para llegar a la mayoría de edad, pero si lo hubiera hecho, habría sido muy parecida a la reverenda.
Sus padres siempre habían dicho que Ellie estaba destinada a convertirse en una líder debido a su extraordinaria capacidad académica, por no hablar de su talento musical.
Era casi perfecta. A veces de forma molesta.
—Lo estoy haciendo por nosotros. Por un futuro en el que podamos estudiar juntos, valorarnos mutuamente y expandir nuestras mentes de formas maravillosas.
—¿Y si no yo quiero? —preguntó Jayne. King reflexionó sobre ello. Decidió que no lo estaba desafiando ni se estaba poniendo difícil. Era una pregunta sincera y merecía una respuesta igual de sincera.
—Querrás —respondió—. Estoy aquí para guiarte.
—Esto está mal —dijo ella—. Por favor, piensa en lo que estás haciendo.
—Jayne, no empieces, por favor —le aconsejó—.
Elaine lo intentó, Dios es testigo; suplicó durante días y no funcionó.
Hay un plan, ¿entiendes? A veces un ser humano debe aspirar a un destino más grande que el que le fue asignado al nacer.
Soy más que la suma de mis partes, y tú también.
La existencia física es irrelevante. El dedo de Elaine sanará, el dolor es pasajero.
Es un conducto para la evolución, para la iluminación.
—Entiendo —comentó Jayne con sencillez. Él esperó a que ella añadiera algo, pero no dijo nada más. Había ganado. Por el momento, tenía que conformarse.
Estaba muy cansado, con las fuerzas agotadas por el castigo a Elaine y la limpieza.
Cuando salió y cerró la puerta, oyó un susurro.
Se planteó regresar, pero decidió no hacerlo.
Tenía que darles tiempo para que se conocieran.
Solo cuando llegó al final de las escaleras, su cerebro exhausto finalmente descifró las palabras que había escuchado.
«Vamos a morir aquí», había dicho Jayne, con su tono sencillo y directo.
Reginald King pensó que el arroz con salmón ahumado y setas era una excelente opción para la cena.