Capítulo 11 #3
—No, aquí está. —Callanach le enseñó un metro—.
Túmbese en el suelo de lado y doble las piernas y la cabeza sobre el pecho todo lo que pueda.
—Tripp miró hacia la puerta, sorprendido, balanceándose de un pie a otro—.
Pour l’amour de Dieu , Tripp, quiero medirlo, no matarlo.
Túmbese. —Tripp hizo lo que le pedía y permaneció inmóvil mientras él pegaba cinta adhesiva al suelo, formando un tosco rectángulo—.
Mueva un poco los pies —le pidió—. Y los codos también.
¡Seguro que puede compactarse un poco más!
—No puedo, en cuanto muevo una pierna, la otra sobresale.
— C‘est des conneries! —murmuró Callanach, tirando el metro al suelo—. ¿Cuánto mide Jayne Magee?
—Uno sesenta —respondió Tripp, rindiéndose; se dio la vuelta hasta quedar tumbado sobre su espalda y abrió los brazos de par en par mientras Callanach se abalanzaba hacia la puerta.
—¡Salter! —llamó hacia la sala de reuniones.
Unos pasos se acercaron apresuradamente y ella entró, aturdida.
—¿Qué pasa, señor?
—Tripp se lo explicará. Tenemos que medirla.
—Les lanzó el metro y encendió el ordenador—.
Intente hacerse pequeña, tenemos que asumir que Jayne estaba atada.
—Tripp y Salter terminaron de retorcerse, poner la cinta adhesiva y medir justo cuando Callanach encontró lo que buscaba en Internet—.
La maleta más grande del mercado mide noventa centímetros. ¿Es posible?
—Depende de lo profunda que sea —dijo Tripp mientras Salter se levantaba—, pero yo diría que es factible.
—Salter, vaya a comprar una maleta de noventa centímetros, la más profunda que pueda encontrar, con ruedas resistentes. —Callanach le dio un puñado de billetes—. Tripp, nosotros vamos a Ravelston Park.
Se bajaron del coche patrulla en la esquina de la calle donde la testigo había visto al hombre con la maleta.
—Hay dos farolas, en lados opuestos de la acera desde donde lo vio —comentó Callanach—. Hay muchos árboles y arbustos altos. Probablemente no sale mucha luz de las casas de los alrededores porque están situadas lejos de la calle.
—Debió de dirigirse hacia el oeste, porque si no habría tenido que cruzar antes de la intersección —dijo Tripp—. Así que aparcó su coche en un lugar a poca distancia de la casa de la víctima, o vive cerca.
—No creo que se arriesgara a ser visto por testigos de camino a casa —objetó Callanach—.
Podría haberse encontrado a más de una persona paseando al perro.
La clave es el vehículo. Envíe a agentes uniformados puerta a puerta en un radio de quinientos metros para preguntar si alguien ha visto a un hombre con una maleta entrar en un coche, una camioneta o una furgoneta.
Vamos a ver a la testigo del perro por si puede decirnos algo más.
Oyeron a la señora Yale antes de verla, cuando le gritó a su marido que los dejara entrar, mientras mantenía a raya a un terrier de Airedale que parecía más hambriento que amistoso. Era una mujer corpulenta, de más de setenta años y evidentemente, estaba emocionada por la atención.
—No le hagan caso a Archie —dijo—. Por favor, siéntense. Michael nos preparará té, ¿verdad, querido? —El marido obedeció y desapareció en la cocina.
—Señora Yale… —empezó Callanach.
—Isabel —interrumpió ella—. ¿Quieren unas galletas con el té?
—No, gracias. Vio a un hombre doblar la esquina con una maleta. ¿Puede volver a describirlo? —preguntó Callanach.
—Me temo que no había mucho que ver. Estaba oscuro y hacía frío. Llevaba un abrigo largo, gris o negro, un gorro de lana y una bufanda que le cubría la boca. No había casi luz, queridos.
—¿Vio una maleta? —preguntó él.
—Sí, una muy grande. Odio el ruido que hacen esas ruedas.
—¿Puede describirla con más detalle? —preguntó Tripp, cogiendo una taza de la bandeja.
—Era de lona, como una mochila enorme, no de esas rígidas. Y parecía muy pesada, a juzgar por lo que le costaba arrastrarla. Era negra y estaba llena de cremalleras. Me temo que no vi ninguna etiqueta.
—Si me permite decirlo, parece recordar mejor la maleta que al hombre —comentó Tripp.
—Porque la vi de cerca. Estaba agachada recogiendo los excrementos de Archie cuando pasó. Lo primero en lo que me fijé fue en sus zapatos relucientes. Hoy en día no se ven muchos caballeros que se preocupen por eso. Eran negros, de cordones. No es precisamente la mejor elección con este tiempo.
—¿Recuerda algo más, señora Yale? ¿Algún otro detalle? —preguntó Callanach.
—No me pareció nada digno de mención —dijo mientras recogía las migas de galleta—, pero el hombre tenía un olor extraño. No creo que haya mucha gente hoy en día que pueda reconocerlo, pero estoy seguro de que olía a naftalina.
—¿Naftalina? —preguntó Callanach a Tripp, sin reconocer la palabra.
—Esas bolitas que se ponen en los armarios para evitar que las polillas se coman tu ropa. Ya no se utilizan.
— L’antimite. ¿Está segura? —le preguntó Callanach mientras ella le daba las migas al voraz Archie.
—Era el olor de mi infancia, mi madre la usaba siempre. No podíamos permitirnos comprar ropa nueva durante la guerra, querido, así que cuidábamos la que teníamos.