Capítulo 11 #2
—Vivimos en Escocia hasta que murió mi padre.
Yo tenía cuatro años. Mi madre descubrió que no podía superar el duelo, así que nos mudamos a Francia para estar cerca de su familia.
Trabajaba todo el día para mantenernos, así que aprendí a arreglármelas solo.
Terminé mal bastante rápido: no controlaba mi lengua, me metía en problemas y me peleaba con los chicos del barrio.
Para ellos yo no era un francés auténtico, no encajaba.
Creo que me convertí en el imbécil arrogante que todos creían que era en cuanto me veían.
En la universidad, me acostaba con todas las chicas que quería y siempre estaba de fiesta.
Mi madre dice que fueron mis años oscuros.
Casi nunca iba a casa, era egoísta y desagradable.
Entonces conocí a una chica y todo cambió.
Durante seis meses conseguí comportarme como una persona decente, mis notas mejoraron, era feliz…
—¿Rompisteis? —preguntó Ava.
—Tuvimos una discusión muy fuerte. Salí, me emborraché y ella me encontró esa noche en la cama con su mejor amiga. Se fue y nunca volvió. No volví a verla ni hablar con ella.
—¿Y ese episodio te convirtió en la persona significativamente mejor que eres hoy en día? —bromeó Ava.
—Desgraciadamente, no. Empecé a ganar algo de dinero extra como modelo, así que me metí en ese mundo, evitando a mis amigos de la universidad.
Era un ambiente tóxico, donde circulaban muchas drogas y la explotación estaba a la orden del día.
Todos pensaban solo en sí mismos. Pasaba los fines de semana viajando con un grupo de locos amantes del riesgo.
Si no estábamos colocados o borrachos, esquiábamos buceábamos, navegábamos o hacíamos paracaidismo.
—Suena terrible. —Ava arqueó las cejas.
—Todo era excesivo, así que, tarde o temprano, inevitablemente se volvía aburrido.
Es una de las muchas cosas que lamento: nunca estaba lo bastante sobrio como para apreciar lo afortunado que era.
Entonces estalló la burbuja. La policía me paró por conducir borracho.
La agente era una mujer. Fui terriblemente grosero con ella en la comisaría; me metí con su aspecto y me dio una bofetada bastante fuerte.
—Se frotó la mejilla al recordarlo—. La agente cambió de opinión sobre la detención.
Me subió al coche y me llevó de regreso con mi madre, para lo que debió conducir más de trescientos kilómetros.
Cuando llegamos me obligó a escuchar de nuevo, ya completamente sobrio, las palabras que le había dicho.
Por primera vez en años, me sentí sinceramente avergonzado.
Mi madre rompió a llorar por la humillación.
Yo estaba en una encrucijada y esa mujer policía me empujó en la dirección correcta.
Si me hubiera detenido otra persona, ahora no estaría aquí.
—¿Es ella la razón por la que te hiciste policía? —preguntó Ava.
—En parte sí —respondió—. Era una razón algo simplista, pero funcionó en su momento. Formé parte de la policía francesa hasta los treinta años y luego pasé a la Interpol, donde permanecí los cinco últimos años.
—¿Por qué te fuiste? —preguntó Ava. Su teléfono vibró y ella se puso a leer el mensaje, frunciendo el ceño y murmurando en voz baja.
—¿Qué pasa? —preguntó él.
—Ha aparecido otro niño abandonado en el mismo parque; todavía está vivo. Lo están trasladando al hospital, pero los paramédicos no creen que sobreviva. ¿Cómo es posible que haya sucedido otra vez? Lo siento, Luc, tengo que irme. Lamento dejar nuestra conversación a medias.
—No te preocupes —respondió él—, al menos he encontrado un sitio donde saben hacer filetes.
Ella sonrió.
—Es bueno saber cuáles son tus prioridades. —Ava pasó a su lado y le puso la mano en el hombro, en un gesto amistoso. Él se sobresaltó instintivamente, esperando que ella no se diera cuenta, pero vio su mirada inquisitiva—. Hasta mañana, Luc. Cuídate.
Ava lo dejó mirando los libros, los globos terráqueos y las lámparas de latón que adornaban las paredes. Era un lugar tan bueno como cualquier otro para beber vino y no pensar en nada. Pidió otra copa de tinto y vio pasar la vida hasta que llegó la hora de irse.
El día siguiente empezó demasiado temprano. Era la primera noche que dormía bien en semanas y no le hizo ninguna gracia que lo despertara el sonido del teléfono. Era Tripp.
—No sé si es importante, pero he revisado las declaraciones de los vecinos de Jayne Magee. Una señora vio a un hombre que giraba la esquina al final de la calle arrastrando una gran maleta con ruedas, aproximadamente a la hora estimada del secuestro. Sé que es poco probable, pero…
—Estaré allí en media hora —dijo Callanach.
Tardó veinte minutos en llegar, con el pelo inusualmente revuelto, la camisa arrugada y los calcetines desparejados. Tripp lo miró boquiabierto mientras se le acercaba con una taza de café humeante, sin darse cuenta de que estaba derramando bastante sobre la chaqueta.
—Buenos días, señor. ¿Se encuentra bien?
—Enséñeme la declaración y explíqueme la nueva información en un mapa.
Tripp rebuscó en una caja y depositó los documentos solicitados sobre la mesa de Callanach.
—La casa de Jayne Magee está aquí. —Señaló una marca roja que había en un mapa a gran escala de la calle—.
Y aquí —señaló otro punto—, a unos doscientos metros, es donde la vecina vio al hombre.
La señora Yale volvía del parque con su perro, cuando el hombre con la maleta entró en Ravelston Dykes.
No vio adónde fue después. ¿Cree que es nuestro secuestrador?
—Callanach no respondió. Empezó a rebuscar en los cajones del escritorio—. Mmm… ¿Necesita ayuda, señor?