Capítulo 11
Quedaron en un bar de York Place, un lugar sugerido por Ava, a la vuelta de la esquina de su casa. No había querido decirle el nombre del local, explicándole que sabría cuál era cuando lo viera.
Tenía razón. Callanach vio el Conan Doyle calle abajo e inmediatamente supo que era el lugar adecuado.
Ava le había prometido llevarle a algún sitio donde no corrieran el riesgo de cruzarse con ningún colega; el cotilleo era un precio que ninguno de los dos quería pagar por ir a tomar algo.
Era un lugar cálido y acogedor que huía de la pretenciosidad de las vinotecas de moda ofreciendo sillas cómodas y un ambiente relajado.
La inspectora Turner ya estaba allí revisando correos electrónicos en su teléfono con una taza en la mano.
—¿Quieres que te traiga algo? —preguntó Callanach.
Ella sonrió.
—No, siéntate; invito yo. Perdona por haber pedido antes de que llegaras, pensaba que me iba a costar más encontrar aparcamiento y he venido antes.
—¿Qué estás bebiendo?
Ava levantó la taza de cristal y él percibió un aroma a manzanas y especias.
—Es sidra caliente —respondió—. Me encanta. ¿Quieres una o prefieres otra cosa?
—Una copa de vino tinto, por favor —respondió.
Mientras ella estaba en la barra, sostuvo su taza entre las manos, aprovechando el calor mientras observaba el lugar.
Un retrato monumental del creador de Sherlock Holmes colgaba sobre las escaleras de la entrada.
Se preguntó qué demonios personales lo habían llevado a concebir un héroe tan excéntrico.
—¿Eres fan? —le preguntó Ava, tendiéndole una copa grande de cabernet shiraz .
—Cuando era joven. Devoré todos sus libros. Creo que subconscientemente contribuyeron a mi decisión de convertirme en detective. ¿Y tú?
—Debería leer más, lo sé, pero al final del día me encuentro tan cansada que cuando intento concentrarme en un libro siento que sigo trabajando. Me encanta ir al cine. Voy a menudo, normalmente a la sesión de medianoche; me siento allí sola comiendo palomitas. Me ayuda a desconectar.
Callanach levantó su copa y Ava brindó con él. Permanecieron bebiendo en silencio hasta que apareció un camarero y colocó despreocupadamente una carta sobre la mesa.
—Me has dicho que querías hablar del caso —dijo Ava—. ¿Querías discutir algo en particular?
—La verdad es que no. Sigo preguntándome por qué no avanzamos, si es culpa mía. Quizá el traslado a Escocia me ha hecho perder la concentración. Si hubiera encontrado al asesino de Elaine Buxton, quizá esta noche Jayne Magee estaría tranquilamente en su casa.
—No se sabe con seguridad si se las llevó la misma persona —señaló ella.
—Hay demasiadas similitudes para que sea una coincidencia. Hoy he estudiado sus perfiles. Excelente trayectoria escolar, licenciadas con matrícula de honor, muy reconocidas en sus respectivas profesiones, trabajadoras y concienzudas. Y ambas desaparecieron de su casa sin dejar rastro.
Ava dejó la taza sobre la mesa.
—Seguro que cuando estabas en la Interpol te ocupaste de casos que estuvieron estancados durante meses y de repente pasó algo, apareció una pieza del rompecabezas y de pronto pudiste ver el panorama completo. No eres responsable de la falta de avances si aún no hay nada que encontrar.
—¿Pero no es nuestro trabajo buscar las respuestas en lugar de esperar a que las soluciones vengan a nosotros?
—Parecía que Ava prefería no contestar. Callanach se dio cuenta de que había dado una respuesta presuntuosa a un simple intento de consolarlo y decidió cambiar de tema—. ¿Por qué te hiciste policía?
—Cuando tenía cinco años, alguien envenenó a mi tía abuela y me robó la herencia, así que juré que encontraría al asesino.
— Je suis désolé , lo siento, no tenía ni idea… —tartamudeó Callanach.
Ava comenzó a sonreír y aunque intentó controlarse, las risas acabaron imponiéndose.
—No puedo creer que hayas picado —dijo ella, echándose a reír de nuevo y Callanach esperó a que parara, mirándola con las cejas arqueadas—.
Ser policía me parecía todo un reto cuando tenía veinte años.
Y probablemente quería dejarles claro a mis padres que no tenía ningún deseo de casarme y celebrar fiestas interminables hasta que tuviera un par de nietos para ellos.
Si pudiera volver atrás, no sé si elegiría el mismo camino.
¿Y qué me dices de ti? Dejar la Interpol para incorporarse a la policía de una ciudad es una decisión bastante radical.
Sospecho que no tenemos el mismo glamur que tus colegas franceses.
—El glamur está sobrevalorado —respondió, apurando su bebida—. Tengo hambre. ¿Qué se come aquí?
—El filete es excelente —dijo Ava—, y también está muy bueno el brie al horno, que es lo que voy a pedir yo.
A Callanach se le escapó una sonrisa. Era una sensación inusual, pero Ava Turner era tan franca y abierta que resultaba desconcertante. Pidieron la cena y charlaron un rato mientras esperaban.
—Vamos, dímelo, todo el mundo tiene un motivo.
¿Por qué la policía? —preguntó Ava mientras mojaba un trozo de pan en queso fundido.
Callanach se arrepintió inmediatamente de haber hecho una pregunta tan personal.
Debería haber previsto que después le tocaría a él responder.
Su largo silencio permitió a Ava calibrar su reticencia antes de que volviera a cruzar su mirada con la de ella—.
No tienes que contestar. No es una trampa.
Y dime si lo estoy entendiendo mal o si no lo he entendido, pero así es como suele funcionar.
Tú me haces una pregunta y yo te hago otra.
Nos vemos en el trabajo, terminamos conociéndonos mejor y aumenta la confianza.
Si tenemos un mal día, sonreímos para recordarnos que forma parte del juego.
—Sé cómo funciona —replicó Callanach. Había sido más brusco de lo que pretendía y se arrepintió de inmediato. No quería que la noche tomara ese rumbo. Se preparó para disculparse.
—No —dijo Ava—. No vuelvas a disculparte.
Yo acepto a las personas tal y como son.
En lo que a mí respecta, intentar meter una pieza cuadrada en un agujero redondo es una pérdida de tiempo.
Pero deberías aprender a comunicarte mejor.
No tienes que caerles bien a los miembros del equipo, pero tienes que hacerte respetar.
Y si no dices gracias y por favor a tus agentes, seguirán haciendo lo que les has pedido, pero no estarán dispuestos a esforzarse al máximo por ti.
Si sigues tratando mal a todo el mundo, destruirás el equipo.
Y si no permites que nadie te conozca, ni yo ni nadie, no tendrás motivos para quedarte aquí, porque carecerás de lealtades y de un círculo de gente cercana.
Y eso es lo único que puedes tener cuando eres policía.
Es lo que te anima y te da fuerzas. Es lo único que hace tolerable el trabajo al final del día.
No dudes en interrumpirme para decir que ya sabes todas estas cosas.
Ava se levantó, cogió su bolso y se fue.
Callanach se dio cuenta de que había olvidado su cazadora, así que la cogió y corrió tras ella.
Buscó con la mirada el pequeño pasillo con escalones que conducía a la salida, pero Ava ya había desaparecido.
Volvió a la mesa, lanzó una andanada de improperios, tiró la cazadora sobre la silla y se cogió la cabeza entre las manos.
Antes no era así. Como si no fuera suficiente con todo lo que había perdido —su casa, su carrera, su madre—, se había convertido en una persona desagradable.
Quizá se había equivocado al trasladarse a Escocia, quizá se había engañado creyendo que podría empezar de nuevo en otro país sin que nada cambiara.
Si de verdad quería escapar, tenía que correr mucho más rápido y no mirar atrás.
Tropezando con su propia cazadora, se levantó para marcharse, cuando alguien le puso una copa de vino en la mano.
Se quedó mirando a Ava con la boca abierta.
—¿Vas a alguna parte? —preguntó ella.
—Creía que tú… —balbuceó, intentando contenerse antes de hacer aún más el ridículo.
—¿Que yo qué? Dios mío, ¿creías que me había ido?
—Ava estalló en una carcajada profunda, sin el más mínimo rastro de malicia o crueldad.
Callanach miró la enorme copa de vino que tenía en la mano y deseó con todas sus fuerzas poder encontrar una máquina del tiempo para que volviera a empezar la noche—.
Puedes irte si quieres, pero yo ya he terminado mi turno y no pienso echar a perder la noche saliendo de aquí enfadada.
Como puedes ver, he ido a por otra ronda.
Además, quería darte tiempo para que decidieras si querías participar en la conversación o preferías quedarte ahí sentado como un limón.
—¿Un limón? —Su dominio del idioma era bastante bueno, pero esa frase no tenía sentido.
Ava volvió a reír, pero más bajito. Callanach se dio por vencido, bebió un largo sorbo de vino e hizo un esfuerzo por sentarse y, al menos, fingir que se relajaba.
Quizá era el precio que debía pagar para empezar una nueva vida.
Quizá lo mejor que podía hacer era fingir que aún podía comportarse con normalidad con la gente.
Quizá con el tiempo se volvería un actor mejor.
Tomó aire y se esforzó por compartir ese tipo de confidencias sobre las que antes no habría tenido tantas reservas.