Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

La decana del Departamento de Filosofía había llamado a King a su despacho cuando no habían transcurrido ni cinco minutos desde que había llegado.

Al menos podría haberle dado tiempo a ponerse al día con su trabajo atrasado.

Después de tres semanas de ausencia, la cantidad de trabajo acumulado era frustrante.

¿Por qué nadie había ocupado su lugar durante su ausencia?

Por supuesto, no había estado enfermo de verdad, pero sus colegas no lo sabían.

Nadie había llamado para ver cómo se encontraba, y sus colegas del Departamento de Administración ni siquiera le habían preguntado cómo estaba esa mañana.

Pero siempre había sido así, así que no tenía motivos para esperar nada mejor.

Mientras él se demoraba deliberadamente en hacerse un té, obligando a Natasha, o a la profesora Forge, como insistía en que la llamaran, a esperar unos minutos más, se preguntó si se comportaban así por envidia o para intimidarlo.

Cuando abrió la puerta, ella estaba hablando por teléfono y levantó el dedo índice como si él fuera un alumno rebelde al que había que mantener callado y quieto mientras terminaba sus asuntos.

Natasha llevaba un traje verde que resaltaba sus ojos de color avellana y su pelo rubio.

King odiaba cómo lo hacía sentirse. Aunque le resultaba intolerable estar en su compañía, no había manera de escapar de su belleza.

Admiró su cuello largo y esbelto, con una piel digna de una veinteañera.

Después de treinta y seis cumpleaños, seguía inmune al paso del tiempo.

Pero no iba a dejarse perturbar por ella como de costumbre; en casa lo esperaba un mundo nuevo que ella jamás podría concebir.

Como en una gran aventura de Julio Verne, recorrería su reino secreto, dándole forma hasta completar su utopía.

Se imaginó a Natasha allí —podría haber insistido en que la llamara profesora, pero en su cabeza le ponía muchos otros nombres, algunos de los cuales no le gustarían nada— y lo invadió un deseo tan intenso que la taza empezó a temblar en su mano. Finalmente ella colgó.

—Siéntese, por favor, doctor King. Ha hecho bien en volver al trabajo.

Me gustaría que buscara un orador para la próxima conferencia nocturna.

Solo faltan dos semanas, así que vamos retrasados con los preparativos.

¿Puede organizarlo con tan poco tiempo? —Lo miró con las cejas enarcadas.

Hubo un tiempo en que le había encantado esa expresión, ese aire pensativo.

Estaba equivocado. Era irritante. Por aquel entonces, no se fijaba en las pequeñas arrugas que se formaban entre sus cejas ni en la actitud condescendiente con la que ladeaba la cabeza mientras esperaba una respuesta.

—Por supuesto —respondió él.

Ella inspiró como si estuviera a punto de añadir algo, pero cambió de idea y cerró su agenda.

—Perfecto. Tendrá que hacer una presentación sobre uno de los títulos de la lista de este semestre, y necesitaremos un borrador de la conferencia siete días antes, así que el tiempo apremia.

—Conozco el procedimiento —respondió él, disfrutando de su nerviosismo.

Ella tenía los brazos cruzados sobre el pecho, en postura defensiva.

King pensó que no tenía ni idea de lo apropiada que era esa actitud.

Si tan solo hubiera podido ver lo que había hecho, en lo que se había convertido…

Los trajes hechos a medida, los tacones altos y el peinado corto e inmaculado de una auténtica mujer de negocios no habrían sido tan intimidantes en su territorio.

—Bueno, tendrá mucho trabajo atrasado que hacer, puede marcharse —dijo mientras se giraba hacia la pantalla del ordenador.

Lo estaba echando. Lo había ninguneado, como siempre.

Una vez había presentado un trabajo que le había costado meses de investigación, ofreciéndolo para su publicación en la revista del departamento, pero ella lo había rechazado sin ni siquiera leerlo.

Tres veces había solicitado puestos académicos en el departamento.

Las dos primeras lo descartaron de inmediato.

La tercera había conseguido llegar a la entrevista.

Recordó la exultación que sintió al recibir la notificación con una vaga sensación de vergüenza.

Había trabajado durante horas, devorando todos los volúmenes de Filosofía que había encontrado, estudiando los planes de estudios, la historia del departamento y cualquier cosa que pudiera impresionar al tribunal.

Por fin recibiría el reconocimiento que se merecía. Estaría a la altura.

El día de la entrevista estaba en el baño de hombres, echándose agua fría en la cara para calmarse, cuando oyó a aquellas imbéciles riéndose como tontas en el baño de mujeres, creyendo que él no podía escucharlas.

—¿Cómo se les ha ocurrido entrevistarlo?

Me pone la piel de gallina y no sabe tratar con los estudiantes, ni siquiera los mira.

¿Te lo imaginas enseñando? Me marcharé de aquí si se pone a escribir y a organizar su agenda en la facultad.

Seguramente nos obligará a todos a llamarlo «señor» —soltó la recepcionista, una mujer desagradable con el pelo rubio de bote.

Siempre la había odiado. Personificaba los peores defectos de las chicas jóvenes, preocupadas solo por su aspecto y su vida social, dispuestas a venderse al mejor postor e incapaces de escribir una frase sin faltas de ortografía.

—Tendremos que hacer una reverencia cuando entremos en su despacho —había dicho otra.

Era la voz de una mujer mayor. «Deirdre», pensó King.

Esa era todavía peor. Siempre había sido educada con él, incluso amable.

Qué rápido le daban la espalda las mujeres.

Mientras arrojaba un trozo de papel a la papelera, intentó dejar de escuchar, sabiendo que era una tontería, que dañaría su confianza en sí mismo antes de los treinta minutos más importantes de su vida, con el riesgo de perder la oportunidad de tener la carrera académica que siempre había soñado.

Pero no había podido. La necesidad de saber lo peor, el deseo destructivo de ver qué se siente al tocar fondo era algo innato al ser humano.

Se había acercado a la pared para oír mejor.

Estaban hablando en voz baja, así que contuvo la respiración para captar las palabras.

—No creo que debamos preocuparnos —había siseado Deirdre, la muy falsa—. Natasha ni siquiera quería entrevistarlo, pero los de Recursos Humanos la han obligado. No querían que se cuestionara la imparcialidad del proceso de selección. Su currículum es impresionante.

—¿Cómo sabes tanto? —había preguntado asombrada la rubia de bote—. Madre mía, yo nunca me entero de nada.

—Tuve que pasar a ordenador las notas de su reunión con Recursos Humanos. La profesora Forge me pidió encarecidamente que no le contara nada a nadie, así que mantén la boca cerrada. En mi opinión, a ella también le pone los pelos de punta. No le dará el trabajo, eso está claro.

—Claro que no —comentó la zorra rubia.

King no se movió hasta que terminaron de cotillear y salieron del baño, riendo maliciosamente mientras caminaban a paso ligero por el pasillo.

Cuando sus grotescas carcajadas se apagaron por fin, se rindió a la furia y le dio un puñetazo al espejo que reflejaba su propio rostro sonrojado y los ojos llenos de lágrimas.

Lo había golpeado una y otra vez hasta romper el cristal, sin sentir dolor porque lo veía todo negro, tenía un zumbido en los oídos y ya no sabía qué hacía allí ni por qué había ido.

¡Solo sabía que tenía que salir, salir, salir… !

Había cogido un rollo de papel higiénico y se lo había envuelto alrededor de la mano para ocultar la sangre, se había metido el puño en el bolsillo, se había secado el sudor y otros líquidos impensables de la cara y había echado a andar por el pasillo.

Se había obligado a aminorar la marcha, manteniendo la cabeza alta y pareciendo digno, como si llevara un casco, y había salido del edificio.

No recordaba cómo había llegado a casa ni el momento en que había abierto la puerta y tirado sus notas, todo su trabajo, al cubo de la basura.

No recordaba haberse lavado y vendado la mano, que necesitaba atención médica, pero que seguía sin sentir, a pesar de toda la violencia que había sufrido.

Ni siquiera recordaba haberse quedado dormido en el suelo de la habitación, bocarriba, con las manos en la cara, como para aislarse del mundo que lo había ofendido tan gravemente, en la misma habitación donde su madre había pasado horas enseñándoles pacientemente a él y a su hermana Álgebra, Francés, Química y todo el saber humano.

Había toda una vida en esa casa. Quería que sus padres estuvieran orgullosos de él.

Estaba convencido de que incluso en la muerte estarían orgullosos de él por ese gran avance en su carrera.

Pero lo habían engañado. No le habían contado más que mentiras.

Se habían burlado de él. Lo que recordaba, con una claridad pasmosa, era despertarse con la certeza de que era mejor que ellos.

Les demostraría a todos lo superior que era, los avergonzaría con su inteligencia.

No huiría ni dejaría que se enteraran de la humillación que había sufrido.

Reginald King había nacido para ser admirado, incluso adorado, y no se rendiría hasta conseguir lo que le correspondía.

Sonrió al recordarlo. Qué momento tan increíble; qué instante tan crucial en su existencia.

Sin embargo, había trabajo que hacer antes de seguir adelante.

El trabajo que le daba para vivir. No podía permitirse holgazanear.

Tenía bocas que alimentar. Redactó una carta falsa del médico de cabecera para Recursos Humanos, justificando su baja con una gastroenteritis crónica, y luego envió una serie de correos electrónicos para buscar un orador.

Tenía especial interés en conseguir que hablara algún representante de Profesionales Contra el Aborto.

Quería poner nerviosa a Natasha, que no perdía ocasión de parlotear sobre los derechos de las mujeres desde lo alto de su pedestal.

Era poco probable que recibieran un aluvión de invitaciones para hablar en una institución tan prestigiosa como la Universidad de Edimburgo.

En un par de días, los llamaría por teléfono.

Pasó el resto de la tarde ocupándose de otras tareas mundanas antes de pasar por el supermercado de camino a casa.

Tenía que comprar algunos artículos femeninos.

Era una tarea desagradable pero necesaria.

Pagó en la caja de autoservicio para evitar que una cajera entrometida prestara demasiada atención al contenido de su cesta, ya que también había cogido una botella de vino blanco bueno —incluso estaba dispuesto a ofrecerles una copa a las señoras si se portaban bien—, y se dirigió a prepararles la cena.

Sería una velada interesante. Tenían que conocerse mejor.