Capítulo 9 #2
Callanach lo miró por un instante, luego abrió el cuaderno para revisar la lista que había elaborado durante la reunión, preguntándose si a Lively le había cambiado la personalidad por culpa de un golpe en la cabeza. Aunque no pensaba que fuera a durar mucho.
—Necesito las grabaciones de las cámaras de seguridad para ver si captaron alguna parte de su trayecto de regreso a casa.
Hablen con los vecinos por si alguno la vio cerca de su casa anoche.
Supongo que la Policía Científica ya estará allí.
—El agente que había convocado la reunión respondió con un gesto de asentimiento—.
Encuentren a la última persona con la que habló antes de dejar la iglesia y pregúntenle de qué humor estaba, de qué hablaron y qué llevaba puesto.
Quiero los diarios, las agendas y el ordenador.
El teléfono móvil debe ser una prioridad.
Tripp, usted y Salter busquen cualquier cosa que pueda vincularla con Elaine Buxton.
Quiero que investiguen a fondo su pasado, desde su nacimiento hasta el día de hoy.
¿Está todo claro? —Los agentes asintieron.
La ausencia de bromas pesadas se hacía notar, lo que demostraba que todos pensaban lo mismo: que el tiempo se estaba agotando—. Muy bien, pongámonos a trabajar.
El equipo salió rápidamente, tembloroso por la combinación de adrenalina y presión. Las veinticuatro horas siguientes eran cruciales.
Lively consiguió llegar al despacho de Callanach antes que él.
—Me gustaría interrogar a los testigos de la iglesia —dijo. Estaba congestionado y respiraba con dificultad; no había ni rastro de su obstrucción desafiante anterior.
—¿Por algún motivo en particular? —preguntó Callanach.
Lively asintió, mirando al suelo.
—Porque ahí es donde voy a misa. Conozco a la reverenda Magee.
Personalmente no, nunca hemos hablado, pero la he visto en los servicios religiosos.
Es una buena persona, y si estamos buscando al mismo hombre que secuestró a Elaine Buxton, me gustaría encargarme de los interrogatorios.
Señor. —No lo miró a la cara mientras esperaba la respuesta.
El humillante añadido de aquel respetuoso epíteto fue todo lo que Callanach necesitó para comprender la intensidad de las emociones de Lively.
Le habría gustado contestarle que no para castigarlo por las groserías y amenazas anteriores apenas disimuladas.
Pero si le permitía concentrarse en la iglesia, se lo quitaría de encima.
Además, sabía que había ido demasiado lejos al darle aquel empujón; aunque un hombre como Lively era demasiado orgulloso para presentar cargos, era mejor tener un rival en deuda que irritarlo más. La razón se impuso a la ira.
—Me parece bien, siempre que no se involucre demasiado. Necesito que esté concentrado —dijo.
—Lo estaré. Le agradecería que esto quedara entre nosotros —murmuró el sargento.
Resultaba bastante irónico que Lively, tras amenazar con revelarle a todo el mundo los trapos sucios que había descubierto sobre su expulsión forzosa de la Interpol, le pidiera que respetara su vida privada.
—Elija a un agente y empiecen de inmediato. Ya llevamos demasiadas horas de retraso con respecto a ese bastardo —se limitó a decir Callanach.
Jayne Magee era el objetivo más improbable que podían imaginar.
Nada sugería que Elaine Buxton fuera a la iglesia con regularidad, por lo que la religión no era el vínculo.
El forense no había podido establecer la hora de la muerte de Elaine, por lo que no había patrones habituales que seguir, solo la información de que había estado desaparecida durante dieciséis días antes de que se encontrara su cuerpo.
Esa vez, el secuestrador podría mantener viva a Jayne durante semanas, o tal vez ya la había matado.
En su mente, el asesino era un hombre. No tenía ninguna evidencia sólida, solo su experiencia de varios años y lo que era aterradoramente evidente.
Tal vez el asesino no actuara solo, pero Ava tenía razón: primero debía analizar su personalidad.
No lograba imaginar a un personaje tan obsesivo trabajando bien en equipo.
Callanach conoció esa tarde a Ann Burt, la ayudante de Jayne Magee.
La mujer dejó un paraguas empapado en la papelera de su despacho y dobló el pañuelo que llevaba en la cabeza antes de sentarse.
Callanach ordenó instintivamente el escritorio mientras ella se acomodaba.
Delgada como una escoba, con voz estridente y cercana a los sesenta, Ann Burt no tenía pelos en la lengua.
Le recordaba a su abuela, aunque hacía mucho tiempo que no la veía.
—Entonces, estoy hablando con el inspector, ¿verdad? —dijo—. Usted es la tercera persona a la que tengo que contárselo todo desde el principio hoy. ¿Podría explicarme qué está pasando?
—Es el procedimiento habitual, señora Burt. Estamos evaluando todas las hipótesis posibles.
—Puede que sea vieja, pero no estoy senil. Me han dicho que hay tres policías en St. Mary y un equipo entero en casa de Jayne. Piensan lo peor, estoy segura.
—Por el momento no hemos encontrado ningún rastro de la reverenda y nadie se ha puesto en contacto con nosotros diciendo que sabe dónde está, así que solo estamos siguiendo los procedimientos de investigación normales.
—¿Y no ha surgido el nombre de Elaine Buxton?
—Callanach permaneció en silencio. Una cosa era seguir los procedimientos y otra cosa era mentir—.
Lo sospechaba —dijo ella—. Debería saber que la reverenda Magee tiene el corazón de un león.
Puede hacerle frente a cualquiera. No la dé todavía por perdida.
—Hablaba con valentía, pero tenía los ojos vidriosos.
Callanach fingió tomar notas para darle tiempo a serenarse.
—No sabemos quién la secuestró, pero la experiencia nos ha enseñado que en todos los casos es esencial iniciar rápidamente la investigación.
Esperemos que aparezca, que haya sufrido solo una crisis personal por la que necesitara pasar un tiempo a solas.
Pero si no es así, debemos considerar todas las posibilidades.
—Organizó una vigilia por la señorita Buxton justo después de su desaparición.
Vinieron cientos de personas y encendimos velas, rezamos y guardamos un minuto de silencio.
Por supuesto, no teníamos ni idea de lo que le había ocurrido a esa pobre chica.
—Esa vez, cuando empezó a llorar, Callanach no fingió no darse cuenta.
—Haremos todo lo posible. Usted nos ha traído su agenda y su ordenador, y eso nos será de ayuda. Hábleme más de ella; ¿qué tipo de persona es? —le preguntó Callanach.
—Es encantadora. No le gusta aparentar ni llamar la atención; es una bellísima persona, sin más.
Aunque también tiene un sentido del humor algo perverso.
Nunca me lo habría esperado de una mujer en su posición.
Eso demuestra que nunca hay que juzgar por las apariencias.
Es muy accesible, siempre tiene tiempo para hablar con la gente.
Y también es muy inteligente. Jayne hizo un máster en Oxford. Siempre tenía un libro en la mano.
—¿Y no le mencionó si le preocupaba algo? ¿Si había alguien que estaba demasiado interesado en ella?
—No —respondió Ann—. Si alguna vez tuvo un pensamiento desagradable sobre alguien, no lo expresó en mi presencia. —Cogió su bolso—. La encontrará, ¿verdad, inspector? Antes de… —No pudo terminar la frase.
—Haré todo lo que esté en mi mano para encontrarla —prometió él. Ann Burt le dio una palmada en la mano, un contacto que Callanach toleró por un segundo antes de retirarla y levantarse para acompañarla hasta la puerta.
Al final del día, no habían avanzado nada.
El laboratorio había confirmado que las únicas huellas dactilares que había en el teléfono pertenecían a Jayne Magee.
Las conversaciones con los vecinos fueron homenajes a la mujer de gran corazón que vivía al lado y manifestaciones de lo disgustados que estaban por su desaparición.
Callanach se rindió. Cogió el expediente de Jayne Magee y se fue a casa, parando por el camino a comprar curri.
Si ese era el único vicio de la reverenda, era una buena elección.
De regreso en Albany Street, cenó delante de la televisión.
Las noticias de la noche le mostraron la cara de Ava Turner e hicieron un llamamiento a cualquiera que supiese algo sobre un recién nacido abandonado en un banco de un parque, que por desgracia había muerto de frío antes de que lo encontraran.
Parecía que Ava se sentía fatal, igual que él.
No le había contado nada sobre el caso, pero un accidente en el que estaba implicado un bebé era difícil de digerir.
Sin pensarlo, marcó su número. Cuando comenzó el mensaje del contestador, pensó en colgar, pero luego se obligó a sí mismo a continuar. Era el momento de buscar aliados.
—Ava, soy Callanach. Soy consciente de que estarás cansada y ocupada, pero me vendría bien una segunda opinión sobre el caso y me temo que tú eres la primera de mi lista.
En realidad, el tuyo es el único nombre que hay en la lista.
Así que déjame disculparme y empezar de nuevo; ¿qué te parece mañana por la noche, si los dos estamos libres? Hazme saber tu respuesta.
Demasiado saturado de cafeína para dormir, abrió la agenda de Jayne Magee. Al parecer, le esperaba una larga noche.