Capítulo 9
La falta de progresos estaba volviendo loco a Callanach.
Había asistido al funeral de Elaine Buxton y había visto a la gran multitud reunida fuera llorar a una mujer a la que la mayoría no conocía personalmente, pero a la que se habían llevado de su ciudad.
Sabía lo que estaban pensando: que podrían haber sido ellos o una esposa, una hermana, una hija, una madre…
Tales crímenes dejaban a una comunidad con heridas tan vivas como la tierra quemada que antaño había sido un refugio de montaña.
La multitud no había ido al funeral solo para llorar a la difunta, sino para experimentar juntos esa verdad no dicha: «Gracias a Dios no me tocó a mí».
Y Callanach creía que no había nada malo en pensar eso, que era una expresión de apego a la vida.
Además, ese era el propósito de la policía: proteger, mejorar y salvaguardar una existencia demasiado corta, demasiado frágil.
En las dos semanas siguientes, las horas empezaron a pasar más despacio.
Su teléfono sonaba cada vez con menos frecuencia.
Las solicitudes públicas para obtener información habían resultado inútiles.
La policía había examinado los archivos del ordenador de Elaine, su agenda, sus correos electrónicos y sus casos anteriores y actuales.
Nada había hecho saltar la alarma. Elaine no utilizaba mucho las redes sociales, prefería llamar a un amigo antes que enviarle un mensaje de texto y nunca había usado ninguna aplicación de citas.
Las vías habituales de investigación no habían conducido a ninguna parte.
Callanach no solo había encontrado tiempo para colocar el contenido de sus cajas en los cajones, sino también para darles cierto aspecto de orden.
—¿Es un mal momento? —preguntó Ava Turner, asomándose por la puerta de su despacho.
—No estoy ocupado, si eso es lo que quieres saber —respondió.
La había visto varias veces en las dos últimas semanas, pero nunca en circunstancias en las que pudiera disculparse por cómo se había comportado.
Ya había pasado demasiado tiempo y le parecía ridículo mencionar la reacción negativa que había tenido cuando ella le había ofrecido una copa.
—Necesito la ayuda de un par de agentes para un caso. ¿Me prestas a alguien de tu equipo esta semana? —Se sentó en la silla que había frente a la de él.
—Por supuesto —respondió Callanach—. Les vendrá bien trabajar en otra cosa.
—¿Ningún progreso? —preguntó ella—. Qué mala suerte.
—Algo no cuadra —murmuró Callanach—. Un asesino tan meticuloso en la preparación, tan previsor… Es un contraste absoluto con el caos y el fanatismo necesarios para matar de esa manera.
Ava se adelantó en la silla, pasando de colega a detective mientras reflexionaba sobre ello.
—Lo que pasa es que estás buscando a un asesino bien organizado.
Has dejado de pensar en él o ella como en una persona.
Quienquiera que sea, no puede haber sacado tales habilidades de la nada.
La persona que buscas siempre ha sido meticulosa, probablemente también obsesiva, por lo que es alguien que nunca se ha perdido una cita ni un episodio de su programa favorito de radio, que a final de mes revisa el tiempo que ha dedicado a las distintas actividades y que anota en su diario la última vez que cambió las sábanas.
Busca primero a la persona. Te encontrarás con el asesino más tarde.
—Ava se levantó—. Entonces, ¿puedo coger prestados a un par de agentes de tu equipo?
—Sí, pero uno de ellos tiene que ser el sargento Lively.
—Ni hablar —dijo ella.
—¿Tienes tiempo esta noche para ir a tomar algo? —le preguntó Callanach mientras ella se dirigía hacia su despacho. Ava volvió a entrar antes de contestar.
—No.
—Si es por lo de la última vez… —Se encogió de hombros—. Ha sido muy difícil para mí trasladarme aquí.
—Circulan varios rumores sobre tu traslado de la Interpol. Nunca faltan los cotilleos cuando se asigna un puesto a alguien de fuera en lugar de a alguien de dentro. Entiendo que quieras aclimatarte aquí antes de empezar a socializar, es perfectamente razonable —dijo Ava.
—En realidad ese no es…
Entró el agente Barnes y Ava aprovechó su llegada como motivo o como pretexto para irse; Callanach no sabía cuál de los dos era. El rostro del agente estaba animado por una mezcla de preocupación y adrenalina.
—Creemos que hay otra víctima, señor. Una mujer lleva desaparecida desde anoche. Nos ha llamado su ayudante.
—¿Cuál es la conexión con Elaine Buxton? —preguntó Callanach.
—La mujer salió del trabajo como de costumbre, pero nunca volvió a casa.
Tiene la misma edad que Elaine y es soltera y sin hijos.
Desaparecer de forma que nadie pueda encontrarla no es propio de ella.
Nos van a dar toda la información relativa a la desaparición en la sala de reuniones y la ayudante está de camino por si nos puede proporcionar algún dato adicional.
Hemos enviado un coche patrulla al domicilio de la mujer y estamos llevando a cabo los interrogatorios habituales a los compañeros de trabajo.
La sala de reuniones bullía de actividad. Callanach se sentó en una silla al fondo y se dispuso a escuchar la información recopilada, cuaderno en mano. Ava Turner abrió la puerta y miró dentro con expresión interrogativa. Él le hizo una seña para que entrara.
—Venía a buscar a mis agentes —susurró—. ¿Qué está pasando?
—Ha desaparecido otra mujer —respondió.
—¿Te importa si me quedo a escuchar? —preguntó. Callanach asintió y ella se sentó a su lado.
La cara de Jayne Magee apareció en la pantalla.
Los presentes contuvieron la respiración un momento.
Callanach no entendía qué era tan chocante, pero sin duda el motivo de la sorpresa era lo que la mujer llevaba al cuello.
El sargento que se había encargado de la denuncia por desaparición empezó a hablar.
—Es la reverenda Jayne Magee, treinta y seis años, blanca, de nacionalidad escocesa.
Su ayudante, Ann Burt, ha llamado para denunciar su desaparición cuando Jayne no se ha presentado esta mañana a una reunión en la catedral de St. Mary, en Palmerston Place, una de las sedes de la Iglesia Episcopal Escocesa.
Lo que ha encendido las alarmas es que, al parecer, anoche no regresó a casa.
Su ayudante dice que Jayne no tenía planes para la noche.
La reverenda estaba deseando refugiarse en casa con un buen plato de curri.
Es su único vicio, al parecer. Al ver que esta mañana no se ha presentado a la reunión y que no era posible localizarla por teléfono, la ayudante se ha dirigido a su domicilio.
Tenía una llave y ha entrado. No había rastro de Jayne.
No estaban ni su abrigo ni su bolso, y el curri del que habían hablado seguía intacto en la nevera.
Ann le había enviado un correo electrónico a las siete de la noche anterior para hacerle una pregunta, pero no ha recibido respuesta.
Normalmente, lo último que hacía la reverenda antes de irse a la cama era revisar los correos electrónicos y contestar.
Ann Burt dice que le ha parecido extraño, pero ha pensado que había surgido un imprevisto, un dolor de cabeza o una visita inesperada, y que por eso no la ha llamado.
—¿Dónde vive? —preguntó Lively desde el lado opuesto de la sala.
El sargento se desplazó por las imágenes y en la pantalla apareció un mapa de la ciudad. La catedral estaba marcada con una cruz azul, mientras que un punto rojo indicaba presumiblemente su piso.
—Vive en una casa algo aislada en Ravelston Park, en la orilla opuesta del río desde la catedral, en la parte noroeste de la ciudad. Siempre va andando al trabajo desde casa, incluso con las peores condiciones meteorológicas, y nos han dicho que ayer también fue a pie.
—¿A qué hora salió de la catedral? —preguntó Callanach.
—Hacia las siete de la tarde. Acababa de concluir la misa vespertina y se había quedado hablando con las pocas personas que habían acudido antes de regresar a casa. No hay signos de entrada forzada ni de forcejeo y no falta nada que la ayudante pueda identificar.
—Sí, hay algunas similitudes —dijo Callanach—, pero ¿no tienen algo más tangible que relacione este caso con el de Elaine Buxton?
—Solo esto —dijo cuando otra foto llenó la pantalla.
Los presentes se echaron hacia adelante como un solo cuerpo para averiguar qué estaban viendo en la maraña verde que había en la foto—.
Ahí, en el fondo, se encontró el teléfono de Jayne Magee.
Estaba dentro de su jardín, al pie de un arbusto.
No sabemos si se le cayó o si su agresor lo tiró.
Lo hemos enviado al laboratorio para analizar las huellas y los datos.
—Quizás se dio cuenta de que la estaban siguiendo y estaba intentando hacer una llamada telefónica, pero algo la interrumpió y lo dejó caer —sugirió Salter.
—O quien la secuestró no quiere que rastreemos la señal y encontremos su ubicación —murmuró Ava—. Me las arreglaré sin tus hombres —susurró a Callanach—. Parece que ahora tienes trabajo que hacer. —Se marchó.
No había muchas pistas que conectaran ambos casos.
Lo único que sabían era que, si se trataba del mismo secuestrador de Elaine, a Jayne Magee probablemente no le quedaba mucho tiempo de vida.
Callanach se levantó y avanzó hacia la parte delantera de la sala, pasándose una mano por el espeso cabello.
Bastaron dos segundos para que el ruido alcanzara un volumen intolerable.
— Arrêtez! —gritó Callanach, cambiando al francés por la frustración—. Ya está bien. No hay tiempo.
Alguien se burló de aquel arrebato de ira, pero el sargento Lively intervino.
—Tenemos trabajo que hacer y el inspector está intentando organizarlo todo. Así que, si no podéis comportaros, marchaos de esta sala, ¡maldita sea! —gritó.