Capítulo 8
King temblaba de rabia ante la falta de cooperación de Elaine.
Normalmente, no caía tan bajo como para recurrir a obscenidades, pero si se hubiera visto obligado a utilizar una expresión vulgar, habría dicho que estaba siendo una zorra.
Había intentado ponerle la nueva dentadura postiza, pero ella había empezado a gritar en cuanto se la había metido en la boca, quejándose del dolor de las encías y diciendo que aún estaban demasiado inflamadas.
Esa criatura repugnante había comenzado a sacudir la cabeza y a babear como un perro rabioso, intentando impedir el procedimiento.
Había previsto que tendría que tolerar su saliva y se había preparado poniéndose los guantes.
Pero mientras sacudía la cabeza, ella le había salpicado la cara con mucosidad que le había salido de la nariz. Sintió ganas de vomitar del asco.
Elaine tenía que aprender a respetar su nueva situación.
Si no lo hacía por voluntad propia, tendría que enseñarle.
Un poco de disciplina no le vendría mal.
Ni siquiera los batidos de proteínas que le preparaba eran de su agrado.
Media docena de veces había tenido que taparle la nariz y metérselo a la fuerza en la boca.
Le había quitado de la cabeza la idea de que podía dejarse morir de hambre.
King cogió una vieja regla de madera de un cajón de su despacho y en el último momento decidió llevar también el portátil, y repitió el recorrido habitual bajando por las escaleras principales y subiendo por las secretas.
Tenía que alisar un pequeño arañazo que había en el borde del panel que ocultaba la cerradura.
No podía permitirse ser descuidado cuando todo lo demás había ido según lo previsto.
Elaine frunció el ceño en cuanto lo vio entrar.
Parecía una adolescente malhumorada, pero eso no iba a durar mucho.
Si pudiera ayudarla a progresar durante esta etapa, entraría en razón.
Se acercó a la cama sin hablar. Habría sido inútil interactuar con ella.
Solo habría provocado otra escena. La ayuda que estaba a punto de darle, esa severa forma de amor, debía administrarse de forma rápida y silenciosa.
King comprobó que las cadenas y las esposas estuvieran lo bastante apretadas para evitar que se sacudiera y se hiciera más daño.
Ella cerró fuertemente los ojos y apretó aún más la boca, creyendo sin duda que iba a intentar ponerle la dentadura postiza otra vez.
Su comportamiento demostró que la persuasión no bastaría para hacerla cooperar.
Era un remedio inevitable que él no había elegido ni provocado. Ella había tenido la culpa de todo.
Cuando le apretó aún más las cadenas de los tobillos, obligándola a abrir las piernas, empezó a gritar.
Sin embargo, notó complacido que las manifestaciones de su histeria no movían las cadenas ni un solo milímetro.
Había sido astuto al pensar tan rápidamente en las restricciones necesarias para la habitación de invitados.
King emitió una risita estridente. Elaine dejó de gritar y se quedó mirándolo como si le hubiera crecido una segunda cabeza.
—La habitación de invitados —murmuró en voz alta.
Un momento después, volvía a lloriquear como una mocosa. «No hables con ella», se aconsejó a sí mismo. Estaría en silencio hasta que le hubiera dado la lección que se merecía. Pero en ese momento se puso a suplicar. Él sabía que lo haría.
— Po favo, no e viole. Ponme a denaura. Eré buena .
King giró lentamente la cabeza de un hombro al otro, para deshacerse de la tensión provocada por sus patéticos lloriqueos.
La miró fríamente a los ojos. Podría haberla tranquilizado si hubiera querido.
Después de todo, no tenía intención de violarla.
No era un animal. Solo los asquerosos canallas que no podían satisfacer sus deseos de otra manera recurrían a la violación.
Pero pensándolo bien, si la perspectiva la asustaba lo suficiente como para inducirla a cooperar, ¿por qué no usar esa amenaza como parte de su arsenal para someterla?
—Para someterla no —susurró—, para educarla.
¡Joder! —exclamó. ¿Por qué hablaba solo?
Ella lo había desestabilizado con el comentario sobre la violación.
Tenía que concentrarse. Levantó la regla y golpeó con fuerza la planta del pie izquierdo de Elaine.
El estallido fue como una luz blanca y limpia.
King contó mentalmente los segundos y llegó a cuatro antes de que ella empezara a gritar, ya que las innumerables terminaciones nerviosas tardaban un rato en comunicarse con el cerebro.
Ya podía hablar—. Ha llevado más tiempo del que había previsto —dijo—.
Los alemanes lo llaman Sohlenstreich , que significa literalmente golpear la planta de los pies.
Un método correctivo antiguo y bien establecido, utilizado en diferentes culturas de todo el mundo.
Mi padre me lo enseñó cuando era pequeño.
Era un educador con mucho talento. —Le golpeó el otro pie con la regla.
Esa vez Elaine sabía lo que se le echaba encima y empezó a gritar incluso antes de que la madera tocara su piel—.
Es eficaz porque es extremadamente doloroso, pero no deja muchas marcas ni daños permanentes.
Tendré cuidado de no romperte ningún hueso de los pies, aunque a veces ocurren accidentes.
—Volvió a golpearle la planta izquierda con la regla—.
Y en cuanto a la violación…, deja de pensar mal.
No estoy tan desesperado como para necesitar recompensas tan triviales.
—El volumen de sus gritos se estaba volviendo insoportable—.
Si no dejas de hacer ruido —dijo, enfatizando cada palabra con un golpecito en un pie y luego en el otro—, ¡no pararé!
—Fueron once golpes rápidos. Más de los que había planeado propinarle.
Sin embargo, ella empezaba a controlarse y lo miraba con los ojos muy abiertos, sollozando en lugar de gritar.
Temblaba violentamente. Era por la impresión, pero se recuperaría.
El cuerpo humano era más fuerte que la mente—.
Te haré algunas preguntas para comprobar tus progresos.
Si respondes bien, pararé y podremos volver a ser amigos.
¿Vas a dejar que te ponga los dientes sin resistirte?
—Elaine asintió inmediatamente—. Bien. ¿Y te beberás los batidos de proteínas sin quejarte?
—Volvió a asentir—. ¿Cuál era la palabra alemana para este método correctivo? —Silencio. Levantó la regla.
—No, no, estoy intentando recordarla —susurró con voz ronca. Incluso sin dentadura postiza, se esforzaba mucho por hablar con claridad, interpretando el papel de buena alumna.
—No estabas prestando atención, ¿verdad, Elaine? —Golpeó su planta derecha con la regla con suavidad, según pensaba él, pero ella lanzó otro ataque a sus oídos. Probablemente, como la zona ya estaba magullada, resultaba más doloroso—. Venga, concéntrate…
—No puedo pensar. No me hagas más daño —sollozó.
— ¡Sohlenstreich! —gritó él, golpeando con fuerza su pie izquierdo—.
Sohlenstreich , repite conmigo. —Siguieron más golpes, tantos que perdió la cuenta, pero entonces ocurrió un milagro; empezó a repetir la palabra con él, sin parar, cada vez que le golpeaba el pie.
Ya no lloraba. Elaine había aprendido. Sintió que estallaba de felicidad; estaba casi eufórico.
La conciencia de haber triunfado, de haber tenido razón desde el principio, era más poderosa de lo que había imaginado.
Un canto de júbilo vibró en su interior.
Se había completado el primer paso. La había cambiado, la había acercado a la perfección, a él.
Tiró la regla y se acercó a su lado—. wBien hecho —le susurró al oído, apartándole el pelo de la asquerosa mezcla de sudor y lágrimas que le cubría la frente—.
Esa es mi niña. No ha sido tan difícil. La obediencia será recompensada, pero debes aprender a comportarte.
Tienes que entender que solo quiero lo mejor para ti.
Pasemos página. —Decidió ser indulgente, le aflojó las esposas de los tobillos y volvió a ponerle las piernas sobre el colchón con ternura.
Ella se llevó las rodillas al pecho y se mordió el labio inferior—.
Mira cómo te esfuerzas por quedarte en silencio por mí.
Pondré analgésicos en el próximo batido.
Te ayudarán a dormir. —También le aflojó las cadenas de los brazos para que pudiera relajarse—.
Quiero enseñarte algo más. Creo que te gustará.
Cogió el portátil, colocó una silla junto a la cabeza de Elaine y se sentó a mirar la pantalla con ella.
Abrió un archivo y puso en marcha un vídeo.
Al principio, el sonido crepitaba un poco y las imágenes estaban oscuras y pixeladas, pero pronto cesó el ruido ambiental y apareció una gran pantalla con una multitud de cabezas en la parte inferior.
—¿Qué es? —murmuró ella. King sonrió. Ya había olvidado el dolor de pies. Eso iba a ser muy divertido.
—Espera un poco —respondió.
Un órgano de iglesia empezó a tocar la melodía de Abide With Me y la pantalla se iluminó.
King observó la cara de Elaine cuando su madre fue a sentarse delante, con un pañuelo apretado sobre la boca y gafas negras.
La cámara giró lentamente, mostrando filas de personas vestidas de luto, con la cabeza agachada, en silencio. Elaine ahogó un gemido.
—No entiendo… —balbuceó.
—No te hagas la tonta —respondió King; le cogió la mano izquierda y le acarició el dorso con el pulgar—.
Es tu funeral. Aunque, por supuesto, tu cuerpo sigue bajo custodia policial.
Quién sabe cuánto tiempo más permanecerán pegados a ese montón de huesos.
Pero esta es tu despedida. Tus quince minutos de gloria.
—No quiero ver más —dijo ella, apartando la vista.
—Pero yo quiero que lo hagas. Insisto.
Ya no apartó la mirada. Aprendía rápido. Por eso la había elegido.
Su familia estaba sentada en la primera fila.
King los conocía a todos por su nombre y enumeraba algunos detalles sobre cada uno, para que Elaine pudiera apreciar la minuciosidad de la investigación sobre su vida.
Era un cumplido notable que le hubiera dedicado una parte tan amplia de su valioso tiempo.
Maureen, la prima de Elaine, leyó un pasaje del Evangelio seguido de otro himno.
Luego vino el discurso fúnebre, brillantemente recitado por un hombre que King no conocía.
Habló de ella cuando era más joven, describiendo a una persona a la que King no reconocía, que trabajaba duro, pero también sabía divertirse; relató unas desastrosas vacaciones de esquí e hizo algunas bromas que solo algunos íntimos pudieron entender.
Parecía que su vida ya era de dominio público.
Eso lo había irritado mientras grababa el funeral.
Había asistido demasiada gente y la iglesia estaba tan llena que habían tenido que poner una pantalla fuera. Estaba lleno de policías.
—Ha sido un poco redundante —comentó King al final.
—Michael —murmuró Elaine, como si hablara en sueños. King le pellizcó la mano con fuerza.
—¿Quién es?
—Un amigo de la Facultad de Derecho —respondió Elaine—. Perdimos el contacto cuando se mudó a Nueva York. —La miró y vio que sus ojos volvían a llenarse de lágrimas. No podía con ella.
—Deberías estarme agradecida. ¿A cuánta gente se le permite ver y oír esas cosas? Eras una persona respetada, querida, admirada y has podido descubrirlo sin ni siquiera tener que morir. ¡Te he liberado!
—Deja que me vaya —suplicó Elaine en voz baja—. No se lo diré a nadie. Fingiré que me di un golpe en la cabeza. No creo que seas una mala persona, solo estás un poco confundido…
King empezó a jadear. Sintió que sus mejillas se ponían rojas y calientes.
Apretó los dientes y el sonido resonó en su cráneo.
Luego olfateó su aroma sucio e infecto. Ya llevaba veinte días pudriéndose en aquel colchón y nunca le había pedido que la dejara lavarse.
Había instalado una ducha en una esquina de la habitación exactamente con ese propósito y habría estado encantado de vigilarla si se hubiera portado bien.
Solo tenía que pedirlo. Era una zorra asquerosa.
Lo había engañado, no había aprendido nada.
Odiaba que se burlaran de él. La había juzgado mal.
Muy mal. Tal vez no era la adecuada, después de todo.
King levantó el portátil y lo estampó brutalmente contra la cara de Elaine, haciéndola retroceder horrorizada.
—¿Estoy confundido, zorra estúpida? No soy yo quien está confundido.
¡Ya no existes! ¿No lo entiendes? Todo el mundo piensa que estás muerta.
Tienen tu sangre, tu ropa, un cadáver y tus dientes.
Eres historia. ¿Sabes lo que eso significa, abogada de pacotilla que se cree más lista que yo?
—La agarró por el cuello de la camiseta y acercó su cara a la de él—.
Significa que eres mía. Me perteneces y así será siempre.
Así que harás lo que te diga, cuando te lo diga y aprenderás a que te guste.
Nadie vendrá a salvarte. El luto pasará y se olvidarán de ti.
Ya nadie te está buscando. —La empujó sobre la almohada y se estiró la ropa, sabiendo que tenía que calmarse.
—Tienes razón —siseó ella desde la cama—. A mí ya no me están buscando, pero a ti sí. Nunca encontrarás un momento de paz, nunca dejarás de mirar por encima del hombro. Un día te estarán esperando en la puerta cuando vuelvas a casa y eso será…
La abofeteó con fuerza en la boca, haciéndole girar la cabeza y salpicar sangre.
Se calmó inmediatamente. Era lo que ella quería, caer en el olvido.
Pero no tenía que matarla, aún tenía planes importantes para ella.
Quizá tendría que improvisar un poco. King dejó su cuerpo retorcido donde estaba y se fue.
Cuando despertara, Elaine podría meditar sobre su propio destino.