Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Finalmente, entre dos sudaderas pulcramente dobladas, Callanach se dio cuenta de algo que se le había pasado por alto.

Un oso de peluche andrajoso surgió del estante superior; por su aspecto parecía muy querido y era tan valioso que no había tenido el mismo destino que los demás objetos infantiles.

Era algo que miraba por la mañana y por la noche, cuando se vestía o desvestía.

Un fragmento de calidez en un hogar frío y formal.

Cerró la puerta del armario ante la mirada desconsolada del oso, que esperaba en vano a su dueña.

Detenerse a llorar la pérdida de una vida humana no iba a ayudarlo a encontrar al asesino ni a aportarle ningún progreso.

Solo la ciencia, la lógica y la investigación resolvían los casos.

El apartamento de Elaine no tenía nada más que ofrecer.

Callanach cerró la puerta, contento de dejar atrás el silencio y la quietud.

La llamada a su exmarido Ryan fue bastante decepcionante.

No había estado en contacto con ella desde hacía más de un año.

Una vez recibido el informe de la autopsia, la policía le comunicó la noticia a la madre de Elaine esa misma tarde.

Callanach agradeció que no le hubiera tocado a él.

Los años de formación y experiencia no le habían hecho más fácil el anuncio de una muerte.

La prensa hizo pública la información poco después, renovando la solicitud de información.

Callanach localizó a la amiga de Elaine que había celebrado su cumpleaños en el bar del gimnasio y descubrió que apenas se conocían.

Iban a la misma clase de pilates y hacían ejercicio juntas los miércoles y los viernes, pero no se veían para nada más.

Le dijo que Elaine nunca había mencionado a ningún chico, aunque no hablaban de esos temas.

Eso estaba en consonancia con su estilo de vida.

Los compañeros de trabajo decían lo mismo.

Sin duda se habría dado cuenta si alguien se hubiera interesado por ella y hubiera empezado a seguirla y a espiarla, reflexionó Callanach.

Era abogada. Sabía que el tribunal podía dictar una orden de alejamiento para protegerla.

¿Era el asesino tan reservado que nunca había hecho acto de presencia?

La agenda y la correspondencia de Elaine fueron incautados como pruebas.

Callanach se los llevó a casa para examinarlos, aunque no esperaba que fueran más que recordatorios de reuniones y listas de tareas.

Ya los había inspeccionado el equipo de Personas Desaparecidas, que no había encontrado ninguna información útil.

La agenda era de tamaño A4, con un día por página, y solo contenía anotaciones profesionales.

Tres semanas antes del secuestro había una nota:

Revisión de socio sénior. Buenas estadísticas de resolución. Se ha solicitado un aumento de las horas facturables.

Buxton era ambiciosa, pero no tenía mucho talento para los negocios, así que no lograba sacarles mucho dinero a sus clientes.

La paradoja de un abogado muy querido. Callanach hojeó las páginas restantes y solo encontró a una profesional bien organizada que planificaba cuidadosamente su jornada y no se permitía ningún descanso.

Las páginas de la agenda no revelaban nada que no supiera ya, pero en la última había una postal enviada presumiblemente por una vieja amigo, que anunciaba el nacimiento de una niña y ponía a Elaine al corriente de las últimas noticias: una mudanza, una pausa profesional para dedicarle tiempo a la paternidad y una broma sobre un amigo común.

Nada indicaba si se habían visto en los últimos meses o en los últimos años.

La dirección del remitente estaba en Londres.

Detrás de la postal había una carta de respuesta dejada a medias.

Como era de esperar, empezaba con felicitaciones, comentarios sobre las fotos de la niña y preguntas sobre la mudanza; pero después cambiaba el tono.

Siento haberme perdido la fiesta premamá y me temo que tampoco podré ir al bautizo.

Últimamente estoy hasta arriba de trabajo.

Siempre me dices que me tomo la vida demasiado en serio y empiezo a pensar que tienes razón.

Haré todo lo posible por ir a verte a Londres cuanto antes.

Quizá te sorprenda cogiéndome vacaciones, como siempre me dices que haga.

No he salido de la ciudad desde mi divorcio.

Quién sabe, quizá conozca a alguien (que será más amable contigo que Ryan, seguro).

Es hora de sacar la cabeza de los libros.

Callanach cerró los ojos. Nunca había nada positivo en un asesinato, no había ninguna circunstancia justa o razonable por la que se pudiera quitar la vida a alguien, pero a Elaine Buxton se la habían robado cruelmente.

¿Cómo se había sentido cuando se había dado cuenta con insoportable claridad de que la estaban secuestrando?

¿Había captado la ironía de aquella carta inacabada, con el sueño de irse de vacaciones y de conocer a otro hombre, o el pánico lo había empañado todo?

¿Había conseguido gritar pidiendo ayuda? ¿Había luchado por su vida?

Callanach dejó la carta. Más tarde, mientras caminaba inquieto por el pequeño salón de su casa, se llevó distraídamente una mano al bolsillo y encontró allí, como de polizón, el pisapapeles de Elaine Buxton.

Lo cogió, sopló un trozo de algodón de su impoluta superficie e intentó recordar el momento preciso en que lo había cogido y cómo había justificado ante sí mismo aquel pequeño hurto, pero su memoria estaba nublada.

Lentamente, con calma, como si lo estuvieran observando, deslizó el pesado trozo de cristal bajo la almohada.