Capítulo 7
Edimburgo era la ciudad más cercana a Lyon que Callanach había encontrado en Escocia.
Tenía el ambiente de una pequeña ciudad, a pesar de su tamaño y fervor económico, y una historia celebrada por sus habitantes.
Era una ciudad fácil de amar, con su encantadora mezcla de arquitectura antigua y moderna, y una población que parecía haber acogido razas y culturas diversas manteniendo al mismo tiempo sus propias tradiciones.
Si además hubieran conseguido tener el viento helado bajo control, habría sido ideal.
Callanach había alquilado un piso en Albany Street.
Un siglo antes probablemente era una gran casa adosada de cuatro plantas, hogar de una de las familias más ricas de la ciudad.
En ese momento, los inquilinos eran profesionales ocupados que iban y venían por el pasillo central y señalaban la similitud de sus vidas con unas cejas enarcadas o un saludo brusco.
Consideraba que era un verdadero desperdicio la escasa comunicación que había entre los vecinos.
Ese era el motivo de que los cadáveres solo fueran descubiertos por el olor insoportable, y la violencia doméstica pudiera perpetrarse sobre la misma víctima durante años sin que nadie interviniera.
La buena vecindad permitía mantener eficazmente el orden público.
Se sirvió una buena copa de vino tinto y cogió un libro.
Leer para dormirse era un hábito que siempre había tenido.
Era lo único que lo distraía de su trabajo, pero esa noche le resultaba difícil concentrarse.
Cada vez que pasaba una página, volvía a ver el paisaje desolado de las montañas Cairngorm, con sus picos escarpados y amenazadores.
Se acercaba el invierno. El camarero de Braemar le había dicho que el pueblo se llenaría de gente que iba a hacer esquí y snowboard en cuanto cayeran los primeros copos.
Quedaban todavía un par de semanas, pero diciembre llevaría nieve a las cumbres.
Las multitudes de excursionistas estivales hacía tiempo que se habían marchado; los fuertes vientos y la lluvia desalentaban a todos salvo a los más duros.
Así que, o el asesino había calculado los tiempos a la perfección, o había tenido una suerte increíble.
Callanach se levantó temprano, se dio cuenta de que su nevera y su despensa estaban vacías y se acordó con nostalgia del pequeño café que había en la esquina de su calle, muy cerca de su antiguo piso, donde podía comer cruasanes recién horneados y leer el periódico en francés.
Corrió al único lugar abierto en las inmediaciones, una tienda de alimentos ecológicos de Broughton Street, donde encontró a unos dependientes sorprendentemente amables, y compró frutos secos, yogur y pan de centeno.
Conectó su ordenador mientras comía, preguntándose qué encontraría en su correo personal. Los correos electrónicos llevaban una semana acumulándose y estuvo tentado de borrarlos todos en bloque antes de leerlos.
Había mensajes burocráticos de parte de la Interpol relacionados con su salida, solicitando una dirección nueva para enviar los documentos, nada importante.
Luego estaban las actualizaciones de los eventos de Lyon a los que solía asistir: una feria del vino, reuniones deportivas, la inauguración de un nuevo restaurante…
Hizo clic en «eliminar» con un sentimiento de resignación.
El resto eran los habituales correos basura, pero entonces la vio, escondida entre una suscripción con oferta a un club de vinos y el boletín de su último gimnasio.
Era la notificación de un correo electrónico devuelto desde la dirección de su madre.
Había pasado de ignorar constantemente sus mensajes a cambiar su dirección de correo electrónico, como ya había hecho con su número de teléfono.
Le devolvían las cartas sin abrir y sus llamadas desde teléfonos fijos no obtenían respuesta.
Callanach tiró los restos del desayuno al cubo de la basura y cerró bruscamente el portátil, arrepintiéndose inmediatamente de su reacción.
Enfadarse no iba a servir de nada. Ya se había mudado.
Tenía que concentrarse en Elaine Buxton y en nada más.
De lo contrario, ese nuevo comienzo no iba a funcionar.
Ofender a la inspectora Turner la noche anterior había sido un comienzo bastante flojo, un error que desde el punto de vista táctico le convenía corregir lo antes posible.
Todavía tenía que terminar de vaciar las cajas, así que se quitó la sudadera, se puso la camisa y los pantalones, y se fue a la comisaría.
Tripp lo esperaba a la puerta de su despacho; parecía entusiasmado y descansado.
Eran las ventajas de estar en la veintena: eras inmune a la falta de sueño y al estrés.
Durante un par de segundos estuvo tentado de enviarlo de regreso a Braemar, pero luego pensó que sería cruel.
Al menos el sargento Lively no estaba cerca.
—El sargento Lively quería hablar con usted, señor.
—Callanach puso los ojos en blanco—. Teniendo en cuenta lo que averiguamos en Braemar —continuó Tripp—, he pensado que le sería útil una visita al piso de Elaine Buxton, así que la he concertado para hoy a la hora de comer, y el teléfono de su exmarido está en su mesa.
—Tripp se había puesto manos a la obra. Callanach se reprochó querer enviarlo de vuelta a Braemar.
El joven detective ignoraba cándidamente que parecía demasiado entusiasmado.
Era una cualidad que rara vez se encontraba en un policía.
—Gracias. ¿Dónde está el sargento?
—En la sala de reuniones. ¿Voy a llamarlo?
—No, iremos nosotros, así tomaremos un café rápido.
Al acercarse a la sala de reuniones, Callanach escuchó exactamente la conversación que temía oír. Habían dejado la puerta abierta —la confidencialidad no era prioritaria—, y la voz de Lively resonaba por todo el pasillo.
—¿Cómo demonios ha conseguido el puesto de inspector?
Me gustaría saberlo. No faltaban otros candidatos, personas que conocen la ciudad y entienden a la gente.
Se rumorea que algún cabrón ha movido más hilos de los que hay en una red de pesca para traerlo.
No lleva ni diez minutos aquí y ya nos está sacando de nuestra jurisdicción para involucrarnos en la investigación de otro distrito.
—Déjelo ya, sargento. Solo hizo lo que consideraba correcto para la víctima —intervino una voz femenina. Callanach tardó un segundo en identificar a la agente Salter. Tripp se adelantó valientemente para interrumpir la discusión, pero él extendió un brazo para impedirlo.
—Para, Tripp.
—Pero, señor… —objetó el joven antes de que Lively volviera a hablar.
—Vamos, Salter, dinos lo que piensas de él. ¿Crees que es una especie de genio solo porque estaba en la Interpol? La pregunta que debemos hacernos es por qué se ha trasladado aquí. Quizá nuestro inspector no estaba hecho para jugar en la primera división y pensó que aquí sería más fácil.
Callanach abrió la puerta de una patada y dejó el café sobre la mesa.
—¿Ha pedido hablar conmigo, sargento? ¿Hay novedades? —Callanach miraba fijamente a Lively, ignorando a los demás.
—Había sangre en el bate de béisbol y algo de tejido blando en un diente encontrado cerca. El ADN coincide con el de Elaine Buxton. El caso ha pasado oficialmente de desaparición a homicidio. El informe del forense llegará hoy más tarde. Y el jefe quiere hablar con usted.
—Salter, prepare una pizarra con mapas, fotos, informes forenses y todo lo que tengamos —dijo Callanach mientras se dirigía a la puerta.
—¡Todavía no es nuestro caso, inspector! —gritó Lively.
—Está a punto de convertirse en mi caso. Si no quiere participar, hay una enorme mesa vacía en mi despacho donde puede dejar su carta de dimisión —replicó Callanach.
Lively se levantó. El inspector sabía que era mejor dejarlo pasar y esperar a que la tensión disminuyera, pero la conversación que había escuchado en el pasillo aún le ardía en las venas.
—Quiere deshacerte de mí, ¿verdad? Apuesto a que sí, porque he oído lo que hizo.
¿Quiere saber lo que les hacemos a los de su calaña en Escocia?
Ustedes los malditos comedores de ranas, a lo mejor piensan que no hay nada de malo en…
—Lively se adelantó y pronunció las últimas palabras dándole una palmada en el hombro a Callanach.
No pudo llegar más lejos. El inspector lo empujó tan fuerte que salió volando hacia los brazos de un compañero, que amortiguó su caída y probablemente le evitó una fractura de coxis.
Lively ocultó su vergüenza con una risa forzada que resonó en la sala—.
Controle su mal genio, inspector —dijo el sargento con una sonrisa malévola—.
Lo meterá en problemas. Aunque, claro, ya está acostumbrado a…
Callanach dio otro paso hacia Lively y el grupo que lo estaba sujetando, muriéndose de ganas de pegarle un puñetazo a aquella sonrisa de suficiencia, y se mordió la lengua con tanta fuerza que pudo sentir la sangre en la boca.
—Señor, el comisario Begbie lo está esperando —la voz de Tripp sonó suave e insegura, pero rompió la tensión que había.
Al sargento ya se le habían quitado las ganas de discutir.
Había expresado su opinión y sin duda la repetiría en el bar delante de un público al final del turno.
Tripp cogió las carpetas y la taza de café de Callanach y le abrió la puerta.
Para seguirle el ritmo tuvo que correr.
—El sargento Lively no sabe tratar con la gente y era muy amigo del inspector anterior. Yo no le haría mucho caso —explicó Tripp.
—Si necesito su ayuda o su consejo, se lo pediré. Vuelva con Salter y ayúdela a organizar esa pizarra. Quiero ver todos los elementos del caso en orden y no permitiré más distracciones.