Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

La mesa de autopsias parecía más cómoda que la cama en la que había dormido, pero cambió de opinión cuando esta fue ocupada por los restos del supuesto esqueleto de Elaine Buxton.

Había sido una noche dura. Callanach se habría curado de buena gana con una buena botella de vino tinto, pero la única que había encontrado llevaba una etiqueta que solo habría hecho las delicias de un alcohólico.

Braemar era un pueblo poco turístico pero bonito, que no ofrecía mucho en cuanto a alojamiento, y las mejores opciones ya estaban reservadas.

A falta de un buen vino, se había conformado con una decrépita televisión con muy mala recepción, una sopa que solo valía la pena mencionar porque podía batir un récord por lo mal cocinada que estaba y un café medio decente.

Jonty Spurr, el forense, trabajaba en silencio.

Callanach lo agradeció. Había asistido a demasiadas autopsias y los cadáveres ya no le causaban ninguna impresión.

Le resultaba más inquietante la alegría forzada de ciertos forenses demasiado habladores y demasiado decididos a animar el ambiente.

Spurr era lento, no de una manera fastidiosa, sino en el sentido de que no tenía prisa y probablemente permanecía imperturbable incluso bajo la peor de las presiones.

—La víctima era una mujer, adulta, de entre treinta y cuarenta años, y diría que medía aproximadamente un metro sesenta.

Callanach miró a la agente Salter. Era joven, pero no inexperta, y no parecía afectada por lo que veía.

—¿Se ha identificado ya el acelerante? —preguntó ella.

—Para saberlo tenemos que hacerles más pruebas a los huesos.

A lo mejor los bomberos han cogido algo que pueda ayudar a descubrirlo.

—Spurr seleccionó un fragmento de hueso y se lo mostró a Callanach para que lo examinara más de cerca—.

La intensidad y la duración del incendio han destruido cualquier posibilidad de obtener ADN de la médula ósea.

El cráneo, la mandíbula y el tórax sufrieron daños no provocados por el fuego.

Se aprecian patrones de fracturas que indican el uso repetido de un arma contundente bastante pesada. Debió de requerir bastante fuerza.

—¿Cuál es la causa de la muerte? —preguntó Callanach.

—Apostaría a que estas heridas fueron infligidas antes de la muerte.

El traumatismo craneal resultante podría ser lo que la mató.

Sin tejido blando, no puedo aventurar una suposición mejor que esa.

Dada la cuidadosa planificación de la eliminación del cadáver, no veo ninguna otra razón práctica para desfigurarle el rostro después de la muerte.

—Qué hijo de puta —dijo Salter.

—Y tanto —se hizo eco Spurr—. Estamos cotejando los dientes con los registros dentales de Elaine Buxton. Algunos tienen empastes o carillas, por lo que no debería ser difícil.

—¿Cuándo estarán los resultados? —Callanach estaba ansioso por marcharse. Los depósitos de cadáveres le producían claustrofobia a pesar de la luz brillante y el aire acondicionado. Parecían una celda y le traían malos recuerdos.

—Tal vez mañana mismo. ¿Seguirán aquí?

Callanach no tenía intención de pasar otra noche en aquel hotel.

—No, estaremos en Edimburgo. Vamos a regresar a la escena del crimen para verla a la luz del día y luego nos vamos. ¿Puede llamarnos cuando tenga más información?

Spurr asintió, se quitó un guante y le tendió la mano. A Callanach le resultó desagradable el contacto con aquellos dedos secos y manchados de talco, como si la muerte fuera contagiosa.

—¿Han llegado más noticias de la escena del crimen esta mañana? —preguntó a Salter cuando estuvieron en la calle.

—No. He intentado hablar con el agente Tripp, pero el móvil no tenía cobertura. Se ha ido con el sargento Lively a interrogar a los excursionistas, pero supongo que estarán de vuelta cuando lleguemos.

—No la mató allí —dijo Callanach.

—Creo que es demasiado pronto para saberlo —comentó la joven agente.

—¿Por qué iba a molestarse en llevarla tan lejos para matarla?

No tiene sentido. Puede que sea el lugar perfecto para deshacerse de un cadáver, pero no es cómodo ni práctico para escenificar fantasías sobre la muerte de la víctima.

Pasó demasiado tiempo entre la desaparición y el hallazgo del cadáver; y ese tiempo, el asesino lo pasó con ella en otro lugar.

Quien la secuestró eligió este lugar hace semanas, o meses.

Una hora más tarde estaban de regreso en el albergue. Los policías científicos estaban hablando a en voz alta, claramente excitados. Callanach saltó del coche antes de que Salter pusiera el freno de mano.

—¿Qué ha pasado? —preguntó a un agente.

—Los perros han encontrado un arma enterrada bajo un montón de piedras no muy lejos de aquí. —Callanach observó a los adiestradores, que se felicitaban mutuamente.

No habrían encontrado huellas dactilares. Un hombre que encontraba un lugar tan perfecto para destruir un cuerpo no dejaba huellas.

—¿Buenas noticias, señor? —dijo la voz de Tripp detrás de él.

—Dígame lo que ha descubierto —respondió Callanach. Tripp borró la sonrisa de su cara y bajó la vista hasta su cuaderno.

—Los excursionistas repitieron lo mismo que en su declaración.

Oliver Deacon y Tom Shelley, ambos poco mayores de veinte años, llevaban caminando alrededor de tres horas y habían llegado a la mitad del trayecto cuando vieron las llamas desde…

—Miró a su alrededor, identificó el pico y lo señaló—, desde allí.

Llevaban prismáticos e hicieron fotos con sus teléfonos móviles, aunque solo se ve un punto naranja lejano. He dibujado un mapa de su trayecto.

Callanach asintió.

—Volveremos a Edimburgo esta noche —dijo—. Si autorizo más horas extras, me quedaré sin trabajo.

Dos horas más tarde, estaban inmersos en el tráfico de la ciudad.

—¿Le ocurre algo, señor? —se aventuró a preguntar Tripp tras dejar a Salter en casa.

—Sí —respondió Callanach—, pero todavía no sé qué.

—Nos haremos cargo del caso, ¿no?, si se demuestra que los restos pertenecen a Elaine Buxton…

—Tan pronto como tenga la autorización del comisario. Llévame a la comisaría.

Las oficinas estaban casi desiertas. A Callanach le gustaba estar solo.

Le resultaba más fácil concentrarse sin que le molestaran los portazos, los siseos y gorgoteos de las cafeteras y el zumbido constante de las voces.

El silencio carecía de complicaciones y retrasaba el regreso a su piso.

El acto de abrir esa puerta por primera vez haría real la transición al trabajo y a la vida en Escocia.

Echaba de menos Francia por la cultura que llevaba en la sangre.

Tener un padre escocés y hablar bien el idioma no sustituía al país que había sido su hogar durante toda su vida, salvo los cuatro primeros años.

Ni siquiera el cielo sombrío que había el día de su partida había contaminado sus recuerdos de Lyon.

Abrió una de las cajas y empezó a colocar el contenido en los cajones.

—¿Al final ha valido la pena tu viaje a los Cairngorms por los quebraderos de cabeza que te vas a llevar?

—preguntó alguien desde la puerta. Callanach se sobresaltó y dejó caer una carpeta, lo que provocó la risa de su colega inspectora—.

Lo siento, no quería asustarte. Al parecer, es fácil pillar desprevenidos a los agentes de la Interpol.

Callanach recogió la carpeta del suelo y frunció el ceño mientras reordenaba los papeles.

—Inspectora Turner, pensaba que estaba solo. —Consultó su reloj—. Es casi la una de la mañana.

—La noche es el mejor momento para adelantar el trabajo de oficina. No hay nadie metiéndome prisa. Además, he hecho tantos turnos de noche que hace mucho tiempo que mi cerebro dejó de distinguir la luz de la oscuridad —respondió—. ¿Cuál es tu excusa?

—He pensado que es mejor desembalar las cajas antes de que me despidan.

Ella sonrió.

—Tengo güisqui puro de malta en mi despacho.

Podemos hacer un brindis de bienvenida y despedida.

—Callanach se apretó el puente de la nariz e inspiró lentamente, consciente de que estaba apretando los dientes mientras buscaba las palabras menos ofensivas con las que responder—.

No te preocupes —dijo Ava—. Has tenido dos días muy difíciles. Lo dejamos para otra ocasión.

—No, es que no creo que sea prudente socializar en el trabajo. Es importante mantener los límites profesionales.

—Entendido —sonrió—. Has empezado con buen pie. Lo mejor es que me marche para que puedas seguir vaciando cajas.

Callanach se pasó una mano por el pelo y estiró el cuello.

—Mira, tienes razón. Necesito un trago.

—No, creo que tenías razón tú. No deberíamos estar aquí a la una de la mañana.

Me voy a casa. Y, a jugar por tu aspecto, tú también deberías marcharte.

Buenas noches. —Cerró suavemente la puerta y él maldijo en voz baja.

Podría haber gestionado mejor la situación.

Era el momento de enfrentarse a su piso y de aceptar que su vida había cambiado y que debía pasar página.