Capítulo 5
Sonó el teléfono fijo y King miró el número antes de contestar. Era un prefijo local.
—Doctor King —contestó bruscamente.
—Hola, soy Sheila Klein, de Recursos Humanos. Me han pedido que lo llame para saber cuándo piensa regresar. La política de la universidad exige un justificante médico para las bajas por enfermedad de más de tres días consecutivos.
Reginald King suspiró. Odiaba las normas y los reglamentos mezquinos que lo encadenaban a su banal existencia pública. La mujer que estaba al teléfono nunca habría entendido que había aspectos de su vida que requerían más atención que su mal pagado, infravalorado y decepcionante trabajo.
—Conozco las condiciones de mi contrato de trabajo.
—Entonces, ¿puede decirnos cuándo podremos verlo o cuándo recibiremos la confirmación de su médico? —preguntó Sheila, bajando la voz hacia el final de la frase.
King sacó una llave de su bolsillo, gimiendo.
—Necesito unos días más —dijo—; tal vez una semana. El virus llegó a mis pulmones y me provocó un ataque de asma.
—Vaya, eso suena terrible. Ya sabe que tenemos una política de puertas abiertas. Llame si cree que necesita unos días más de descanso. Estoy segura de que el responsable del departamento será comprensivo.
«La directora del Departamento de Filosofía no será nada comprensiva», pensó King.
Era una mujer ignorante y, como la mayoría de las personas ignorantes, no le tenía mucho aprecio.
No estaba interesada en él porque era un administrativo y no un académico, porque sus cualificaciones provenían de una universidad ella consideraba poco importante y porque no había ascendido en el escalafón gracias a las relaciones sociales ni a hacer contactos.
Pues bien, el Departamento de Filosofía le pagaría el sueldo mientras se tomaba un tiempo para sí mismo.
Seguro que la profesora Natasha Forge, la directora de departamento más joven de la Universidad de Edimburgo, ni siquiera había notado su ausencia.
King desenchufó el teléfono. Bajó los doce escalones que llevaban hasta el sótano, encendió la luz y deslizó un panel de madera que había en la pared para dejar al descubierto el ojo de una cerradura.
Abrió la puerta oculta, entró y subió otros doce escalones, paralelos a la primera escalera, pero ocultos tras una capa de yeso, ladrillos y aislante acústico.
En la parte trasera de la casa había un espacio secreto, sin ventanas y silencioso, donde el tiempo parecía haberse detenido.
Era un lugar lleno de belleza. Se felicitó por la elegancia con que lo había decorado, con suaves colores pastel, hilo musical con música clásica y cuadros en las paredes.
Nadie podría haber imaginado la existencia de ese espacio si no hubiera inspeccionado la casa por dentro y por fuera.
Era su isla. Recitó unos versos de John Donne mientras cogía la llave de la última puerta.
El poeta supremo tenía razón. No podía ser un hombre completo si permanecía solo.
Por eso había permitido que una persona afortunada lo acompañara en su viaje.
En cuanto abrió la puerta, la mujer que había en la cama empezó a gritar.
Elaine Buxton, recientemente dada por muerta, con los huesos atribuidos a su cadáver ya colocados sobre una mesa de autopsias y hebras de ADN en forma de código viajando por el ciberespacio para el registro formal de su muerte, gritó hasta quedarse sin voz.
—Las encías se están curando —dijo King.
Le habló en voz baja. Para él era un orgullo no perder nunca los nervios, ni siquiera cuando ella gritaba como una loca.
No había sido así con la otra mujer. Cuando la había capturado, lo había arañado, mordido y pateado tan fuerte que la ingle le dolió terriblemente durante una semana.
No le hizo falta tratarla con delicadeza. No estaba a su nivel.
— Po favo, dea e me mache —gimió Elaine, echándose a llorar de nuevo. Eso lo molestó, como le habría molestado a cualquier otro hombre, pero tenía que ser paciente durante un tiempo. Tenía que aprender a apreciarlo.
—En una semana tu boca estará lo bastante curada como para que puedas llevar dentadura postiza, y después empezaremos la terapia del lenguaje.
No será fácil, pero eres una mujer inteligente.
Necesitas otra inyección de antibióticos y tendrás que seguir tomando esteroides.
Por favor, no te resistas, solo intento acelerar el proceso de curación.
Elaine empezó a temblar, aunque el movimiento no tuvo el menor impacto en los grilletes de metal y las esposas sujetas a la cama con unas cadenas cortas.
King sacó dos jeringuillas. La tocaba con mucho respeto y nunca le habría hecho daño si no hubiera sido necesario.
Ella seguía sin entenderlo y, obviamente, creía que en cualquier momento recibiría el mismo trato que la mujer que él había utilizado para confundir la investigación.
Por desgracia, tuvo que matarla delante de ella, pero eso formaba parte del proceso educativo.
Elaine tenía que entender que él podía ser muy estricto.
A todos los alumnos había que enseñarles el palo y ofrecerles la zanahoria.
Saber que el profesor no toleraría faltas de respeto era un incentivo muy poderoso.
Frotó el brazo de Elaine con su mano pálida y suave.
Ella se estremeció por el contacto, pero no le pidió que parara.
«Quizás ya está aprendiendo», pensó. Por eso la había elegido.
Durante meses la había estado observando, había estado esperando, había consumido sus días y sus noches en las sombras.
La había estudiado. Había sido un estudio meticuloso y realizado con el máximo empeño, no la burda imitación que aceptaban las universidades en esos tiempos, y había dado sus frutos.
Era perfecta. Se adaptaba muy rápido porque no tenía marido ni hijos que la distrajeran.
La había visto coger una serie de documentos jurídicos a las seis de la tarde y trabajar toda la noche, con la única compañía del café, para presentarse en el juzgado a la mañana siguiente tan fresca como si hubiera dormido diez horas.
Después del trabajo, iba al gimnasio a descargar la tensión del día.
No se permitía excesos. Era disciplinada, como él. En constante mejora.
Por eso la elección de la otra mujer había sido tan irónica.
No podría haber encontrado una persona más radicalmente opuesta.
Solo necesitaba que tuviera más o menos la misma edad, altura y constitución.
El hecho de que fuera una prostituta, seca como una escoba —presumiblemente por años de adicción a las drogas—, apenas capaz de formular una frase con sentido, había hecho aún más fácil deshacerse de ella.
Podría haber sido más amable, pero ella no había querido escuchar mientras intentaba explicarle el servicio que le estaba prestando al darle una compañera de vida que era su alma gemela perfecta.
Ni siquiera le había preguntado su nombre. Sería para siempre la desaparecida Elaine Buxton. La verdadera, eliminada del mundo de los vivos, le pertenecería completa y exclusivamente a él.
—Podría darte otro nombre —dijo—. Sería una parte importante del proceso de adaptación. Piensa en tres o cuatro. Me explicarás los motivos de la elección de cada uno y luego yo seleccionaré el que me guste más. Será una buena manera de dar un paso adelante, juntos.
— Estáz loco —susurró ella cuando él le sacó la aguja del brazo.
—No deberías usar expresiones tan básicas, pero estás alterada, así que seré indulgente por un tiempo.
—¿Qué has heto con la cica ?
—No tienes que preocuparte por ella. Al final, su sacrificio ha compensado su vida desperdiciada.
Elaine se quedó mirando el lugar donde había extendido la gran sábana de plástico para el cuerpo de la chica.
King había utilizado un coche viejo, alquilado a un traficante lo bastante infame como para no ponerse nunca en contacto con la policía, y lo guardaba en un garaje lejos de su casa.
Una noche había ido a Glasgow, había recogido a la chica que estaba buscando clientes en el sitio de siempre —ya había estado varias veces allí para elegir a la adecuada— y había conducido un rato hasta encontrar un lugar tranquilo donde ella pudiera ganarse el dinero.
Ese concepto le pareció divertido incluso mientras le acercaba el trapo empapado en cloroformo a la cara.
Ganar dinero. Las jóvenes modernas creían que no tenían que hacer nada más para sacarse unas libras, que los hombres existían para mantenerlas, que bastaba con ponerse una minifalda y pintarse los labios de rojo.
Qué pena. Y quería sacarle treinta libras por meterle su asquerosa lengua dentro de los pantalones.
Estaba librando al mundo de una plaga. Tal vez había detenido la propagación de una terrible enfermedad al envolver su cuerpo inconsciente en una lona y alejarlo del próximo cliente.
Le había costado un inmenso esfuerzo físico arrastrarla hasta la habitación secreta.
La doble escalera, una para bajar y otra para subir, le había parecido una idea brillante cuando la había concebido, pero, en realidad, complicaba las cosas.
Le había golpeado la cabeza contra los escalones varias veces, aunque no le importaba.
Había mantenido su cuerpo envuelto en plástico, pero le había permitido respirar. La asfixia no entraba en los planes.
A Elaine no le había gustado que llevara a la chica. King había pensado que tal vez había un atisbo de celos tras la melodramática hiperventilación y los ojos muy abiertos mientras negaba con la cabeza. ¿Cómo iba a creerse que había llevado a sus vidas a una criatura tan asquerosa e inferior?
Había hecho que la mujer recobrara el conocimiento para obtener detalles sobre las fracturas que había sufrido en el pasado.
Las viejas heridas podrían convertirse en espías delatores.
El adelgazamiento de los huesos mucho tiempo después de la curación podía contar una historia que corría el riesgo de perjudicarlo, incluso habiendo destruido todo el ADN.
Ella había sido de mucha ayuda. Le había bastado con prometerle que la dejaría vivir si le daba la información que quería.
En realidad, no había mucho de qué preocuparse.
Un dedo roto en la puerta de un coche y un hombro dislocado no se verían.
Sin duda, lo más importante era asegurarse de que el brazo izquierdo de la chica quedara fragmentado donde Elaine se lo había roto al caerse de la bicicleta cuando era pequeña.
Si ese hueso hubiera permanecido intacto y el forense era minucioso, todo su duro trabajo habría sido en vano.
Cuando tenía todo lo que necesitaba, le pidió a Elaine que mirara y le prohibió que cerrara los ojos.
Cuando se puso las gafas protectoras, la prostituta solo pareció intrigada.
Pero cuando se puso guantes y una mascarilla, empezó a suplicar.
Elaine, por una vez, se había mantenido en silencio.
Cuando había cogido el bate de béisbol, la cosa había cambiado.
No recordaba cuál había sido la reacción de Elaine en esos pocos minutos.
Por primera vez en su vida, había experimentado lo que suponía que era la visión de túnel.
Había sido un episodio impresionante. Todo había desaparecido excepto el montón de carne que gritaba, gemía, sollozaba y se retorcía.
No había visión periférica que lo distrajera.
Solo había oído los gritos bestiales. Nunca había experimentado una concentración tan intensa.
Cuando se había despertado, y había sido un auténtico despertar, de pie frente a ella, con el bate sujeto entre las manos, se había dado cuenta de que su pulso se había acelerado como si hubiera corrido una maratón.
Había sido una descarga de adrenalina descomunal.
Durante un rato se había hecho el silencio y luego habían comenzado los sollozos intermitentes de Elaine.
La cara de la chica era un desastre, como había predicho.
Para que el intercambio de identidad funcionara, había tenido que hacerle saltar todos los dientes y dañarle la mandíbula para invalidar cualquier comparación con radiografías.
No había previsto, sin embargo, que se dejaría llevar tanto y había sentido crecer su vergüenza ante el placer pecaminoso que había sentido, al ver su obra en los moratones del cuello y los pechos; suponía que también había algunos en el vientre y las piernas, pero no se había atrevido a levantar la repugnante ropa para comprobarlo.
Había perdido el control y no se sentía orgulloso de ello, ¿pero no merecía desahogarse?
Mejor dejarse llevar con ella que con Elaine.
No tenía ningún deseo de estropear su premio.
King se despertó de aquel recuerdo y miró fijamente a la mujer cuya identidad había tomado la prostituta muerta.
—¿Cómo vas con las cintas? Estoy seguro de que te ha gustado tener algo para distraerte. Sé que ya hablas francés, así que pensé que el ruso sería un reto más emocionante. Cuando consigas pronunciar bien las palabras de nuevo, te pondré a prueba y podremos avanzar de verdad.
Pulsó un interruptor en el equipo de música y una voz empezó a recitar palabras que Elaine no tenía ganas ni de escuchar ni de repetir. Después de darle un cariñoso beso en la frente, King le dejó al lado una bebida proteica y salió.