Capítulo 3
Callanach colgó el teléfono. Se sentía agotado y decidió que dependía de su esfuerzo descifrar el acento escocés.
Solo tenía un vago recuerdo de su padre, y aunque su madre había insistido en que aprendiera a hablar inglés además de francés, no lo habían preparado para una inmersión total.
El sargento de Braemar se las arreglaba para mezclar la cadencia cantarina con una buena dosis de expresiones coloquiales.
Callanach sospechaba que hablaba así a propósito y, tras un par de frases, dejó de preguntarle el significado de lo que no entendía.
Tripp iba a tener que hacer también de intérprete.
Mientras tanto, aceptó actuar como consultor sobre un caso que técnicamente no era de su jurisdicción.
No le iba a granjear la simpatía de nadie, ya que costaría dinero y mano de obra que podría haberse ahorrado, pero desde luego parecía que el cadáver encontrado en las montañas era el de la mujer desaparecida en Edimburgo.
Vio a Salter pasar frente a su oficina y se asomó a la puerta.
—¿Cuál de los casos que tenemos sobre la mesa está más cerca de una solución? —le preguntó.
—El asesinato de Brownlow, señor. El culpable ya ha sido detenido y estamos terminando de preparar los archivos para dárselos al fiscal. La vista preliminar es la semana que viene.
—Bien. Los quiero a usted, a Tripp y a un par de agentes del equipo del caso Brownlow en la sala de reuniones dentro de diez minutos. Ocúpese de todo. ¿A qué distancia están los Cairngorms?
La mirada que le dirigió Salter fue respuesta suficiente. Tendría que preparar una bolsa de viaje para pasar la noche.
Fue una sesión informativa muy tensa. Evidentemente, el equipo que se había hecho cargo del caso Brownlow no estaba contento con el viaje de dos horas que tenían por delante ni con tener que ocuparse de más papeleo cuando aún no habían terminado con el primero.
Los detectives Tripp, Barnes y Salter estaban liderados por el sargento Lively, que lo observaba como si acabara de salir de una cloaca.
Callanach lo ignoró y, tras explicar lo más rápidamente posible lo que iban a hacer, le cedió la palabra al agente que habían enviado para ponerlos al corriente de la investigación de la persona desaparecida.
—Elaine Margaret Buxton, de treinta y nueve años, divorciada y sin hijos, trabajaba como abogada mercantilista en uno de los mayores bufetes de la ciudad.
Desapareció hace dieciséis días. El último avistamiento confirmado fue el viernes por la tarde, cuando salió del gimnasio para ir a casa.
Su madre denunció su desaparición la tarde siguiente, después de que su hija no se presentara a comer y no estuviera localizable ni en su teléfono fijo ni en el móvil.
El coche estaba en el garaje, no faltaban ropa ni maletas y el pasaporte sigue allí.
Era inusual que no hubiera revisado su correo electrónico el sábado por la mañana.
Las llaves de su casa se encontraron en el portal del edificio.
La describen como una persona muy organizada, casi una adicta al trabajo; no ha faltado ni un solo día por enfermedad en los dos últimos años.
—¿Algún novio o sospechoso probable? —preguntó la detective Barnes.
—El exmarido, Ryan Buxton, trabaja en el extranjero y tiene una coartada a prueba de balas.
No salía con ningún hombre, al menos que sepamos.
Todas las personas con las que hablamos nos confirmaron que estaba completamente obsesionada con el trabajo.
Siempre estaba en la oficina, en casa, o en una clase del gimnasio.
No teníamos ninguna pista antes de esto.
—¿Por qué la policía de Braemar está tan convencida de que es nuestra mujer desaparecida? —preguntó Callanach.
—La última persona que vio a la señora Buxton tenía una foto de ella en su móvil. Había pasado por el bar del gimnasio para tomar algo en la fiesta de cumpleaños de una amiga. Difundimos la foto y enumeramos la ropa en detalle. Así supieron que era ella.
—¿Alguien ha avisado ya a la familia? —preguntó Tripp.
Callanach le respondió inmediatamente.
—No, y será mejor que mantengamos la boca cerrada hasta que hayamos visto el cadáver y la escena del crimen con nuestros propios ojos. También serán necesarias pruebas de ADN antes de confirmar que es ella.
—El caso de la desaparición es nuestro, pero el del homicidio no.
¿Qué sentido tiene ir hasta el fin del mundo cuando ni siquiera tenemos una identificación positiva?
—preguntó el sargento Lively—. Como si no tuviéramos suficientes casos de los que ocuparnos y no hubiera allí inspectores capaces de trabajar sin la intervención de un antiguo pez gordo de Interpol.
—Si se trata de Elaine Buxton, fue secuestrada en Edimburgo, por lo tanto, hay muchas posibilidades de que fuera asesinada aquí.
No pienso perder la oportunidad de inspeccionar la escena del crimen solo porque usted no quiere molestarse en coger el coche.
Y en cuanto al trabajo que tienen pendiente sobre el caso Brownlow, será mejor que aprendan a hacer varias cosas a la vez.
—Callanach cogió sus notas de la mesa—. Tenemos un largo viaje por delante, muévanse.
De vuelta en su despacho, metió el cepillo de dientes, el chubasquero y las botas en una bolsa de viaje.
Reflexionó sobre si no sería mejor marcharse sin el sargento Lively, en lugar de aguantar su cara larga durante los dos días siguientes, y luego cambió de opinión.
Prefería lidiar con él a que se saliese con la suya.
Los miembros de su equipo debían aprender desde el principio que no toleraba la pereza ni la insubordinación.
No importaba lo que pensaran. Durante al menos seis meses criticarían cada una de sus decisiones, acertadas o no, hasta que encontraran una víctima más interesante.