Capítulo 2
El inspector Luc Callanach se preguntaba cuándo terminarían de hacer bromas, y ni siquiera habían empezado.
Era su segundo día en el Departamento de Investigación de Delitos Graves de la Policía de Edimburgo y se encontraba en un edificio gris y deprimente que no parecía un centro de investigación criminal de última generación.
El día anterior había sido una primera jornada de trabajo bastante sencilla, compuesta solo de sesiones informativas y reuniones con los superiores, demasiado políticamente correctos para arriesgarse a hacer algún comentario sobre su acento o su nacionalidad.
Sus subordinados no iban a ser tan amables.
Parecía improbable que la Policía de Escocia hubiera tenido que acoger alguna vez a un detective mitad francés y mitad escocés.
Debía reunirse con el equipo y pronunciar un discurso de presentación, explicar cómo pensaba actuar y cuáles eran sus expectativas respecto a los hombres y mujeres que estaban a su cargo.
Lo único que tenía que hacer para cavar su propia tumba era aparecer; era el típico europeo de pelo oscuro despeinado, ojos castaños, piel aceitunada y nariz aguileña.
Y lo peor iba a llegar en cuanto abriera la boca.
Miró su reloj, consciente de que estaban aguzando su ingenio colectivo.
Hacerlos esperar no habría mejorado las cosas; tampoco era que le importara especialmente lo que pensaran de él, pero intentaba hacerse la vida más fácil cuando podía.
—Silencio. Vamos a empezar —dijo, escribiendo su nombre en la pizarra e ignorando las miradas incrédulas—. Me he mudado hace poco desde Francia y nos llevará un tiempo acostumbrarnos a nuestros respectivos acentos, así que hablen despacio y con claridad.
Siguió el silencio, hasta que alguien dijo desde el fondo de la sala: «No me lo puedo creer, joder», pero había demasiada gente para entender quién había hablado.
Una voz claramente femenina lo hizo callar al instante.
Callanach se rascó la frente y contuvo las ganas de mirar el reloj mientras se preparaba para las inevitables preguntas.
—Disculpe, inspector, pero ¿Callanach no es un nombre escocés? Es que no esperábamos a una persona con un aspecto tan… europeo.
—Nací en Escocia y crecí bilingüe. No necesitan saber nada más.
—¿Bi… qué? ¡¿Eso es legal por aquí?! —exclamó una mujer rubia para hacer reír a sus colegas.
Callanach la observó mientras ella miraba a los demás, esperando su reacción, y comprendió que intentaba causar buena impresión, integrarse en el grupo. Esperó imperturbable y aburrido a que dejaran de reírse.
—Espero actualizaciones periódicas sobre los casos.
Gestión rigurosa de la cadena de mando. Las investigaciones se ven afectadas si alguien no comparte su información con los demás.
Un rango superior no es excusa para culpar a los subordinados y la inexperiencia no justifica la ineptitud.
Vengan a verme para discutir tanto los avances como los problemas.
Si quieren quejarse, llamen a su madre. En este momento tenemos tres casos abiertos, en los que ya se les han asignado tareas. ¿Preguntas?
—¿Es cierto que trabajó en la Interpol, señor? —preguntó un detective. Callanach supuso que no tenía más de veinticinco años y que estaba lleno de curiosidad y entusiasmo, como él a su edad. Parecía que eso había pasado hacía una eternidad.
—Sí, es correcto —dijo—. ¿Cómo se llama?
—Tripp —respondió.
—Bien, Tripp, ¿conoce la diferencia entre colaborar en una investigación de homicidio internacional con la Interpol y dirigir una en Escocia?
—No, señor —respondió Tripp, mirando nervioso a su alrededor, como si temiera que aquella pregunta fuera el inicio de un examen sorpresa.
—No hay ninguna diferencia. Hay un cadáver, familiares en duelo, más preguntas que respuestas y presiones de las altas esferas para resolver el caso lo antes posible con los mínimos costes.
A pesar de las limitaciones de los recortes presupuestarios, no toleraré ninguna negligencia.
Lo que está en juego es demasiado importante como para permitir que la insatisfacción con la remuneración de las horas extraordinarias influya en el esfuerzo que están dispuestos a realizar.
—Hizo una pausa para mirar a todos a los ojos para que el discurso quedara claro—.
Tripp —dijo finalmente—. Escoja a un colega y vengan a mi despacho.
Callanach se marchó sin despedidas ni cumplidos.
Sin duda, Tripp ya estaba sufriendo las consecuencias de haber resultado elegido y el equipo se estaría quejando del nuevo inspector y de la Policía de Escocia por no ascender a sus propios agentes.
El trabajo policial era igual en todo el mundo.
Lo único que cambiaba era el café. No se sorprendió en absoluto cuando descubrió que allí era terrible.
La mejor palabra para describir su despacho era «funcional».
Tendría que esperar a recibir otro ascenso para poder hablar de verdadera comodidad.
Sin embargo, era silencioso y luminoso, y había dos teléfonos, como si pudiera dividirse por la mitad y atender dos llamadas al mismo tiempo.
En el suelo descansaban un par de cajas con objetos personales a la espera de ser trasladados a cajones o estanterías.
Tampoco era como si hubiera algo vital ahí dentro.
Se había ido a Escocia para empezar de cero.
Su país natal parecía el lugar más lógico para echar raíces, y uno de los pocos donde podía solicitar un puesto de policía gracias a su doble nacionalidad.
Tripp llamó a la puerta; iba acompañado de una joven.
—¿Podemos pasar, señor? —preguntó.
Callanach les hizo una seña para que entraran.
—¿Y usted es…?
—Soy la detective Salter. Encantada de conocerlo, señor —dijo la chica, que se puso a mirarse los zapatos a mitad de la presentación.
La previsibilidad de su vergüenza era irritante.
Callanach sufría la rara lacra de ser atractivo hasta el punto de distraer a quienes lo miraban, con una cara que podía parar el tráfico — había ocurrido—.
Era muy poca la gente que entendía que en esos tiempos era más una carga que una bendición.
—Salter, detálleme los procedimientos seguidos a partir del primer informe criminal, ordenando las pruebas para la preparación del juicio. Tripp, quiero notas comprensibles sobre los procedimientos adoptados, los expedientes y el trabajo realizado. ¿Entendido?
—Sí, señor. —Tripp parecía encantado de ser útil. Lo único que Salter pudo emitir fue un débil murmullo que Callanach tomó por un sí.
—¿Pueden dejarnos solos, agentes? —preguntó alguien detrás de ellos. En la puerta había una inspectora vestida con uniforme.
Salter y Tripp huyeron, y la mujer entró y cerró la puerta de una patada.
—Soy la inspectora Turner. Ava, ya que tenemos el mismo rango.
—Le dedicó una gran sonrisa; a diferencia de Salter, no tenía ningún problema en mirarlo a los ojos.
Era delgada y medía aproximadamente un metro sesenta y cinco.
Tenía el pelo castaño y rizado recogido en una coleta.
No era una belleza, al menos según los estándares publicitarios modernos, pero llamarla guapa sería un insulto.
Sus rasgos eran delicados y sus ojos grises estaban bastante separados.
—Callanach —respondió él—. Por tu expresión diría que sabes algo que yo ignoro. ¿Quieres compartirlo conmigo o debo adivinarlo?
Ava Turner ignoró el tono despectivo y respondió, impasible.
—Bueno, he oído a uno de los agentes preguntar por qué nos han enviado a un modelo de ropa interior en vez de a un policía de verdad.
—Ya entiendo…
—Supongo que estás acostumbrado. Si te sirve de consuelo, la mayoría tolerará más tu acento francés que el mío.
—¿Eres inglesa? —preguntó él mientras cambiaba la posición de un archivador.
—Escocesa de pura cepa, pero mis padres me enviaron a un internado inglés a los siete años, de ahí mi acento.
Gracias a ellos soy tan bienvenida como la peste.
No te preocupes. Si les gustaras en esta fase, estarías condenado al fracaso.
Supongo que tienes la piel curtida. Llámame si tienes algún problema; encontrarás mis números en la hoja de contactos que hay en tu escritorio.
Ahora será mejor que vaya a cambiarme. Acabo de regresar de una entrega de premios en la ciudad y no soporto llevar uniforme.
Tienes un buen equipo, pero no dejes que se te suban demasiado a la chepa.
—No voy a dejar que nadie se me suba a la chepa —respondió; cogió uno de los teléfonos y comprobó si había señal.
Cuando volvió a levantar la vista, se dio cuenta de que le había hablado a una habitación vacía con la puerta abierta.
Se desplomó en la silla que había detrás del escritorio.
Sacó su teléfono móvil, guardó algunos de los números más importantes de la hoja de contactos y estaba considerando si debía vaciar una de sus cajas, cuando entró Tripp.
—Perdone, señor, pero acabamos de recibir una llamada de un agente de Braemar. Han encontrado un cadáver y quieren hablar con alguien.
—¿En qué parte de la ciudad está Braemar?
—No está en la ciudad, está en las montañas Cairngorm, señor.
—Por el amor de Dios, Tripp, deje de decir señor al final de cada frase y explíqueme por qué este caso pertenece a la Policía de Edimburgo.
—Sospechan que se trata del cuerpo de una mujer que desapareció de aquí hace un par de semanas, una abogada llamada Elaine Buxton. Encontraron un trozo de tela que coincide con la descripción de un pañuelo que llevaba la última vez que fue vista.
—¿Eso es todo? ¿No hay ninguna otra conexión?
—Todo está quemado, señor… Perdón, lo siento… En Braemar pensaron que nos gustaría participar desde el principio.
—Muy bien, inspector. Reúna todo lo que tengamos sobre Elaine Buxton y llame a Braemar. Quiero información detallada en mi mesa en quince minutos. Si la mujer desapareció en Edimburgo, ya llevamos dos semanas de retraso con respecto al asesino.