Restos perfectos (Luc Callanach 1)
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Capítulo 1
Preparó su cuerpo con un cuidado casi paternal, abriéndole los brazos y las piernas para que el aire pudiera circular libremente.
Estaba cenicienta pero serena, sus pestañas destacaban sobre la grisura de su rostro y sus labios no tenían color.
La prefería así en comparación a cómo era la primera vez que se habían visto.
La desnudez era poco atractiva en aquella posición, pero necesaria.
No debía quedar nada de ella. Ninguna pista de su pasado, ningún vínculo con la vida que dejaba atrás.
En muchos sentidos, era una purificación.
Apoyó el pie a mitad del húmero izquierdo, con una precisión quirúrgica, y dejó caer todo su peso sobre el brazo de ella, sintiendo cómo el crujido de los huesos rotos vibraba en su pierna.
Solo cuando consideró que la pira era perfecta, sacó el saquito de seda del bolsillo de su pantalón.
Dejó caer los dientes nacarados en su mano, los pasó hábilmente entre los dedos y la palma, valorando el contraste entre las partes lisas y las afiladas, y finalmente se los metió en la boca, como si fueran monedas arrojadas a una fuente, y se quedó solo con uno.
Era una lástima quemar un trabajo tan bien hecho, pero no podía salvar ni un solo pedazo de carne.
Había empapado el cadáver en acelerante durante toda la noche —lo había adobado, como decía de broma—, por si alguien lo encontraba antes de lo previsto; aunque era poco probable, porque él no era un aficionado.
Como último toque antes de abandonar la casa de piedra, dejó caer al suelo un fragmento del pañuelo de seda ensangrentado y colocó una pesada piedra encima.
Tras el crujido de una cerilla encendida, el chirrido de las viejas bisagras oxidadas y el aullido de las llamas consumiendo oxígeno, todo estuvo listo.
Llevó el bate de béisbol metálico a una distancia razonable y lo cubrió con un montón de piedras.
Lo había limpiado para eliminar las huellas dactilares, pero en el mango quedaba una pequeña mancha de sangre, inapreciable a simple vista, destinada únicamente a la luz de una lámpara ultravioleta.
Un par de metros más adelante abandonó en el suelo el último diente, con unos cuantos trozos pegajosos de tejido gingival adheridos, y levantó la arena de una patada para cubrirlo con un velo de polvo. Con eso sería suficiente.
Debía recorrer a pie en la oscuridad un tramo de camino no muy largo pero peligroso, por el que tenía que avanzar despacio.
Las temperaturas estaban bajo cero incluso en las colinas.
Su aliento empañaba el nítido resplandor de las estrellas.
Pensó que le había proporcionado una buena tumba.
Había tenido suerte. Pocos abandonaban el mundo frente a un paisaje tan hermoso.
Los Cairngorm empezaron a desvanecerse en la niebla, a sus espaldas.
Al aparecer los primeros rayos del sol, sus siluetas grises y púrpuras se recortarían contra el cielo, desnudas y rocosas, como si fueran un paisaje lunar.
Miró por el retrovisor la vasta formación montañosa enclavada en un mar de colinas bajas.
Pensó que nunca volvería allí. Era un último adiós. Había resultado ser una zona perfecta.
Estaba a más de una hora en coche de Edimburgo y la previsión era que llovería, aunque no lo suficiente como para apagar el fuego.
Cuando cayera la primera gota, el calor sería tan intenso que solo una inundación podría detener la destrucción.
Su prioridad era llegar pronto a casa, pero con precaución. No le quedaba mucho por hacer.
La mujer se había rendido más fácilmente de lo que había imaginado.
En su lugar, él habría luchado hasta el final, recurriendo a cada gramo de ira y bilis para resistir.
Ella le había suplicado, rogado y finalmente se había puesto a lloriquear y a aullar.
La vida valía poco porque la mayoría de la gente no valoraba su importancia.
Estaba seguro de ello. Él siempre se llevaba al límite de sus capacidades, esforzándose por aprender cada vez más, por superar nuevas metas.
Ardía por la sed de conocimiento como otros deseaban la riqueza, y era difícil encontrar a alguien que se le pudiera comparar.
Por ello se veía obligado a matar. Sin su sacrificio, habría estado rodeado para siempre de mujeres incapaces de satisfacer su intelecto.
Mientras conducía, escuchaba un CD en otro idioma.
Le gustaba aprender un idioma nuevo cada año.
Era el turno del español. «Más fácil que la mayoría», pensó con un vago sentimiento de culpa, pero tenía una cantidad agotadora de información en la cabeza.
No se podía esperar que eligiera algo más complejo mientras hacía tantos viajes e investigaciones.
—No he tenido mucho tiempo libre. —Un conejo se lanzó desde el borde de la carretera.
Frenó bruscamente, no porque quisiera evitarlo, sino por la sorpresa del movimiento en su visión periférica—.
¡Maldita sea! —Se había distraído y había vuelto a hablar solo.
Solo le ocurría cuando estaba muy cansado y estresado.
Las discusiones lo habían hecho trasnochar.
Si alguien pensaba que era fácil convencer a una mujer inteligente de que hiciera lo que más le convenía, era un necio.
Era un reto, incluso para un hombre con sus facultades.
Cuanto más perspicaz era, más difícil resultaba, pero mayor era la recompensa final.
Se detuvo a las afueras de Edimburgo y bebió un café aceptablemente caliente de un termo.
No podía arriesgarse a entrar en un bar.
A pesar de la falta de interés que probablemente habría despertado —casi nadie se quedaría mirando a un hombre de mediana edad con barriga y una antiestética calva—, habría sido estúpido que lo hubieran grabado en una cámara de seguridad cuando regresaba a la ciudad por esa carretera.
El zumbido de la voz española continuó de fondo hasta que apagó la radio.
Había sido un día largo, ¿por qué no tomarse un descanso, solo por una vez?
En casa lo esperaba una mujer que necesitaba muchos cuidados y atenciones.
No podría hablar bien durante un tiempo; de hecho, probablemente necesitaría algo de terapia del lenguaje.
Pero tenía suerte, porque él dominaba muchos campos.
Ayudarla sería un placer y un privilegio para él.