Capítulo 7
CAPÍTULO SIETE
Quizá no habría sido tan grave si hubieran conseguido olvidarse de la pelea al terminar el turno. Tuvieron un tiempo separadas antes del entrenamiento de fútbol de la tarde siguiente, así que, si hubieran sido capaces de dejarlo estar, puede que las cosas no se hubieran desmadrado.
Aunque quizá las dos eran demasiado testarudas para eso, o puede que ambas creyeran de verdad que era la otra la que estaba equivocada.
En cualquier caso, cuando empezó el entrenamiento a la tarde siguiente, cualquier posibilidad de que alguna de las dos se comportara con cordialidad se fue al garete.
Fue peor de lo normal, y todo el mundo lo notaba.
Sam no jugaba a su nivel habitual: estaba descuidada, fallando tiros que normalmente habría metido con los ojos cerrados y, en general, sin molestarse siquiera en intentarlo.
Todo el equipo notaba que algo iba mal, y su comportamiento tampoco le pasó desapercibido a la entrenadora.
El chillido del silbato detuvo el entrenamiento cuando solo quedaban veinte minutos, y Chrissie llegó incluso a pisar el campo para intervenir.
—O'Shea —soltó, señalando con el dedo a la rubia mientras cruzaba el campo. Sam estaba plantada al fondo, pegada a la portería de Terri—. ¿Qué haces?
—Jugar en defensa, entrenadora. —Se cruzó de brazos—. Justo como me dijiste.
—No te dije que te quedaras ahí plantada sin hacer nada. —Chrissie se le acercó del todo, haciendo un gesto que abarcaba a las compañeras de Sam—. Se supone que tienes que apoyarlas.
—Y lo he hecho. —Sam señaló el barro que le salpicaba la ropa y la cara, como si fuera prueba de su implicación en el juego.
Había llovido durante el día y, cada vez que le daban al balón, se salpicaban de barro por todas partes.
Chrissie tenía demasiada experiencia como entrenadora para dejarse engañar por unas manchas de barro.
Había estado observando a Sam y su esfuerzo a medias.
—Si no te vas a molestar en jugar, entonces sal del campo —soltó. No era una amenaza desconocida: una o dos veces al mes alguien oía esa frase. Nunca quería decir de verdad que sus jugadoras se marcharan; era su forma de decir «espabila», y siempre surtía el efecto deseado.
Hoy no, sin embargo. En lugar de oír «Sí, entrenadora» o «Perdón, entrenadora», como de costumbre, vio un destello de rabia cruzar la cara de la joven rubia. Nadie habló, y el pesado silencio entre ellas pareció alargarse una eternidad, como si Sam estuviera decidiendo su siguiente movimiento.
Por fin, agarrando el peto, Sam se lo arrancó.
—Vale —fue lo único que dijo, dejando caer el peto a los pies de Chrissie. A su alrededor hubo cuchicheos ahogados de asombro. En todo el tiempo que Chrissie llevaba entrenando al equipo, nadie se había marchado nunca en mitad de un partido, por muy grave que fuera la pelea.
Sam salió del campo hecha una furia hacia los vestuarios, con la cabeza bien alta, sin mirar a ninguna de sus compañeras. Nadie fue tras ella, y ni siquiera Chrissie gritó su nombre. En lugar de eso, sorprendió a todas dando el entrenamiento por terminado antes de tiempo.
—Idos todas a casa. Por hoy ya está bien —dijo en voz baja, recogiendo el peto de Sam del barro. Desconcertadas, las demás se encaminaron al vestuario, siguiendo los pasos de Sam. Al final, solo quedaron Terri y Chrissie en el campo.
—Cría de mierda —siseó Chrissie, mirando el peto que tenía en las manos—. ¿Quién se ha creído que es, un regalo de Dios al fútbol?
Terri se quitó su propio peto y se lo tendió con más amabilidad que su compañera.
—O sea, que la cosa va bien.
—Ah, la cosa va de puta maravilla, ¿no se nota?
—Desde luego, sabéis bien cómo sacaros de quicio la una a la otra, ¿eh? —Terri miró más allá de Chrissie, hacia los vestuarios, siguiendo el camino que había tomado Sam.
—Es irritante.
—Yo también, y no nos peleamos así —comentó Terri. Chrissie seguía mirando el peto, así que no vio la sonrisa cómplice que le cruzó los labios a su amiga—. La verdad, creo que solo te he visto pelearte así con otra persona antes.
Aquello captó la atención de Chrissie. Levantó la cabeza de golpe y entornó los ojos.
—¿Con quién?
En lugar de responder, Terri se limitó a sonreír y se alejó, poniendo rumbo al vestuario para reunirse con sus compañeras.
—¿Con quién, Terri?
Sin darse la vuelta, Terri levantó un brazo para decir adiós con la mano.
—¡Nos vemos en el trabajo!