Respuesta Urgente (City General Series 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

CAPÍTULO OCHO

Sam se estaba tomando su tiempo para quitarse el uniforme después de abandonar el campo.

No tardó mucho el resto del equipo en ir entrando, y la energía habitual de después del entrenamiento que solía llenar la sala había desaparecido.

Aquel vacío hueco en el vestuario, sumado a que sabía que todas la miraban de reojo, hizo que cambiarse resultara un poco difícil.

Al final se fueron todas, y se quedó sola en el vestuario con sus pensamientos.

Seguía dándole vueltas a la pelea de antes, seguía resentida y furiosa por lo que Chrissie le había dicho en la ambulancia.

Abrió la taquilla, sin desear otra cosa que ponerse la ropa de calle, irse a casa y emborracharse con aquel vino barato que tenía en la nevera, pero entonces la puerta se abrió a su espalda.

—O'Shea.

Cómo no, pensó Sam con amargura, deteniéndose justo cuando alcanzaba su ropa limpia. Cómo no iba Chrissie a esperar a que se fueran todas las demás para poder gritarme todo lo que le dé la gana.

—¿Qué quieres? —soltó Sam, sorprendiéndose casi a sí misma de lo fría que le salió la voz. En el reflejo del espejo del interior de la puerta de la taquilla, alcanzó a ver la cara de Chrissie y vio cómo se le disparaban un poco las cejas, desconcertada por su tono.

No tardó mucho, sin embargo, en volver a su rutina de siempre.

—Tienes que serenarte —ladró, dando un paso adelante hasta invadir el espacio personal de Sam.

En aquel hueco estrecho, Sam se giró para mirarla, reuniendo la energía suficiente para fulminarla con la mirada.

Después de un turno de doce horas en el que no hizo más que recibir gritos de su superiora, ahora tenía que aguantar también que la acosara durante el entrenamiento.

Vaya con lo de ser profesional.

Sam estaba demasiado agotada para esto. Estaba salpicada de barro, le dolían los músculos —si era por el partido o por los pacientes del día, no tenía ni idea— y no le quedaban fuerzas para soportar la furia de Chrissie una vez más.

—¿Qué quieres decir con «serenarte»? —repitió, notando que la voz le subía de rabia, solo un poco.

La voz de Terri le resonó al fondo de la cabeza. No dejes que te saque de quicio.

Ahora mismo, sin embargo, no tenía energía para contenerse. Ahora mismo, lo que quería era una buena ducha caliente antes de desplomarse en la cama, y Chrissie era el único obstáculo que se interponía entre ella y eso.

—Eres mejor jugadora que esto, lo sabes, ¿verdad? —El tono de Chrissie era sereno y comedido, y de no haber sido por la ligera tensión de su mandíbula, Sam habría jurado que la mujer intentaba ser amable. Pero a la mierda con eso.

—Tienes un talento natural. Un talento que la mayoría de la gente mataría por tener, pero estás tan obsesionada con creer que te tratan injustamente que te comportas como una imbécil —dijo Chrissie.

—¿Una imbécil? —A Sam le temblaron las aletas de la nariz, y se irguió cuan alta era con una brusca inspiración.

—¿Quieres que te suelte el discursito otra vez? —preguntó Chrissie—. ¿Quieres que te diga que estás desperdiciando tu potencial, dejando que tu talento se pudra mientras haces el vago?

Sam tiró la botella de agua a medias sobre el banco cercano. En la sala por lo demás silenciosa, el golpe del plástico contra la madera resonó con fuerza, como una campana de aviso del griterío que estaba a punto de empezar.

—¡No estoy haciendo el vago una mierda, Chrissie!

No dejes que te saque de quicio. Las palabras de Terri eran ahora solo un susurro.

Hubo un instante de silencio mientras la mujer mayor la miraba de arriba abajo.

Abriendo y cerrando las manos, Sam era consciente de las ampollas y los callos de estar moviendo pacientes todo el día y de la piel sensible que rodeaba los moratones que le cubrían las rodillas de la de veces que se había caído.

Poco tenía de estar haciendo el vago. Pero, aun así, Chrissie no cedió.

—No te esfuerzas. Crees que, como se te da bien por naturaleza, puedes relajarte sin más. Se te pasan cosas porque te vienes arriba, igual que se te pasó ese pase en el campo, igual que se te pasó ese problema de corazón esta…

—No saques eso.

—Pero se te pasó, ¿a que sí? —Chrissie dio un último paso adelante hasta quedar prácticamente nariz con nariz con Sam—. Y, si yo no me hubiera dado cuenta, habríamos perdido al paciente. ¿Cuánto tiempo más voy a tener que estar limpiando tus meteduras de pata, O'Shea?

—Vete a la mierda.

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire y, por un momento, fue como si resonaran una y otra vez en la diminuta sala, rebotando en los azulejos hasta que era lo único que Sam podía oír.

Entonces algo pareció romperse entre las dos.

Estaban las dos cabreadas, cargadas de adrenalina, y de pronto sus miradas se cruzaron y entonces, sin que mediara una palabra, fue como si las dos sintieran la descarga eléctrica que de repente convertía una sola cosa en la única que tenía sentido para ambas.

Sam habría mentido si dijera que nunca antes había pensado en besar a la mujer mayor.

Había pasado unas cuantas veces: se sorprendía pensando en Chrissie mientras veía Netflix, o mientras esperaba en la cola del café por la mañana.

Pero ni una sola vez se había imaginado que sería así como ocurriría.

Al recordarlo más tarde, ninguna de las dos estaría del todo segura de quién dio el primer paso pero, en aquel momento, no importaba. Era sencillamente lo único que tenía sentido; lo único que decía todo lo que ninguna de las dos era capaz de poner en palabras.