Capítulo 5
CAPÍTULO CINCO
Durante los dos días siguientes, las cosas no parecieron tan malas entre las dos.
Chrissie, profesional como siempre, se esforzó al máximo por llevarse bien con la novata.
Cada vez que Chrissie notaba subir una crítica afilada, cada vez que oía un comentario por lo bajo de Sam, las palabras de Steve sobre portarse bien le resonaban en la cabeza, y se calmaba.
Incluso intentó trasladar eso a su entrenamiento de fútbol de mitad de semana, y sus esfuerzos no pasaron desapercibidos.
Cuando Sam llegó tarde al campo, Chrissie esperó con paciencia su excusa en lugar de soltarle un corte, aunque para todo el mundo era evidente que le costaba un poco.
Sam pareció agradecerlo y, por primera vez en mucho tiempo, el entrenamiento pasó volando sin incidentes graves entre ellas.
No hubo peleas, no hubo comentarios sarcásticos, y fue un cambio de ritmo agradable para todas.
No duró.
En rigor, como Terri le informó más tarde a Chrissie delante de un par de cervezas, la pelea fue culpa suya, no de Sam. Si era sincera, Chrissie sabía que así era, pero aun así se negaba a cargar con toda la culpa.
Estaban juntas en el turno de noche, lo cual era una receta para el desastre incluso en las mejores circunstancias. Pero, sumado a la mañana de mierda por la que Chrissie se había arrastrado antes siquiera de llegar al trabajo, tenía asegurado ser una pesadilla absoluta.
El día le había empezado bastante bien, con café y un donut de sobra para desayunar. Pero prácticamente todo lo que pasó después iba camino de dispararle la tensión a Chrissie hasta las nubes.
Debería haber sabido que iba a ser un día de mierda cuando vio iluminarse en el móvil el identificador de llamada de su ex, justo cuando terminaba de desayunar.
Después de seis meses, el recuerdo de la mujer con la que había pensado casarse algún día largándose sin más de su vida seguía siendo una herida relativamente reciente en su corazón, y ver aparecer su nombre en la pantalla le reabrió la brecha.
Chrissie no había hablado con Charlotte desde la noche en que llegó a casa del trabajo y se encontró un recibidor lleno de cajas, una exnovia con cara de culpabilidad y un discurso de disculpa de mierda sobre cómo necesitaba encontrarse a sí misma.
Una parte diminuta de ella vivía con la esperanza de que algún día su ex recapacitara y recordara lo bien que habían estado juntas, y su vida volviera a la normalidad, pero ese día nunca había llegado.
Cuando descolgó el teléfono, fue con ese mismo optimismo cauto, que quedó frustrado casi al instante al darse cuenta de por qué llamaba Charlotte.
Resultó que, cuando recogió todas sus cosas y se marchó, había acabado dejándose olvidadas unas nóminas en una caja de zapatos debajo de la cama, que necesitaba para la declaración de la renta.
Quería que Chrissie se las enviara por correo a su nueva dirección.
Sin mucho entusiasmo, se ofreció a acercárselas y entregárselas en persona antes del trabajo, pero Charlotte la frenó enseguida.
—No, no, mándamelas por correo sin más. No pasa nada.
Mientras hablaba, Chrissie oyó a otra mujer de fondo. Su voz sonaba amortiguada, pero consiguió captar un par de cosas. En concreto, le preguntaba a Charlotte qué quería para cenar esa noche, y entonces oyó «cariño».
El estómago se le hizo un nudo casi de inmediato. Por eso quería Charlotte que le enviara las nóminas por correo, no que se las llevara. No quería que Chrissie viera lo rápido que la había sustituido por otra, lo feliz que era ahora. Cómo había logrado «encontrarse a sí misma».
—Claro —consiguió decir con la voz ahogada—. Te las mando mañana.
Para cuando llegó al trabajo ese día para su turno con Sam, Chrissie andaba buscando pelea. Sabía que era infantil; sabía que estaba mal, pero estaba cabreada, y estaba harta de morderse la lengua y portarse bien con Sam sin recibir nada a cambio.
Era evidente que estaba de un humor de perros desde el momento en que cruzó las puertas.
Prácticamente le flotaba encima un nubarrón de desdicha, una buena metáfora de la tormenta que estaba a punto de estallar.
La voz de que a Chrissie le pasaba algo corrió bastante deprisa, aunque nadie sabía muy bien el qué.
Sam estaba en el vestuario, poniéndose el uniforme, cuando ella también se enteró del pésimo humor de Chrissie.
—Chrissie ha llegado. —Terri apareció a su lado, sobresaltándola. Cómo se las apañaba la otra mujer para tener semejante don para moverse a hurtadillas sin hacer ruido se le escapaba por completo.
—Tampoco es que sorprenda, teniendo en cuenta que hoy estamos juntas de turno.
Terri se apoyó en la pared con un hombro, evaluando a Sam despacio, como si intentara calibrar cómo se sentía.
—Intenta no cabrearla hoy.
—Yo nunca intento…
—Ya sabes lo que quiero decir —la cortó Terri—. No hagas nada que la saque de quicio. Ha… tenido una mañana complicada.
Sam resistió el impulso casi arrollador de poner los ojos en blanco.
¿Cuándo no tenía Chrissie una mañana complicada?
Parecía que un día sí y otro también había algo nuevo que la cabreaba.
Sam estaba bastante segura de haber visto sonreír a la mujer solo un puñado de veces en todo su tiempo como sanitaria, y una de ellas fue cuando trajeron un bebé al mundo.
—Solo te pido que hoy no le des mucha caña. —Terri abrió su propia taquilla y cogió sus cosas. Había estado en el turno de día y por fin le tocaba quitarse las botas e irse a casa—. Puede que esté un poco…
—¿Un poco qué?
—Bueno, un poco más… —Terri buscó la palabra adecuada—. Más Chrissie de lo normal.
Sam soltó el aire despacio en un intento de prepararse mentalmente para la noche que tenía por delante. Después de darle las gracias a Terri por el aviso sobre el humor de su superiora, Sam se encaminó hacia la zona de ambulancias, buscando aquella familiar melena corta y castaña.