Capítulo 4
CAPÍTULO CUATRO
—Necesito una compañera nueva.
Steve O'Reilly estaba cansado. Siempre estaba cansado, y lo estaba desde que había terminado su periodo de prueba como sanitario hacía lo que parecía toda una vida.
Pero Chrissie Woods tenía una forma única de sorberle hasta las últimas gotas de energía que aún le flotaran por el cuerpo.
De algún modo, fuera un encuentro positivo o negativo, cada reunión con ella lo dejaba agotado.
Era martes por la mañana, y el turno de día ni siquiera había empezado.
Pero Chrissie había encontrado el camino hasta su despacho, exigiendo su atención de una forma que nadie más se atrevería a exigir.
La relación jefe-empleada parecía un poco desequilibrada en su contra cuando se trataba de Chrissie.
Se recostó despacio en la silla del escritorio, escuchando el plástico crujir en señal de protesta bajo su peso.
Él y Chrissie llevaban cinco años trabajando juntos, desde que ella se trasladó a su base, y en ese tiempo habían desarrollado una extraña especie de amistad.
Vale, no era su primera opción como compañera de copas un sábado por la noche, pero había mucho respeto mutuo entre ellos.
—Buenos días, Steve. —Subió un poco el tono, imitando la voz de ella—. ¿Qué tal el fin de semana?
Los labios de Chrissie se apretaron en una fina línea blanca mientras se cruzaba de brazos. Inspirando despacio, le devolvió sus palabras como un loro.
—Buenos días, Steve. ¿Qué tal el fin de semana?
Pero él no había terminado.
—¿No era vuestro aniversario de boda este fin de semana, el tuyo y el de tu mujer? ¿Hicisteis algo bonito, os escapasteis quizá un finde juntas? Tuvo que estar bien.
Aquello le valió un suspiro pesado.
—Steve, déjate de chorradas.
—Déjate tú de chorradas —le replicó, enderezándose en la silla—. No vas a tener compañera nueva.
—¿Porque no te he preguntado por tu aniversario?
—Sí, Chrissie —dijo con sequedad—. No voy a darte una compañera nueva porque has sido borde conmigo. De buen jefe que soy.
—Va en serio. Necesito una compañera nueva. No puedo seguir trabajando con O'Shea.
Steve pescó un boli del bote de su escritorio y se lo metió en la boca como un cigarrillo. Era una vieja costumbre que había adoptado al dejar de fumar unos años antes, y ahora lo hacía sin darse ni cuenta la mitad de las veces.
—¿Por qué no? —preguntó por fin, volviendo a balancearse en la silla—. ¿Se ha cargado a un paciente?
—No.
—Entonces, ¿por qué?
—Porque es una cría de mierda, por eso. No me hice sanitaria para darle de comer en la boca con la cuchara de plata con la que llegó aquí.
Las cejas de Steve se dispararon ante el comentario.
A lo largo de los años que llevaba de sanitaria, Chrissie se había convertido, muy a su pesar, en una figura maternal para muchos de los sanitarios más jóvenes.
Era una norma no escrita que los novatos recién llegados pasaran una rotación con ella mientras se adaptaban a su nuevo puesto.
Por muy directa y seria que fuera, Chrissie tenía debilidad por los sanitarios en periodo de prueba.
Habían tenido novatos que no aguantaron.
Novatos que se metieron en el trabajo por las razones equivocadas, que no supieron adaptarse a la presión del puesto, o que no soportaron ver tanta muerte a diario.
Chrissie había estado al lado de muchísimos de esos novatos, había cogido muchísimas manos mientras lloraban por sus primeras pérdidas.
Y ni una sola vez había reaccionado así.
Por eso a Steve le había parecido de lo más lógico poner a Sam con ella cuando se unió al equipo.
Era joven, tenía ganas de aprender los entresijos, y era listísima.
Chrissie había cuidado de tantos chavales que se ponían pálidos al ver sangre, o que entraban en pánico a la mínima presión, que Steve había pensado que una novata que parecía más capaz por naturaleza encajaría a la perfección.
—«¿La cuchara de plata con la que llegó aquí?» —repitió despacio, negando con la cabeza con incredulidad—. Joder, recuérdame que no te cabree nunca.
—Necesito una compañera nueva —repitió Chrissie, esta vez con más fuerza. Steve levantó las manos en un gesto de «¿qué quieres que haga?».
—Claro, deja que reorganice los horarios de todos y me cargue la mañana para satisfacer tus necesidades.
—Va en serio, Steve.
—Y yo. —No era frecuente que Steve se plantara como jefe de Chrissie.
La verdad era que había una pequeña parte de él, solo una parte pequeña, que le tenía un poco de miedo.
Le recordaba a su madre, y no precisamente de forma halagadora.
Aun así, en esto no pensaba ceder—. Esta base no funciona según cada uno de tus caprichos.
No voy a cambiarle el turno a todo el mundo solo porque tengas un problema con O'Shea.
—Es un incordio.
—Joder, Chrissie, ¿y tú no?
Abrió la boca para replicar, pero la respuesta que tuviera se le murió en los labios, y volvió a cerrarla, con aire derrotado. Steve no tenía ni idea de cuál era en realidad su problema con la novata y, aunque sentía curiosidad, no se podía permitir el lujo de perder el tiempo averiguándolo.
—Haz que funcione —sugirió, señalando a Chrissie con el boli—. Lo has hecho funcionar con incontables novatos antes, chavales más tontos que O'Shea y más incordio que ella. Así que me da igual el marrón personal que tengas entre manos, pero trágatelo y céntrate en los pacientes. ¿Entendido?
Vio saltar la rabia en su cara ante aquello.
Llevaban trabajando juntos el tiempo suficiente como para que algún que otro favor personal por lo bajo nunca fuera gran cosa para ninguno de los dos.
A veces a Chrissie le aprobaban las vacaciones más rápido que a los novatos, a veces Steve conseguía pronósticos de los partidos de fútbol femenino para ganar algo de pasta con su corredor de apuestas.
Vale, no era del todo justo, pero era una de las pocas ventajas de su relación.
Estaba claro que ella pensaba que esta sería la ocasión de pedirle otro favor a Steve, pero hoy no pensaba picar.
—¿De qué va esto, en todo caso? —preguntó, con su curiosidad natural imponiéndose.
No era ni mucho menos la primera vez que Chrissie se presentaba en su despacho a quejarse de una novata que él le había asignado.
A menudo se dejaba caer en la silla de enfrente y soltaba alguna parrafada sobre su compañera más reciente, antes de recomponerse y asentar una rutina con ella con el tiempo.
Pero esto era distinto. Era la primera vez que pedía una compañera nueva. ¿Qué tenía Sam de diferente?
Hubo un instante de silencio mientras Chrissie cambiaba el peso de un pie a otro, intentando dar con algo concreto que le molestara de Sam. Steve entornó los ojos.
—Más te vale que esto no sea por el fútbol.
Sabía lo del equipo de Chrissie. Sabía que Sam jugaba en él, y le constaba de buena fuente que su relación en el campo no era mejor que su relación en la parte de atrás de una ambulancia.
—¡No es por el fútbol!
—Te juro por Dios, Chrissie —empezó, volviendo a señalarla con el boli—. Como te hayas plantado en mi despacho tan temprano porque te ha cabreado en el entrenamiento…
—¡No es por el entrenamiento! —soltó Chrissie, alzando las manos al aire.
Pasaron unos segundos mientras se miraban con rabia. Estaba claro que él no la creía y, al final, su mirada glacial la fue desgastando, solo un poco.
—No es solo por el entrenamiento.
Aquello fue todo lo que Steve necesitaba. Tiró el boli sobre el escritorio con decisión.
—Nada de compañera nueva. Sean cuales sean los problemas que tengáis las dos, resolvedlos en vuestro tiempo libre. No traigas tus movidas al trabajo, céntrate solo en tus pacientes. ¿Entendido?
Quería replicar. Se le veía escrito por toda la cara, desde cómo entornaba los ojos castaños hasta el leve aleteo de las aletas de la nariz. Pasaron unos segundos y, al final, soltó un suspiro pesado.
—Vale.
Steve notó que se relajaba un poco en la silla. Bien. No estaba listo para una pelea, no tan temprano un martes por la mañana, y desde luego no con Chrissie Woods.
Miró el reloj de la pared.
—Estás de turno. Deberías volver al trabajo.
—Gracias por la ayuda, jefe —masculló, girando sobre los talones y marchándose.
Había un veneno frío en sus palabras que casi le hizo dar un respingo y, de haber sido cualquier otra persona, seguramente Steve le habría llamado la atención.
Pero la dejó marchar y, cuando la puerta se cerró tras ella, se hundió en la silla.
En serio, ¿qué demonios pasaba con esas dos?