Capítulo 2
CAPÍTULO DOS
Eran las y diez, lo que significaba que hacía quince minutos que Chrissie esperaba al equipo en el campo de fútbol. Las había ido contando una a una según salían tan tranquilas de los vestuarios, y le faltaba una.
Ni siquiera necesitaba escrutar las caras de las diez mujeres que tenía delante para saber cuál faltaba en la alineación.
—A ver si lo adivino. —Oyó una voz familiar a su lado y se giró en el sitio para ver a Terri, la portera del equipo. Había aparecido junto a Chrissie en lugar de calentar con las demás—. ¿O'Shea otra vez?
Chrissie se limitó a soltar un gruñido en respuesta, hurgando en el bolsillo del cortavientos en busca del chicle.
—Siempre es ella, ¿no?
Terri se rio, girándose de lado a lado en un intento perezoso de calentamiento.
—Al menos es constante.
—Preferiría que fuera constante estando aquí —masculló Chrissie, más para sí misma que para Terri—. Y no te olvides de estirar los isquiotibiales.
Terri soltó un suspiro, fingiendo fastidio.
—Joder, entrenadora. Cualquiera diría que no llevo jugando al fútbol desde primaria.
Un asomo de sonrisa amenazó con ablandar el ceño fruncido de Chrissie cuando un familiar coche plateado se detuvo en el aparcamiento junto al campo.
Terri era una vieja amiga del trabajo a la que había arrastrado a jugar en su equipo años atrás, así que siempre había un puntito de sarcasmo cada vez que llamaba «entrenadora» a Chrissie.
Chrissie no se lo habría consentido a nadie más, pero suponía que Terri se lo había ganado después de todo el tiempo que habían pasado apretujadas juntas en la parte de atrás de las ambulancias.
—Anda, mira quién ha aparecido. —Terri también había visto el coche.
La puerta del conductor se abrió y de ella salió Sam O'Shea, ya con la equipación puesta (por suerte).
Cerró la puerta de un golpe de cadera y echó a trotar hacia el campo, peleándose por recogerse la larga melena rubia en una coleta floja mientras lo hacía.
Debió de intuir la reprimenda inminente que se gestaba en la cabeza de Chrissie, porque ya venía soltando una disculpa a toda prisa antes siquiera de llegar hasta ellas.
Tenía las mejillas teñidas de un rosa suave por el aire frío de otoño y, al acercarse a Chrissie y a Terri, se le veían ya mechoncitos de pelo rubio escapándose de la coleta.
—Llegas tarde, O'Shea —dijo Chrissie con frialdad, cortando la disculpa sin escuchar la excusa que hubiera inventado ese día.
Una vez en el campo, Sam era una de las mejores jugadoras del equipo.
Para alguien que resultaba tan alegre y burbujeante en su día a día, tenía durante los partidos una vena competitiva temible que Chrissie valoraba.
Meterla en el campo era lo que siempre resultaba un problema.
Siempre era la última en salir, ya fuera porque se lo tomaba con calma en el vestuario o porque llegaba tarde.
—Date prisa y calienta con las demás —continuó Chrissie, indicándole que se acercara al resto del equipo con un gesto desdeñoso de la muñeca.
El resto de la disculpa se le murió a Sam en los labios, y Chrissie vio algo cruzarle el gesto: rabia, fastidio o frustración, no supo bien cuál—.
Muévete antes de que cambie de idea y te ponga a dar vueltas.
Hubo un instante de silencio tras la orden, puntuado por el leve ruido del resto del equipo calentando a su espalda.
Al lado de Chrissie, Terri se había interesado de pronto muchísimo por asegurarse de que llevaba bien puestos los guantes, apartándose un poco para no tener que ver a las dos mujeres retándose con la mirada.
Aquellos duelos se habían vuelto algo tan habitual en los entrenamientos que la mayoría del equipo los veía venir de lejos.
Chrissie tenía fama de entrenadora dura, y Sam era una exaltada a la que no le sentaba nada bien la autoridad.
Desde el primer día quedó claro que nunca iban a ser una pareja hecha en el cielo pero, por alguna razón, nunca habían acabado de calmarse y acostumbrarse la una a la otra.
Seguían chocando constantemente, casi como si solo buscaran una excusa para pelear.
—Llego diez minutos tarde, ¿y vas a crucificarme por eso? —Sam se cruzó de brazos y entornó los ojos hacia su entrenadora—. ¿Por diez minutos?
Ahí está, pensó Chrissie con amargura, resistiendo el impulso de poner los ojos en blanco.
Ahí estaba ese aire de superioridad de Sam O'Shea, justo como esperaba.
Salía al campo con la misma arrogancia altiva que la sacaba de quicio también en el trabajo: sabía que era capaz, sabía que tenía talento e inteligencia naturales, y se dejaba llevar por eso.
A su edad, Chrissie habría matado por ese don natural, esa capacidad de saber por intuición dónde tenía que estar en el campo en cada momento.
Era como si hubiera nacido para estar ahí.
—Al campo, O'Shea. —Chrissie dio un paso hacia la mujer más joven, cerrando la distancia entre ellas. Con su metro sesenta y ocho, era solo un poco más baja que Sam y tuvo que ladear la cabeza apenas un poco para sostenerle la mirada—. No me hagas repetírtelo.
Otro instante de silencio. Chrissie casi podía oír los engranajes girando en la mente de Sam: ¿era mejor replicar y patalear, montando un berrinche como una niña cuando le decían lo que tenía que hacer, o era mejor rendir la discusión y ceder sin más?
Se decantó por lo segundo. Con un suspiro pesado y largo, como si Chrissie le estuviera pidiendo que moviera cielo y tierra, esquivó a la mujer mayor.
—Lo que tú digas.
Antes de volverse hacia el equipo, Chrissie por fin se permitió aquel terapéutico giro de ojos.
Dios, qué cría. No costaba creer que en su momento Sam hubiera sido abogada antes de dejarlo para hacerse sanitaria.
Chrissie se la imaginaba de lo más a gusto en una sala de vistas, donde podía discutir por el mero placer de discutir.
Para hacerle justicia, una vez en el campo, Sam se comportaba como cualquier otra integrante del equipo.
Intercambiaba bromas mientras calentaba, estirando los músculos con cuidado para no lesionarse cuando empezara el entrenamiento.
Esta era la parte que se tomaba en serio; era una pena que no tuviera esa misma energía y motivación para presentarse puntual al entrenamiento.