Respuesta Urgente (City General Series 1) Capítulo 1
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Respuesta Urgente (City General Series 1)

Respuesta Urgente (City General Series 1)

Por Ruby Scott

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Capítulo 1

CAPÍTULO UNO

—¿Mamá? Mamá, ¿me oyes? Mamá, por favor. ¡Mamá!

Sam se despertó de golpe con un grito ahogado, las manos estiradas hacia el fantasma de una mujer que no estaba allí, una mujer que no había estado allí en años.

Durante unos segundos le costó respirar, igual que le pasaba siempre que despertaba de una pesadilla sobre el accidente, y entonces recordó dónde estaba.

Habían pasado cinco años. Estaba en la cama, en su apartamento, y estaba oscuro porque eran las tres de la madrugada, no porque estuviera boca abajo en un terraplén nevado.

Aquel dolor en el pecho, donde el cinturón le cortaba la piel, no era real, y el olor acre a gasolina que le quemaba la nariz era solo un espejismo.

Se hundió de nuevo contra las almohadas, temblorosa, contando hacia atrás desde diez. Era una táctica que le había enseñado su terapeuta en los meses posteriores al accidente. A veces funcionaba, a veces no, pero siempre valía la pena intentarlo.

—Diez.

Estaba en casa, en la cama…

—Nueve.

La desesperación de su voz al llamar a gritos a su madre se apagaba ya, se volvía más callada…

—Ocho.

Su voz cobraba fuerza; había perdido ese temblor que delataba sus nervios.

—Siete. Seis.

Su respiración era más estable ahora.

—Cinco.

El olor a gasolina se debilitaba, reemplazado por el difusor de lavanda del rincón de su habitación.

Siguió contando, hasta llegar al uno y, cuando terminó, sintió que los músculos se le relajaban un poco.

Durante unos instantes se quedó tumbada en la oscuridad, mirando al techo, antes de dejar que el agotamiento se apoderara de ella y la arrastrara a un sueño sin sueños durante las pocas horas que quedaban antes de que la alarma la despertara.

Mientras esperaba a que se hiciera su primer café de la mañana, Sam se apoyó en la encimera de la cocina, con la mirada perdida, pensando en la pesadilla que la había despertado la noche anterior.

Ya no tenía pesadillas a menudo. El año posterior al accidente había sido el peor: se despertaba casi cada noche gritando por su madre hasta quedarse con la garganta en carne viva, arañando desesperada el aire que tenía delante mientras intentaba aferrarse a una mujer que hacía mucho que no estaba.

Pero al cabo de un tiempo se le hizo un poco más llevadero afrontar la pérdida.

Siempre acababa pasando. El dolor se volvía solo un poco menos atroz; la pena, solo un poco menos abrumadora, y las pesadillas se espaciaban.

Mientras se servía el café, Sam se preguntó qué la habría desencadenado, hasta que recordó a la paciente que había atendido el día anterior.

Era una chica joven, no podía tener mucho más de dieciocho años, y había perdido el control del coche de camino a casa.

Había tomado una curva demasiado rápido, se había salido de la carretera y se había empotrado contra una farola.

El coche era un amasijo de hierros cuando llegaron, pero ella estaba viva.

Sam no pudo evitar hacer una mueca al recordar el terror en la cara de la chica cuando alzó la vista hacia los sanitarios.

Se preguntó si así era como había estado ella todos aquellos años atrás.

Joven, aterrorizada, sin saber si estaba viva o muerta.

Aquella familiar sensación de náusea le dio vueltas en el estómago, pero Sam la reprimió mientras bebía un sorbo de café y soltaba el aire por la nariz. La chica estaba bien, salvo por los huesos rotos y los moratones. Eso era lo que importaba, en eso tenía que centrarse.

Con un gruñido grave, Sam estiró despacio los músculos doloridos. Al menos hoy no tenía que trabajar. No había riesgo de tropezarse sin querer con un servicio que le desencadenara otra pesadilla. Lo único que tenía era el entrenamiento de fútbol dentro de unas horas.

Sam había dado con el equipo de fútbol un par de años antes, por recomendación de su terapeuta.

El deporte era una forma de terapia que se recomendaba a menudo a quienes habían pasado por un trauma.

Los deportes de equipo te obligaban a relacionarte con la gente y reducían el riesgo de aislarte y caer en una depresión, o algo así.

Sinceramente, Sam se había apuntado solo porque le daba una excusa para darle patadas a algo, y por aquel entonces era lo único que quería.

Aunque enseguida se convirtió en mucho más que eso.

Quizá fuera que se le daba bien el fútbol de forma natural, o quizá de verdad le gustaban los deportes de equipo, pero Sam había llegado a amar sinceramente ese deporte.

Le encantaba la sensación de recorrer el campo a la carrera, le encantaba la adrenalina que le latía por las venas en el momento en que empezaba el partido, y se había enamorado de sus compañeras de equipo casi al instante.

De hecho, el entrenamiento habría sido probablemente perfecto de no ser por un pequeño detalle: su entrenadora borde, Chrissie.

Por alguna razón, la mujer le había cogido una antipatía instantánea a Sam desde el primer día que se unió al equipo y, tras meses de comentarios por lo bajo y pullas con retintín, no hacía ningún esfuerzo por disimularlo.

No habría sido tan grave de no ser porque Chrissie no era solo, técnicamente, su jefa en el campo.

Cuando Sam empezó su periodo de prueba como sanitaria un mes antes, le habían dicho que trabajaría junto a uno de los miembros con más experiencia del equipo.

Su nueva compañera era alguien que acogía a novatas bajo su ala constantemente, así que no había nada de qué preocuparse.

Se había quedado horrorizada al entrar en la sala de descanso y ver a Chrissie esperándola.

No solo tenía que aguantar que la entrenadora Chrissie le soltara bordes cuando llegaba tarde al entrenamiento o cometía algún pequeño error durante un partido, sino que ahora tenía que vérselas también con la sanitaria Chrissie.

Sam se estremeció con dramatismo ante la idea, bebiendo un sorbo de café. Pensaba que la entrenadora Chrissie era mala, pero la sanitaria Chrissie jugaba en una liga totalmente distinta. Era comprensible —tenían la vida de la gente en sus manos cada día—, pero aun así le sentaba mal.

Soltó un suspiro largo y lánguido mientras se dejaba caer en el sofá.

Al menos hoy no tenía trabajo. Eso significaba que solo tendría que ver esa mirada de decepción en la cara de Chrissie durante un par de horas en el entrenamiento de la tarde.

Hasta entonces, podía atracarse tranquilamente de otra temporada de Scrubs en la tele.