Capítulo 40FENNA
FENNA
Están todos. Mamá, papá, Sophia, Mondo, mis tíos, mis tías, un montón de mis primos... Estamos todos apiñados en un pequeño rincón del jardín de Yaya, escondidos detrás de sillas, arbustos y cualquier cosa lo bastante grande como para ocultarnos.
—Ya están aquí. ¡Rápido, agachaos todos! —Mamá está tan emocionada como yo, quizá incluso más.
Solo espero que no vean la columna de humo que se eleva de la hoguera donde mi padre se empeñó en asar el cerdo a fuego lento.
Si le hubiera dejado salirse con la suya, habría montado un espetón entero para asar un cerdo.
Primero oigo la voz de Yaya, diciéndole a Kristi que espere hasta que encuentre las llaves.
Seguro que está rebuscando en su bolso enorme para darnos tiempo suficiente a escondernos.
Justo detrás de mí se oye un pequeño gemido, una buena muestra de la emoción que sentimos todos.
—¿Quieres que mire yo? —Me imagino a Kristi asomándose al enorme bolso blanco de Yaya e intentando sacar las llaves, solo para que mi abuela le aparte la mano de un manotazo.
Llevamos semanas planeándolo, o al menos desde que me contó que no celebraba una fiesta de cumpleaños desde que era niña.
«Sin familia no hay fiestas», había dicho, encogiéndose de hombros.
Bueno, eso ya no era cierto. Así que Yaya y yo habíamos urdido un plan, uno muy elaborado, y en el próximo minuto todo encajaría.
La puerta lateral se abre de golpe y Yaya le dice a Kristi:
—Tú primero —mientras agita las manos hacia arriba, instándola a salir al patio.
Cuando todos nos levantamos de un salto, intentando gritar «Feliz cumpleaños» al unísono sin conseguirlo, Bribón se escapa de los brazos de Diego y corre directo hacia la mujer a la que adora.
La pobre Kristi se queda boquiabierta, incapaz de asimilarlo todo, y entonces, cuando los húmedos resoplidos y los insistentes gemidos desvían su atención de toda la gente que corea su nombre, cae de rodillas y acepta los enormes besos babosos de un Bribón encantado.
—¡Feliz cumpleaños, Kristi! —Me arrodillo a su lado y junto a esa feliz bola de pelo cuyo trasero se menea a toda velocidad. Si lo hubiéramos conectado a la red eléctrica del oeste, podría haber iluminado un pueblo pequeño.
—¿Has organizado tú todo esto? ¿Qué hace Bribón aquí? ¿Cómo ha llegado? —Cien emociones diferentes le cruzan la cara, pasando de la alegría a la confusión, de ahí a la gratitud y, si no me equivoco, al júbilo más absoluto.
—He pensado que, como vas a estar más por aquí y tenemos espacio, quizá podríamos tener un perro...
—¿Para que viva con nosotras? Pero ¿cómo?
—Lo han traído Diego y Luz. No se me ocurría nada que pudieras desear más por tu cumpleaños.
Kristi me mira profundamente a los ojos y articula en silencio las palabras «Te quiero». No puedo dejar de sonreír. Aquel día, en la consulta del doctor Bernstein, me prometí que haría todo lo posible por hacerla feliz, y es una promesa que pienso cumplir cada día que compartamos juntas.
Pero hoy tengo que compartir a Kristi con todos los que la quieren, y creo que apenas empieza a comprender que son muchísimas más personas de las que jamás habría imaginado.
Nuestra familia la recibe con abrazos y besos, y después Diego y Luz también se acercan con timidez.
Han venido incluso algunas de sus antiguas compañeras de United Airlines.
Me parecía justo invitarlas, ya que me ayudaron a organizar los billetes de Diego y Luz, por no mencionar a Bribón, que viajó mediante su programa PetSafe.
Hasta me ruborizo cuando preguntan si hemos disfrutado de los regalos de despedida de Kristi, pero esa es una historia para otro momento.
También invité a Dan y Charlie, los dos veterinarios propietarios de la clínica de Broomfield donde Kristi trabaja los fines de semana.
Además, han traído a todo el equipo. Y luego está Ali, que parecía desmesuradamente emocionada por haber sido invitada a una fiesta para celebrar con Kristi, aunque quizá solo sean imaginaciones mías después de lo que me contaron sobre su noche en Blush and Blu.
Digamos que más vale que esa mujer tenga cuidado, porque tengo cierta debilidad por los muñecos de vudú y ¡no va a ponerle las manos encima al pretzel de Kristi!
No pasa mucho tiempo antes de que Yaya empiece a servir Macuás y los ritmos latinos llenen el aire.
Estar rodeada de familia, tanto elegida como biológica, es exactamente como debería ser y, por la sonrisa de Kristi, creo que ella también lo siente.
Entre la mesa repleta de regalos y mi padre imitando a Steven Raichlen (está insoportable desde que le regalamos un ejemplar firmado de The Barbecue Bible las Navidades pasadas) está Yaya, nuestra reina indiscutible de la salsa y coctelera oficial.
Nunca habría podido hacer algo así por Kelly.
Lo habría odiado, muerta de vergüenza por estar rodeada de tanta gente mayor y preguntando sin parar cuándo podíamos marcharnos.
Pero Kristi está en su elemento. Ella, como todos los que están aquí, es de la familia.
El tintineo del metal contra el cristal me hace volverme de golpe. Kristi golpea su copa de vino con un cuchillo y, después de aclararse la garganta, pide la atención de todos. Bribón es el primero en sentarse a sus pies y mirarla con adoración. Yo haría lo mismo si no estuviéramos acompañadas.
—¿Me prestáis atención un momento, por favor?
—¿Vas a hacernos una demostración de seguridad? —grita alguien desde el otro extremo.
Kristi se ríe y hace ese pequeño contoneo tan pulcro que tiene, como si estuviera señalando dónde se encuentran las salidas más cercanas, y luego se endereza.
—Solo quiero daros las gracias a todos por regalarme uno de los mejores cumpleaños que recuerdo.
Me conmueve que hayáis sacrificado vuestro sábado por la bebida y la comida gratis.
—Todos se ríen y alzan las copas—. Pero, en serio, el año pasado por estas fechas nunca habría imaginado un día como hoy ni un futuro con tantas cosas que esperar con ilusión, y eso es gracias a todos vosotros.
—Bribón ladra y da un pequeño salto—. Y sí, eso te incluye a ti, Bribón.
—Kristi le revuelve el pelo lacio que le cae sobre los ojos y a él se le queda la lengua colgando de felicidad—.
Pero, por encima de todo, se lo debo a una mujer increíble. Fenna, ¿puedes venir aquí, por favor?
Todos se vuelven para mirarme y noto que se me encienden las mejillas, pero hago lo que me pide y me acerco para coger la mano que me tiende. La luz del sol se refleja en el rojo de su cabello y le da un brillo casi dorado. No creo haberla visto nunca tan radiante ni tan segura de sí misma.
—Fenna, aquel día en que te vi sentada en el 25C eras una mujer que me intrigaba, pero nada podría haberme preparado para descubrir el ser humano tan increíble que eres.
Ves lo que está roto y les das a las personas el poder, la opción, de repararlo.
Eso fue lo que hiciste conmigo. Sin ti, quizá nunca habría encontrado mi camino, así que no tengo palabras para expresar lo agradecida que estoy de que llegaras a mi vida y...
—Kristi empieza a rebuscar en el bolsillo y luego hinca una rodilla en el suelo.
Abro la boca de par en par y todos los que nos rodean, al darse cuenta de lo que está ocurriendo, sueltan un jadeo audible (esta vez sí al unísono).
—Doctora Fenna Vargas, ¿me harías el inmenso honor de aceptarme como tu esposa?
Durante lo que parece una eternidad no digo nada y el silencio se apodera de la fiesta.
En ese momento solo existimos Kristi y yo.
La miro a los ojos sabiendo que es la persona con quien quiero pasar el resto de mi vida.
La persona junto a la que quiero despertar, con la que quiero hablar de cómo me ha ido el día.
La primera persona con quien quiero hablar cuando la vida va bien y la que necesito cuando todo se va a la mierda.
Es la mujer a la que amo y a la que quiero llamar mi esposa.
—¡Sí! —grito, sin apartar la mirada de la suya. Estoy tan delirantemente feliz que ni siquiera miro el anillo hasta que me pregunta si puede ponérmelo en el dedo—. Kristi, es precioso —susurro, porque lo es.
—Era de mi bisabuela. Ha ido pasando de generación en generación y te queda perfecto.
—Pero es tuyo, no pue...
Siento su dedo sobre mis labios, deteniendo mis palabras. Se inclina hacia mí, me roza la mejilla con los labios y dice:
—Es lo que habría querido mi madre y lo que quiero yo.
Levanto las manos, le sujeto la cara y la atraigo hacia mí para besarla. Un beso largo, profundo y sensual .
Apenas oigo el alboroto y los vítores, pero, cuando nos separamos, escucho a mi primo Félix gritar:
—¡Pillaos una habitación!
Félix, eso es exactamente lo que pienso hacer.