Capítulo 39KRISTI
KRISTI
Todas las habitaciones contienen una pila ordenada de cajas, cerradas con cinta adhesiva y claramente etiquetadas con un rotulador permanente negro de punta gruesa, preparadas para que los encargados de la mudanza las lleven a nuestra nueva casa en Erie.
Los hemos contratado para el lunes y, diga lo que diga Fenna a todo el mundo, no es porque yo sea supersticiosa.
Sin embargo, recuerdo perfectamente a mi abuela anunciando que mudarse un sábado traía mala suerte cuando un matrimonio mayor, el señor y la señora Peterson, se instaló en la casa de enfrente.
«Si te mudas un sábado, no te quedarás mucho tiempo», había declarado mientras los observaba con los ojos entrecerrados desde detrás de la cortina y criticaba los muebles que habían escogido.
Y tenía razón. Menos de un año después, la casa volvió a ponerse a la venta, aunque esa no fue la parte desafortunada, al menos no para el señor Peterson.
Los dos acabaron ingresados en residencias después de que la señora Peterson lo atropellara dando marcha atrás.
Resultó que su marido había ocultado y compensado la demencia que todavía no le habían diagnosticado.
Pero no fue por eso por lo que escogimos un lunes.
Simplemente parecía un día lógico para mudarnos, porque nos permitiría disponer de una semana para desembalar e instalarnos, pero todavía faltaban cuatro días para eso y, aunque todas las habitaciones estaban empaquetadas y preparadas, aún no había bajado al sótano.
Cojo el café de Starbucks con mi nombre mal escrito en grandes letras negras, Crusty, y abro la vieja puerta de madera.
Cuando pulso el interruptor, la luz parpadea, crepita y después cobra vida, iluminando todo el espacio con un extraño resplandor naranja.
En teoría, no tengo que hacer nada con lo que hay aquí abajo.
Podría pedirles a los encargados de la mudanza que lo recogieran todo y lo llevaran a la construcción aneja de la nueva propiedad, pero quiero encontrar una cosa y no sé muy bien dónde buscarla.
Sabía que lo que buscaba no estaba entre las cosas que guardé después de que muriera mi abuela.
No, llevaba muchísimo más tiempo aquí abajo.
Aparto algunos objetos, tosiendo y atragantándome al inhalar el polvo.
Ninguna de las cajas lleva etiquetas ni marcas y hace años que ni siquiera abro la mayoría.
En la primera encuentro antiguas fotografías de mi madre cuando era adolescente, rodeada de sus amigos.
Era guapísima. Paso el pulgar por su sonrisa, deseando poder tocarle la cara de verdad.
Sé que aprobaría todo lo que estoy a punto de hacer: volver a estudiar, mudarme a otro lugar, empezar a vivir con Fenna.
Me animaría durante todo el camino. Pero las fotografías no son lo que intento encontrar.
Ropa, el disfraz de esqueleto que mamá me confeccionó para Halloween cuando tenía siete años...
Lo encuentro todo. Hay cosas que harían que cualquier otra persona se preguntara por qué las conservó, pero, sentada aquí abajo y rodeada de todo lo que compartimos, ahora sé por qué lo guardó. Porque la familia es algo precioso.
La siguiente caja pesa mucho, muchísimo más que las que acabo de revisar.
Corto la cinta adhesiva y separo las solapas para encontrar libros.
Allí, justo encima, está La bella durmiente sonriéndome.
Saco del bolsillo trasero el rotulador negro de punta gruesa, vuelvo a cerrar la caja y la marco con una cruz enorme, sabiendo que querré encontrarla de nuevo.
Para cuando abro la duodécima caja, empiezo a dudar de mí misma.
Estoy segura de que está aquí, pero, por otra parte, la última vez que lo vi fue...
Intento recordar el año, ¿quizá poco antes de que muriera la abuela?
Tengo que obligarme a reducir el ritmo porque la frustración hace que pase cosas por alto y entonces lo veo bajo la enorme colcha que mamá cosió a mano cuando enfermó.
Sostengo la colcha con ambas manos y froto su suave textura con los pulgares mientras contemplo la caja de madera.
—¿Qué consejo me darías, mamá? —pregunto, aunque sé que no puede oírme.
Mi madre murió hace muchísimo tiempo, pero encuentro consuelo en pronunciar las palabras en voz alta, aunque sé que todas las respuestas que necesito están dentro de mí, porque es ahí donde la encontraré.
Llevo a mi madre conmigo allá donde voy y, si me quedo quieta y escucho, no puedo equivocarme.
Hasta que conocí a Fenna, nunca me había permitido permanecer quieta el tiempo suficiente para oír algo que no fuera el sonido de los motores de los aviones. Era todo menos quietud.
Me siento sobre un viejo baúl de madera, extiendo la colcha sobre mis rodillas y levanto con muchísimo cuidado la caja para mirar dentro.
Incluso bajo el tono naranja de la luz artificial, recuerdo cómo brillaba su contenido.
No me permitían jugar con las joyas de mamá, pero a veces nos sentábamos juntas y ella levantaba cada pieza para contarme quién se la había comprado o de dónde procedía.
Siempre había una historia asociada a cada collar, pulsera o par de pendientes, pero hoy no busco ninguno de ellos.
Todos los metales preciosos han perdido el brillo, algo que no resulta sorprendente teniendo en cuenta cuánto tiempo han permanecido escondidos en la caja de madera, así que casi paso por alto lo que busco.
Pero allí, en un rincón, está el anillo de mi bisabuela.
La abuela se lo regaló a mi madre cuando me tuvo porque mi padre nunca iba a darle ninguno.
Supongo que debería agradecer que, al menos, no fuera bígamo.
Lo levanto hacia la luz. El oro rosa se ha deslustrado y la esmeralda, rodeada por muchos diamantes pequeños, parece apagada en comparación con el recuerdo que conservo, pero quedará bien después de pulirla.
Mi única preocupación ahora es si le valdrá.
Saco el teléfono y de repente soy consciente de que solo tengo exactamente veinte minutos para llegar a la cita en la joyería y, si la pierdo, todo mi plan se irá al traste.