Rescatando Corazones (Sanando Corazones 1) Capítulo 38FENNA
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Capítulo 38FENNA

FENNA

—Bien, estoy llegando, así que más te vale estar aquí. Estoy segura de que el Mosad ha entrenado a ese guardia de seguridad. La última vez me dijiste que fuera de inmediato antes de que tú hubieras llegado y casi acabó colgándome de los tobillos desde la cuarta planta.

Kristi se ríe y siento aquel conocido burbujeo cálido de emoción.

Vengo a recogerla después de su último vuelo con la aerolínea y anoche varios compañeros organizaron una fiesta sorpresa de despedida en Ciudad de Panamá, como hace todo el mundo o, al menos, como hacen ellos.

Por suerte, como hoy trabajaba, tuvo cuidado.

Ni siquiera puedo empezar a encontrar palabras para explicar cuánto la he echado de menos.

Lo único que puedo decir es que, mientras permanecía tumbada sola en mi cama anoche, por primera vez en la vida me sentí sola sin ella.

Me dolía no poder alargar la mano y tocar su cuerpo cálido.

Pero, cuando llamó a la una de la madrugada, olvidando que estaba una hora por delante y después de que yo hubiera conseguido dormirme por fin, solo me alegré de oír su voz.

—Estoy aquí, en la parada. No podrás pasarme por alto, te lo prometo.

—Eso suena inquietante. Pero ¿qué...? Dime que esa no eres tú.

Sin embargo, cuando los globos giran con el viento, compruebo que sí lo es.

Justo delante de mí hay dos de los pechos de helio más grandes que he visto jamás y, flotando directamente sobre ellos, otro globo muestra el rostro radiante de Kristi.

Debajo de toda la composición hay una Kristi igual de feliz, con los globos amablemente atados a la maleta.

Salgo de un salto y abro el portón trasero del todoterreno, agradecida por no haber traído el Honda de Kristi porque, de lo contrario, habría tenido una teta rozándome la mejilla durante todo el trayecto a casa.

A Kristi le parece divertidísimo que los dos pechos gigantes reboten provocativamente frente a la ventanilla trasera y, desde luego, atraemos bastante atención entre bocinazos y gritos mientras regresamos a Denver para recoger a Yaya.

Las tres nos dirigimos a Erie para encontrarnos con Mike en la casa de su tía.

—Por favor, ¿podemos dejarlos en casa de Yaya? —pregunto cuando nos detenemos frente a la casa de mi abuela.

—No. A Mike le parecerán divertidísimos. Ah, y antes de que se me olvide, tengo otro regalo que me hicieron guardado en la maleta. Ni siquiera sé cómo permitieron que pasara el control de seguridad con él. Te encantará.

No tengo ocasión de discutir ni, lo que resulta más preocupante, de preguntarle qué otras sorpresas nos esperan porque apenas he detenido el coche cuando Yaya baja a toda velocidad por el sendero para recibirnos con un traje pantalón verde lima y una blusa de gasa color mandarina .

—Métete entre mis tetas, Yaya —dice Kristi entre risas mientras Yaya tira de ellas hacia abajo, se aprieta las mejillas entre ambas y después se hace un selfi.

De verdad parece que el escote de Katy Perry la estuviera asfixiando.

Suspiro, sabiendo que mañana esa será su nueva foto de perfil de Facebook.

De camino por la I-25, Yaya incluso se vuelve para ofrecerles la misma imagen a un grupo de aficionados de los Rams cargados de testosterona y nos gana un montón de bocinazos, y no solo de los del claxon.

Lidiar con Kristi cuando está eufórica ya es bastante difícil, pero, si añades a Yaya a la mezcla, se convierten en dos niñas descontroladas que se han comido su peso corporal en azúcar.

Me alivia ver a Mike de pie en la entrada cuando llegamos.

Al menos hoy podré mantener una conversación con un adulto.

Esa esperanza desaparece con la primera frase que Mike le dirige a mi abuela:

—Tienes los pezones muy firmes, Bernie.

—Me los he pasado todo el camino apretando para que se pusieran bien rosas.

Miro fijamente a Yaya, sin acabar de creer lo que estoy oyendo.

—Yaya —digo con severidad, pero se limita a hacer un gesto para quitarme importancia, se dirige directamente hacia Mike y enlaza un brazo con el suyo.

Su cuerpo de seis pies y tres pulgadas junto a la baja estatura de ella los convierte en una pareja extraña, pero feliz.

Kristi me rodea la cintura con los brazos y me atrae hacia ella.

—Mudarnos aquí supondría un gran cambio. ¿Estás segura de que estás preparada?

Eso es lo que hace Kristi: me entiende de una forma que nadie más ha conseguido jamás.

En lugar de molestarse por mi ligero mal humor, sabe de dónde procede y se limita a señalarlo.

Estaba un poco nerviosa por la mudanza. Tanto el apartamento como la casa familiar de Kristi se vendieron durante la primera semana en el mercado y, como nos dijeron nuestros respectivos agentes, se debió principalmente a la escasez de buenas viviendas disponibles, que estaba inflando los precios.

Como no habíamos hecho ninguna mejora en el apartamento, eso parecía acertado, pero Kristi atribuyó el elevadísimo precio que consiguió a la excepcional calidad de la instalación de la cocina.

—Estoy preparada, siempre que me cojas de la mano. —Me estiro para depositar un beso suave sobre sus labios—. Te eché de menos anoche.

—Mmm, yo también te eché de menos, pero esa ha sido la última vez. —Me guiña un ojo, se vuelve hacia la casa y tira de mí para que la siga—. Pero te compensaré más tarde. Te lo digo en serio, cuando veas lo que me regalaron...

—Estoy en esos días. —Mi expresión abatida resume cómo me siento, pero Kristi no está dispuesta a dejar que me deprima.

—¿Y crees que eso va a detenerme?

Entre risas, me aparta del sol bajo de la tarde y también de mi estado de ánimo digno de Ígor.

Mike y Yaya ya están en el jardín trasero para cuando los alcanzamos.

Digo jardín, pero difícilmente puede llamarse así a un acre y medio de terreno con varias construcciones anexas.

Habíamos visto la casa dos veces, pero esta es la primera vez que la visita Yaya.

Mike la guía por el interior, le enseña el gran salón con la cocina de planta abierta y después sube las escaleras para mostrarle los dormitorios.

Aunque no necesitábamos su aprobación para comprarla y, para ser justas, ya habíamos acordado un precio con la tía de Mike, resulta reconfortante saber que tenemos su bendición.

—Aquí, una piscina, sí. —Yaya señala una zona llana de tierra del jardín donde la hierba parece tener dificultades para crecer.

Aunque me alegra que comparta nuestra visión, no estoy segura de que gastar dinero en una piscina sea la decisión adecuada cuando, con suerte, solo la utilizaríamos tres meses al año—. A sus hijos les encantará.

Atónita, miro primero el trasero de Yaya contoneándose mientras abre camino por el sendero de losas y después a Kristi.

Todavía no ha habido ninguna pedida, a pesar de mis indirectas no demasiado sutiles del tipo «¿Cuándo vas a pedírmelo?

» . Puede que parezca muy anticuada, pero esperaba que eso sucediera antes de que empezáramos a abordar los detalles prácticos de tener hijos.

—Estoy de acuerdo con Yaya. Ella siempre sabe qué es lo mejor. —Kristi me rodea los hombros con un brazo, se inclina y me da un beso rápido en la mejilla.

Estoy convencida de que todos los demás saben algo que yo no.