Capítulo 37KRISTI
KRISTI
Muy bien... ¿Qué falta?
No puedo evitar sentir que he olvidado algo, pero, mientras miro alrededor de la cocina de Fenna, me cuesta determinar qué podría ser.
Quizá solo me esté preocupando por nada e imaginando problemas donde no los hay, pero una sensación persistente me dice que estoy dejando algo fuera o que he pasado por alto algo importante.
Solo quiero que esta noche sea perfecta.
Pongo la mesa con una vela sin encender ocupando el centro y un sobre encima de su silla.
La comida está prácticamente lista y lo único que tengo que hacer es añadir unos últimos detalles a los platos antes de servirla.
Quizá sea eso lo que me preocupa. He seguido las recetas de Yaya al pie de la letra, pero ella cocina más por instinto que siguiendo estrictamente ingredientes o métodos.
He tenido que calcular cuánto pesa realmente «un puñado de esto» o «una pizca de aquello», aunque al final me he limitado a intentar averiguar las proporciones entre unos ingredientes y otros.
Existe una gran posibilidad de que haya metido la pata con algo.
Espero que todo esté bien. Lo último que quiero es sustituir sus recuerdos favoritos de la infancia por alguna especie de trastorno de estrés postraumático provocado por la comida.
Yaya me mataría, pero, si lo he hecho bien, seré la heroína del momento.
Los nacatamales en miniatura resultaron complicados, pero Yaya me advirtió que los hiciera pequeños y, cuando vi los ingredientes, me alegré de haberle hecho caso.
En su tamaño normal habría alimentado a una familia de cuatro personas solo con los hidratos de carbono.
Después serviré un estofado de ternera acompañado de arroz.
Pensaba omitir los plátanos, pero la mirada que me dedicó Yaya me indicó que eso sería un sacrilegio, así que también hay una pequeña cantidad.
Yaya me llevó de la mano por su tienda de alimentación favorita, señalándome todo lo que necesitaba y echando en la cesta cosas que ni siquiera estoy segura de que formen parte de las recetas, aunque sin duda tendrá algún plan para utilizarlas la próxima vez. Yaya siempre tiene un plan.
Anoche, después de reunirme con Ali y regresar casi dando saltitos con mi caja rosa de dulces, me llevé una decepción enorme al descubrir que Fenna ya se había quedado dormida.
No tuve valor para despertarla, así que me limité a pegar una nota adhesiva sobre la caja que contenía su Voodoo Doll: «Un pequeño detalle para ayudarte a seguir adelante. Con cariño, K x».
Oigo algo en el pasillo, el tintineo de unas llaves y después el clic de una cerradura al girar.
La puerta se abre y escucho el suspiro agotado que se ha vuelto tan familiar durante los últimos meses.
Es un cansancio que asciende desde las plantas de sus pies y sale al exterior, como si, ahora que está en casa, pudiera desprenderse del peso emocional del día .
—¡Ya estoy en casa! —Se produce una breve pausa—. Algo huele muy bien. ¿Has pedido comida?
Camino con despreocupación hasta el recibidor y me apoyo en el marco de la puerta, aparentando una tranquilidad que no siento.
—No. —¿Por qué tengo las manos tan sudorosas? Me las seco en la parte delantera del delantal, pero no parece servir de mucho—. He hecho algo mejor. —Retrocedo y levanto los brazos para indicarle que pase a la cocina.
—¿Has hecho algo mejor? —Fenna se detiene de golpe al entrar en la cocina. Se vuelve y observa mi delantal manchado—. ¿Has cocinado?
—Yo... Bueno, lo he intentado —reconozco con vacilación—. Yaya me dio algunas recetas. Pensé que, como yo tenía el día libre y tú ibas a estar trabajando todo el día... quizá sería una bonita sorpresa.
—¿Has cocinado las recetas de Yaya? —Entra completamente en la cocina. Hace tantas preguntas que no sé si la idea la ha emocionado o si está horrorizada ante la perspectiva. Mientras se acerca a los fogones, el pánico me asciende por la garganta. Quizá haya sido una idea terrible.
—Sí, bueno, has tenido una semana difícil, así que pensé que esto podría ayudar. —La observo levantar la tapa de la olla e inhalar con cautela—. ¿Está bien?
—Huele de maravilla, pero... —Hace una pausa y vuelve a olfatear—. ¿Huelo coco?
—Está en el horno. He preparado, eh, nacatamales, sopa de mondongo y el pan de coco que Yaya dijo que te encantaba. —No puedo evitar hacer una mueca ante mi pronunciación. Todo sonaba precioso cuando Yaya decía los nombres, pero, al salir de mi boca, resultan un poco torpes.
Fenna se agacha y mira dentro del horno para examinar el pan. Cuando abre la puerta, una oleada de coco dulce me alcanza y la boca se me hace agua por instinto. Es casi con toda seguridad la parte de la comida que más ganas tengo de probar.
—Vaya. —Gira para mirarme sin levantarse del suelo de la cocina—. ¿Has hecho todo esto por mí? ¿Qué celebramos?
—Bueno, esa es la cuestión. —Los nervios me cierran la garganta y me detengo un instante para tragar con dificultad.
Es la primera vez que mantengo una conversación como esta con alguien que me importa de verdad, con alguien a quien amo, y no sé muy bien cómo empezarla.
He vivido muchas primeras veces con Fenna y todas me han hecho sentir así, con una combinación desagradable de nervios y emoción.
Es como si estuviera embarcándome en una aventura maravillosa cuando, en realidad, solo estoy haciendo cosas que los demás considerarían normales.
Tengo que decir algo. Me mira expectante con esos enormes ojos oscuros que parecen contener tanta calidez y luz. Está esperando, pero, cuando abro la boca, no sale nada más.
—¿Kristi?
—Encima de tu silla. —Las palabras salen en una ráfaga breve y brusca—. Hay un sobre encima de tu silla.
Fenna me dirige una mirada curiosa, pero se acerca a la silla y recoge el sobre. No hay nada escrito en él que revele su contenido. Me observa con suspicacia, lo abre, saca la carta y la despliega lentamente. La silla raspa el suelo cuando la aparta y se sienta para leer. No dice nada.
Me tiemblan las manos mientras desato el delantal de mi cintura y lo dejo caer sobre la encimera.
Me siento frente a ella mientras continúa mirando la carta y trago con dificultad.
Para mí, esto es enorme. Lo que está leyendo ahora mismo es solo el principio.
Tengo muchísimas cosas de las que hablar con ella, pero todo empieza aquí.
—¿Vas a dimitir? —Se le curva una comisura de los labios y el corazón me late deprisa, esperando que sea el comienzo de una sonrisa. Contengo la respiración y después, soltando una larga exhalación, intento explicarme.
—No quería hacerlo sin hablar primero contigo.
—Los nervios me estrangulan, se me atascan en la garganta y dificultan que hable.
Trago con fuerza y me obligo a continuar—.
Nunca había hecho planes para el futuro.
No de verdad. Desde que perdí a mi abuela, me he limitado a dejarme llevar.
Nunca vi el sentido de hacer planes concretos con años de antelación porque no sabía cuánto tiempo me quedaría para...
Ya sabes. Pero ahora sé que tengo tiempo y eso es gracias a ti, así que he pensado en todo lo que me dijiste y tengo algunos planes de los que me gustaría hablar contigo.
—Hago una pausa, intentando no parecer demasiado presuntuosa—. Si tú quieres.
—Claro que quiero. Y resulta que yo también tengo algunas cosas de las que quiero hablar contigo.
Parpadeo, un poco desconcertada. ¿De qué quiere hablar?
Se me ocurre una idea horrible. ¿Y si no está contenta con lo nuestro?
Aquí estoy, haciendo todos estos planes y pensando en el futuro, pero ella no cree que ese futuro sea uno que quiera compartir conmigo.
Oigo cómo el pánico me ruge en los oídos y me aferro al borde de la mesa.
Solo necesito algo sólido a lo que agarrarme.
—¿Kristi? —Fenna me está frotando la espalda. Habla, pero no oigo lo que dice. Aparta mi silla y me sostiene con firmeza con una mano mientras utiliza la otra para empujar suavemente mi cabeza entre las rodillas.
—Respira —murmura—. Tómate tu tiempo y respira conmigo. Inspira por la nariz y... —Hace una pausa durante unos segundos—. Y expulsa el aire por la boca. —Repite lo mismo, no sé cuántas veces, pero durante el tiempo suficiente para que los dedos dejen de hormiguearme.
—Mierda. Lo siento. No sé qué acaba de pasar.
—Creo que quizá hayas sufrido un ataque de pánico leve .
Intento incorporarme.
—Tranquila, campeona. Tómate tu tiempo.
Hago lo que me dice porque todo parece un poco desincronizado y tengo la cabeza completamente ida. Pero necesito preguntárselo.
—Fenna, ¿estás a punto de romper conmigo?
—¿Qué? ¡No, claro que no! ¿Por qué ibas a pensar...?
—Has dicho que querías hablar conmigo de algunas cosas. —Pareceré necesitada y patética, pero a la mierda el orgullo. Solo necesito saber si eso es lo que está a punto de hacer y no estoy por encima de suplicar.
—Sí, pero... —Vacila.
—¿Pero qué? Dime qué es, por favor.
Busca su bandolera, saca varios papeles y los extiende delante de mí. Casas. Ha impreso anuncios inmobiliarios de varias casas.
—Parece una tontería que mantengamos un apartamento y una casa cuando solo podemos vivir en uno de los dos sitios a la vez.
Pensaba hablar contigo sobre la posibilidad de que nos mudáramos juntas oficialmente.
Ya sé que quizá no quieras abandonar tu casa por los recuerdos y todo eso, pero creí que podíamos hablar de qué hacer a continuación.
Levanto el documento situado en la parte superior de la pila. Es una casa de cuatro dormitorios en Erie, al norte de Denver. Veo las palabras, pero no asimilo ningún detalle de la vivienda. Estoy demasiado mareada por el alivio.
—¿Quieres que vivamos juntas?