Capítulo 35FENNA
FENNA
—Ven conmigo. Puedo conseguirnos un vuelo para mañana.
Tú misma dijiste que los próximos tres días son principalmente de trabajo administrativo.
Podrías hacerlo por las noches y venir conmigo al refugio durante el día.
Podrás conocer a Bribón —había dicho Kristi con entusiasmo—.
Y a Diego y a Luz. Además, los cachorros habrán crecido desde la última vez que estuve allí.
Te encantará, Fenna. De verdad. —Cogió mis manos entre las suyas—.
Quiero compartirlo contigo. Igual que cuando trabajamos con los niños en Santiago.
—La emoción de Kristi no había disminuido en todo el día. Era contagiosa.
Incluso Yaya y mis padres se habían aliado contra mí.
—El papeleo puede esperar, mi tesoro. Siempre hay tiempo para el papeleo, pero para vivir hay mucho menos. —Yaya me agarró las mejillas y me las pellizcó con fuerza—. Siempre fuiste un bebé adorable. —Se rio, igual que mi madre y mi padre.
Todo se había convertido en una celebración improvisada, con mi madre asando muy oportunamente a fuego lento un solomillo de cerdo con la famosa salsa secreta de papá, como si lo hiciera todas las noches de la semana, pero yo no me quejé.
Todos estábamos muy felices. Sin embargo, con los platos vacíos, los estómagos llenos y el Macuá corriendo, acepté hacer un viaje espontáneo a Costa Rica con Kristi.
No me arrepiento de haber venido, aunque quizá sí de haber bebido tantos cócteles de ron durante la celebración.
Dejo caer unas pastillas de Advil sobre la palma de la mano y me las trago con un buen sorbo de agua mientras el conductor de Uber toma las curvas prácticamente sobre dos ruedas.
El estómago me da una pequeña voltereta desagradable que hace que el ácido ascienda y me queme la garganta mientras me seco el agua que me ha goteado por la barbilla.
—Está justo después de esta curva. —Kristi me agarra del brazo, emocionada, y se desplaza hasta el borde del asiento.
Mantiene la mirada fija al otro lado del parabrisas y, cuando atravesamos a toda velocidad otra curva, estoy bastante convencida de que el conductor se considera uno de los favoritos para ganar el Rally de Montecarlo—.
¡Ahí! —grita, enviando punzadas de dolor por mi aturdido cerebro.
Sigo su mirada hacia las enormes puertas de madera que tenemos delante, ambas cerradas.
Colin McRae pisa a fondo los frenos de su Toyota Prius y hace que la parte trasera, y nosotras con ella, se detenga bruscamente de lado.
Cuando abro la puerta apenas consigo ver nada debido a la nube de polvo que ha levantado y enseguida la golpeo contra la madera de la entrada.
Hago una ligera mueca y paso la mano por el metal magullado, pero, para mi alivio, no parece haber sufrido ningún daño permanente.
Yo estoy más traumatizada que la puerta del coche.
Kristi es una mancha mientras corre para abrir la entrada, en parte por la gravilla que me escuece en los ojos, pero también por su entusiasmo ante la idea de presentarme a todo el mundo.
Sería contagioso si no tuviera tantas náuseas.
Empuja la pesada madera con todo su peso y abre la puerta, dejando ver un camino de tierra corto, pero empinado.
Doy otro trago de la botella de agua, cierro bien el tapón y suspiro antes de seguirla mientras prácticamente corre hacia el enorme cobertizo.
Sé que parece que me están arrastrando hasta aquí, pero no es así. Quiero conocer el refugio porque sé que, para Kristi, esto es como volver a casa y deseo compartir su emoción. Lo único desafortunado es que lo hago con resaca.
Para cuando me presentan adecuadamente a Diego, Luz y su padre, Víctor, el mareo se me ha calmado un poco.
Son buenas personas y enseguida comprendo por qué Kristi los quiere como a una familia, pero es el recibimiento que obtiene al entrar en el patio lo que me demuestra por qué este lugar le parece su hogar.
Aparecen perros desde todas las direcciones y mueven las colas con tanta felicidad que parece que sus caderas estén bailando una lambada.
Me pregunto si será porque creen que están a punto de darles de comer, pero Diego nos ha contado que acababa de terminar de servirles el desayuno cuando llegamos, así que sé que no es eso.
Están sinceramente encantados de ver a Kristi.
Mi sonrisa se convierte en una carcajada cuando la observo agacharse para saludar a sus admiradores y acaba literalmente derribada cuando toda la manada trepa sobre ella en busca de un beso.
Conozco demasiado bien esa desesperación.
En algún lugar bajo aquella masa de pelo que no para de moverse está Kristi, chillando de alegría y divirtiéndose más de lo que yo creía posible.
Pero hay uno que se retuerce con especial entusiasmo y atrae mi atención, no solo porque el color del perro coincide casi a la perfección con el rojo brillante del pelo de Kristi, sino por la forma en que aparta a todos los demás.
Es evidente que considera que el lugar que le corresponde está justo en el centro y en primera fila.
Sea quien sea este adorable animal, está claro que adora a Kristi tanto como yo.
—¿Estás bien ahí debajo? —pregunto entre risas, sin estar segura de que pueda oírme por encima del alboroto.
—Espera. —La cabeza de Kristi aparece con una sonrisa adorable tan amplia que se extiende de oreja a oreja.
¡Ay, mi corazón!
—¡Eh! —grita—. Yo también me alegro de veros.
La observo sacudir algunas orejas y aceptar más lametones de bienvenida.
—Sobre todo a ti, Bribón.
Así que este es Bribón. Ya me lo imaginaba por la forma en que cruzó el patio a toda velocidad para recibirla, pero es todavía más adorable de lo que esperaba.
Me recuerda a Alma, el perro de Yaya. Tenía el mismo aspecto de spaniel, pero no era rojo, sino de un centenar de tonos dorados.
Alma iba a todas partes con Yaya. La seguía por toda la casa y, si salía aunque solo fuera para comprar comida, la acompañaba y ocupaba el asiento contiguo.
Cuando Tata enfermó y Yaya lo llevaba y traía del hospital para recibir tratamiento, Alma también iba, y Tata se sentaba en el asiento trasero.
Decía que no le importaba, que se alegraba de que alguien cuidara de Yaya mientras ella cuidaba de él.
—Ven a saludar —dice Kristi, indicándome que me agache a su lado—. Chicos, esta es Fenna. Fenna es muy buena y un poco especial, así que quiero que le deis tanto cariño como a mí.
Bribón, como si hubiera comprendido todas las palabras que acaba de pronunciar, me empuja la rodilla con el hocico y después desliza la cabeza bajo mi mano.
No puedo evitar emitir un sonido enternecido al sentir la suavidad de su pelaje.
Justo cuando pienso que es un alma muy dulce, la emoción provocada por mi atención le hace creer que vamos a llevar esto al siguiente nivel y se incorpora para apoyar las patas sobre mi pierna.
No comprendo que esa era su intención desde el principio hasta que un enorme lametón me moja la mejilla y empiezo a reírme, lo que solo consigue animarlo todavía más, junto con todos los demás.
Antes de saber qué está ocurriendo, soy yo quien ha quedado debajo de aquel montón de diversión y apenas puedo respirar de tanto reírme.
—¡Kristi, quizá tengas que rescatarme! —consigo decir entre jadeos, obligando a las palabras a salir entre ataques de risa. Hay hocicos húmedos, lenguas, pelaje cálido y patas por todas partes en aquel festival multitudinario de cosquillas.
—¡Muy bien! —Kristi da una palmada y un chasquido seco atraviesa el aire.
De inmediato consigue la atención de todos, incluida la mía—.
Vamos a dar un paseo por las colinas. Normalmente saldríamos a correr, pero ¿qué tal tienes la cabeza?
—pregunta mientras le agarro la mano y permito que tire de mí para ayudarme a ponerme en pie.
Mientras me sacudo el polvo de los vaqueros, me doy cuenta de que me había olvidado de la resaca.
—Estoy bien, pero no estoy segura de tener suficiente energía para correr —reconozco con una mueca.
—Entonces caminaremos. —Me rodea la cintura con un brazo y susurra—: ¿No es increíble?
Asiento porque tiene razón. De verdad lo es. Aquí hay muchísima vida.
Miro por encima del hombro y veo a Diego sacando una manguera larga, preparado para limpiar el espacio que nuestro séquito y nosotras estamos dejando atrás.
—Los llevaré por la colina hasta el río y después daremos la vuelta. ¿Seguro que no quieres acompañarnos? —pregunta Kristi a Diego, pero él niega con la cabeza.
—Vayan ustedes Así podré terminar aquí. Luz quiere saber si os apetece ir a bailar salsa esta noche. —Tira de toda la longitud de la manguera para desenrollarla.
—¿Te apetece? —me pregunta Kristi y la curva esperanzada de sus cejas demuestra que quiere que diga que sí.
Para mi propia sorpresa, eso es exactamente lo que hago.
Hace una hora me estaba muriendo y, aunque todavía estoy delicada, la energía que me rodea es contagiosa.
Sé, aunque no tengo muy claro cómo, que caminar con los perros será exactamente lo que necesito para prepararme para otra noche de fiesta.
Kristi da un silbido breve y la manada nos arrastra con ella.
Agradezco que me dijera que trajera las botas de montaña porque, de lo contrario, habría traído zapatillas y sin duda estaría bajando la colina sentada sobre el culo.
Aunque no debería confiarme demasiado, todavía hay tiempo.
Bribón se adelanta corriendo para explorar el terreno frente a nosotras y, después de confirmar que no hay peligro, regresa junto a Kristi, corre en círculos a su alrededor y avanza a su lado durante unos pasos antes de repetirlo todo de nuevo.
—Creo que Bribón es tu mayor admirador —digo entre jadeos mientras alargo el paso para mantener el ritmo.
Menos mal que no acepté correr. No es que esté en mala forma, me digo mientras avanzo medio trotando por la ladera, con una pierna flexionada y la otra estirada para mantener el equilibrio, sino que tengo cierta desventaja vertical.
Puede que Kristi sea doce años mayor que yo, pero, Dios mío, corre mucho más que yo.
—No se lo digas a los demás, pero quizá él también sea mi favorito —dice en tono conspirador tras una mano.
Le brillan los ojos y la luz del sol baila sobre aquellas pozas azules y resplandecientes.
Esta es mi Kristi, la mujer que consigue que el corazón se me acelere, se me pare o dé una voltereta.
Nos paramos en la cima de la primera colina y contemplamos el valle. Es precioso .
—Vamos hacia allí abajo. En esta época del año, el río fluye más despacio y tiene menos profundidad junto a la curva. ¿Qué te parecería bañarnos desnudas? —pregunta con una sonrisa.
Abro la boca, sin saber qué responder. ¿Está bromeando o de verdad propone que nos quedemos completamente desnudas junto a sesenta perros en plena campiña costarricense?
—Yo... eh...
—Estoy tomándote el pelo. Puedes dejarte las bragas puestas... si insistes. —Me guiña un ojo—. Bien, voy a conseguir que toda esta pandilla queme algo de energía. Vamos. ¡La última que llegue abajo tendrá que desnudarse primero!
Apenas consigo asimilar lo que ocurre cuando echa a correr convertida en un torbellino de botas de montaña, pantalones cortos cargo y camiseta de tirantes. Sus compañeros de carrera ladran y aúllan mientras todos se precipitan colina abajo.
—Mierda. —Miro la gravilla suelta y hago una mueca antes de lanzarme por el sendero detrás de Kristi.
Aunque no estoy sola. Algunos de los perros más viejos saltan y se deslizan a mi lado mientras todos avanzamos entre ladridos y chillidos hasta llegar abajo, donde Kristi frena mi carrera atrapándome entre sus brazos.
—¿A que ha sido divertidísimo? —Me aprieta un poco más entre los brazos, me levanta del suelo y nos hace girar en círculos.
Abro mucho los ojos, esperando que el contenido de mi estómago vuelva a aparecer, pero, curiosamente, no sucede.
De hecho, siento la cabeza... feliz. Joder.
Este lugar, estos perros y quizá también Kristi, pienso entre risas, son el antídoto perfecto para encontrarme hecha polvo.
Entonces se me ocurre algo, algo en lo que necesito pensar.