Capítulo 34FENNA
FENNA
Acerco mi silla todo lo posible a la suya, le cojo la mano y se la aprieto.
He sido egoísta y necia. Sería fácil atribuírselo a la pérdida de Flora, a estar perdida entre una nube de dolor, pero no ha sido eso.
Simplemente estaba asustada. Suena muy sencillo e igual de estúpido, pero ese miedo hizo que le fallara y, si hoy la clínica hubiera funcionado con puntualidad, le habría fallado de una forma imperdonable.
«Kristi no es Kelly». Las palabras tajantes de Yaya no han dejado de repetirse en mi cabeza y, al saber que Kristi estaba aquí, a punto de...
Niego con la cabeza, todavía atónita ante mi egocentrismo.
En un momento de claridad, me puse en su lugar.
Pensé en lo que supondría estar aquí sola, a punto de recibir unos resultados capaces de cambiarme la vida, y el corazón encajó de repente en su sitio y se impuso al miedo.
Bajo la mirada hacia nuestras manos unidas, con los dedos entrelazados con tanta fuerza que están casi blancos.
Entonces veo mi pulsera de plata con colgantes alrededor de su muñeca y utilizo la mano libre para frotar rápidamente el corazón.
No soy supersticiosa, pero ahora mismo aceptaré cualquier cosa que quiera ofrecerme el universo.
Si no conociera a Kristi, resultaría fácil pensar que está tranquila, que tiene las ideas ordenadas, que es una mujer capaz de afrontar todo esto sin inmutarse.
Pero sí la conozco, más de lo que me he permitido reconocer, y veo el ligero descenso de sus cejas, la tensión alrededor de los labios, los lugares donde vive la tensión.
Las señales de las lágrimas anteriores ya se han desvanecido y, a diferencia de mí, con los ojos hinchados y rojos y mi llanto horrible, nadie sabría que ha estado alterada.
Le acaricio suavemente el dorso de la mano con el pulgar y nuestras miradas se encuentran durante el más breve de los instantes.
Dentro de esos ojos azules está la niña de doce años que perdió a su madre, la joven de veintiuno que perdió a su abuela, la persona que se ha aislado durante demasiado tiempo.
La mujer que me abrió su corazón. La mujer a la que amo.
—Le pido disculpas por la espera, Kristi.
Hoy ha sido un día caótico, pero ya tengo sus resultados.
Como comentamos, había varios posibles desenlaces: positivo, negativo o VUS, «variantes de significado incierto», en cuyo caso no podríamos ofrecerle una conclusión definitiva.
—Hace una pausa y el corazón se me desploma.
Un resultado VUS sería un trago muy amargo después de que le haya costado tanto reunir el valor necesario para llegar hasta aquí.
No puede ser eso lo que está a punto de decirle, ¿verdad?
Abro la boca para añadir algo, quizá alguna frase tranquilizadora sobre lo que todavía podría hacerse, pero veo un pequeño movimiento en la comisura de sus labios.
¿Está a punto de sonreír? Lo miro primero a él y después a Kristi, cuyo labio tiembla de forma casi imperceptible.
Está a punto de perder la serenidad que tanto le ha costado mantener .
—Pero me alegra decir que hoy no tenemos ese problema. El resultado es concluyente.
Kristi deja escapar un pequeño jadeo y sus ojos se abren cada vez más. Aprieto con más fuerza nuestros dedos entrelazados, sabiendo que cree que está a punto de oírlo pronunciar las palabras que no quiere escuchar.
—El resultado es negativo para cualquier mutación genética, lo que significa que no tiene el...
—Gen brCA. No tengo el gen brCA —dice Kristi, terminando la frase.
Su expresión refleja incredulidad, como si apenas pudiera creer lo que está ocurriendo—.
Fenna, estoy bien —dice, volviéndose hacia mí con un temblor sacudiéndole la voz.
Está abrumada. Le suelto la mano y me levanto de la silla para estrecharla con toda la fuerza que puedo.
No sé si se debe a la tensión de las últimas dos semanas y a mi estupidez, pero el alivio me inunda el cuerpo y trae consigo un sollozo.
—Vamos a estar bien —me susurra al oído.
Incluso ahora, en plena euforia, está pensando en mí, en nosotras, sin vacilar ni una sola vez en su amor, a diferencia de mí. No la merezco, no después de cómo me he comportado últimamente, pero haré lo que sea necesario para compensárselo.
—Sé que son buenas noticias, pero, como les explico a todas las personas que se encuentran en esta situación, aunque significa que su riesgo futuro de padecer cáncer, y el de cualquier hijo que tenga, no es mayor que el del resto de la población, debe continuar cuidándose.
Lleve una alimentación saludable, asegúrese de hacer suficiente ejercicio físico, no fume, limite el consumo de alcohol...
y debería saber que tener un bebé reduce las probabilidades de que una mujer padezca cáncer de ovario.
—El doctor Bernstein le dirige a Kristi un asentimiento solemne y levanta una ceja—.
Por si fuera algo que ustedes dos estuvieran considerando .
—Ay, no sé si... —tartamudeo. Al fin y al cabo, Kristi no pareció dispuesta a hablar del tema cuando lo planteé anteriormente.
—Podemos hablarlo, ¿verdad? —me pregunta Kristi con entusiasmo—. Si tú quieres.
—Sí. —Asiento, sin acabar de creer que todo esto esté ocurriendo. Hace unos días dudaba de lo que teníamos y, de repente, estamos hablando de un futuro, de uno con hijos. Resulta surrealista, pero al mismo tiempo me emociona—. Podemos hablarlo.
Le damos las gracias, pero nos asegura que no son necesarias, aparte de pagar la factura a tiempo, lo que nos hace reír.
Yaya es lo primero que vemos al salir de la consulta, sentada en el borde de la silla y aferrada al bolso.
Sus ojos formulan la pregunta mientras pasan de Kristi a mí y después vuelven a Kristi.
Las dos le dedicamos una sonrisa enorme y se levanta de un salto (todo lo alto que puede saltar una octogenaria nicaragüense de cuatro pies y diez pulgadas) para rodearnos a ambas con los brazos.
Veo a la recepcionista reprimiendo una risita y pienso en lo extraño que debe de resultar el trío que formamos, cada una un escalón más baja que la anterior, pero, cuando nos abrazamos, parecemos encajar a la perfección, como una familia.