Rescatando Corazones (Sanando Corazones 1) Capítulo 33KRISTI
79%

Capítulo 33KRISTI

KRISTI

—Me cago en todo. —Mi exasperación resuena por la casa vacía, aunque no con tanta fuerza como el estrépito que llena la habitación cuando el último armario que intentaba encajar se me escapa de las manos y se rompe al golpear el viejo suelo de baldosas.

Quizá decir que se ha roto sea exagerar, pero el acabado de alto brillo parece ahora el esmalte craquelado que conseguí crear sin querer en la clase de cerámica del instituto.

Estoy cansada y distraída, y esa nunca es una buena combinación cuando haces algo que requiere atención al detalle.

Por eso ahora estoy contemplando un revestimiento brillante agrietado, una estructura de armario torcida y varias astillas de madera arrancadas por los tornillos que se han soltado.

Empujo el armario contra la pared con fastidio justo cuando la alarma del teléfono vibra en mi bolsillo.

Mierda, no puede ser ya esa hora. Saco el teléfono del bolsillo y pulso el botón lateral para comprobarlo.

Sí, es esa hora. Esta tarde he quedado con Yaya para arreglar la cerradura de la puerta que no para de atascarse, aunque sospecho que la lista de tareas aumentará cuando vea que he llevado la caja de herramientas.

Pero, si no consigo terminarlo todo antes de las tres, tendré que regresar más tarde porque tengo cita con el doctor Bernstein a las cuatro.

Al menos, Yaya vive de camino a su consulta.

Para cuando reúno todas las cosas, las cargo en el Honda y conduzco hasta Milwaukee Avenue, ya es mediodía y, aunque no puedo estar completamente segura, estoy bastante convencida de que Yaya se queda junto a la ventana observando y esperando mi llegada porque, igual que la última vez, abre la puerta de golpe justo cuando pongo el freno de mano.

Casi dejo caer la caja de herramientas debido a la fuerza de su abrazo, que sigue resultando un poco sorprendente, pero también acogedor.

Yaya no se contiene. Si le gustas, resulta evidente, y agradezco que parezca haberme cogido cariño porque el sentimiento es mutuo.

Ahora mismo recibo más calidez de Yaya que de su nieta, pero sé que está ocupada.

Supongo que es la desventaja de salir con una cirujana.

Me resulta un poco extraño pensar que estoy saliendo con alguien, pero, una vez que asimilas todo el asunto, es bastante agradable.

Aunque me gustaría que pronto tuviéramos alguna cita de verdad.

No la he visto desde que le di la llave y ahora ni siquiera estará conmigo esta tarde cuando reciba los resultados de la prueba del gen brCA.

No me importa reconocer que me afectó cuando me envió un mensaje para contarme que habían programado una operación de urgencia para un niño de la UCI a la misma hora que mi cita.

No me había dado cuenta de cuánto dependía de su apoyo y de que me sostuviera la mano para superar esto.

Pero el niño la necesita más que yo y tampoco es que ahora mismo me encuentre en una situación de vida o muerte. Al menos todavía no.

Incluso llegué a preguntarme si tener una novia con una genética chunga resultaba demasiado abrumador y por eso se había echado atrás. Al fin y al cabo, lo sería para la mayoría de la gente, pero Fenna no es como la mayoría.

Me arrastra de la mano hacia el interior de la casa y me conduce directamente hasta la mesa de la cocina, donde nos esperan una cafetera humeante y un plato con...

una especie de dulce de coco. Son cajetas de coco, me explica Yaya con una sonrisa enorme mientras se frota las manos.

Coloca un par en mi plato y sirve el café, informándome de que no necesito añadir azúcar porque ya lo ha hecho ella.

Si está tan dulce como el café que tomó la última vez que estuve aquí, el doctor Bernstein tendrá que despegarme del techo sin importar lo que vaya a contarme.

El café está dulce, pero la cajeta de coco lo está todavía más, y hago una mueca y cierro los ojos con fuerza cuando la descarga de azúcar me golpea los dientes.

Eran las favoritas de Tata, me cuenta con una expresión nostálgica en los ojos.

Una mezcla de coco y yuca. Resulta evidente cuánto lo echa de menos y no es de extrañar, teniendo en cuenta que estuvieron juntos casi sesenta años.

Si Fenna y yo permaneciéramos juntas durante sesenta años, yo tendría más de un siglo.

Qué lujo sería disponer de tantos años juntas y llegar a ser tan mayor.

La ironía de ese pensamiento precisamente esta tarde me golpea y me quedo mirando la mesa, un poco abrumada. Pero no puedo permitirme que mi mente vaya por ahí o podría salir corriendo en dirección contraria, aunque no sería la primera vez durante esta semana que pienso en hacerlo.

Me aclaro la garganta.

—Debería echarle un vistazo a esa cerradura —digo con la voz ronca por haberme tragado demasiado miedo.

—No hay prisa. —Yaya levanta la cafetera y yo, por instinto, cubro la taza con una mano.

—Estoy bien, gracias. Intento reducir la cafeína —explico—. Y hoy no puedo quedarme demasiado tiempo porque tengo una cita después. —Me encojo de hombros a modo de disculpa, confundida porque me está sonriendo—. Siempre puedo volver más tarde, después de cenar. O cualquier otro día.

—Voy contigo a la cita.

—¿Perdona? —La sorpresa hace que mi respuesta suene grosera, pero no tengo ocasión de disculparme.

—Fenna me habló de tu cita. Iba a acompañarte, pero ahora tienes que ir sola.

—Su frase se eleva un poco al final y yo asiento—.

No puedes hacer esto sola y tampoco tienes por qué, porque voy a ir contigo.

—La forma en que hace el anuncio me indica que es un hecho consumado y permanezco aturdida durante al menos tres segundos mientras espero que el cerebro empiece a funcionar.

¿Es por eso por lo que me ha invitado? ¿Soy el caso benéfico del que debe ocuparse la familia?

¿Como Fenna está ocupada, Yaya puede encargarse de cuidarme?

No puedo evitar preguntarme si habrán estado hablando de mí alrededor de la mesa durante las cenas familiares.

Durante un momento horrible, me permito imaginar mi mayor temor: que la madre de Fenna pregunte si es buena idea que se involucre con alguien tan defectuosa.

Intento improvisar una respuesta que no suene mordaz.

—Estoy bien, gracias. Soy perfectamente capaz de hablar con el doctor Bernstein yo sola. —Intento tragarme el nudo de emoción atrapado en la garganta, pero no se mueve y el pecho se me oprime por el pánico. Ahora mismo no puedo hacer esto. Empujo la silla hacia atrás y dejo que raspe el suelo.

—Kristi. —Yaya alarga la mano y me agarra por la muñeca. Lo único que puedo hacer es mirar su mano—. Siéntate —dice con firmeza mientras tira de mi brazo.

Trago con dificultad y hago una mueca por el dolor, pero obedezco porque no sé qué otra cosa hacer. Hay mucho de Yaya en Fenna.

—¿Estás enfadada con Fenna por contármelo? —pregunta Yaya, y no creo saber la respuesta. ¿Lo estoy? ¿Estoy enfadada con Fenna por habérselo contado o porque no está aquí como prometió que estaría? Quiero saber por qué no ha hablado conmigo durante ocho días. Ocho días enteros.

—No estoy enfadada contigo —reconozco, sorbiendo por la nariz y aliviada por haber encontrado algunas palabras—. Probablemente te lo habría contado yo misma, pero con todo lo demás...

Asiente, comprendiéndolo sin obligarme a mencionar a Flora, lo que supone un alivio porque me haría sentir muy egoísta.

—Has sido buena para Fenna, pero tienes que pensar en ti. —Aparta la mano de mi muñeca y coloca las dos sobre la mía—. Hoy es un día importante y me gustaría cuidarte, ¿me lo permites?

—No tienes por qué...

—Quiero hacerlo —me asegura, y esta vez asiento.

No tengo fuerzas para discutir y, si soy sincera conmigo misma, si no viene conmigo existe la posibilidad de que no consiga llegar a la consulta del doctor Bernstein. Sé que es lo que debo hacer, lo sensato, pero eso no lo vuelve más fácil.

Resulta evidente que Yaya no tiene ninguna intención de permitirme sacar las herramientas ni intentar arreglar la cerradura de la puerta.

Es una mujer sabia, además de astuta, a la que mi abuela habría apreciado, pienso con una sonrisa.

El tiempo transcurre bastante deprisa entre su anuncio y el momento en que nos marchamos hacia la cita que se cierne sobre mí.

Sin embargo, necesitaré al menos una semana para quemar la enorme cantidad de calorías de aquellos dulces.

¿Quién habría imaginado que el coco y la yuca pudieran estar tan buenos ?

Para cuando llegamos a la clínica, después de encontrar por fin un sitio donde aparcar, el ardor de la indigestión me hace gesticular. Como si poseyera una especie de telepatía extraña, Yaya abre el bolso y saca un par de comprimidos masticables de Pepto.

—Toma —dice, dejándolos caer sobre mi mano.

Se supone que tienen sabor a cereza, pero tengo que masticarlos y tragarlos rápidamente para superar la textura calcárea que me llena la boca de espuma y ocupa todos los espacios entre los dientes.

Es como si Procter & Gamble hubiera decidido volver a aplicar la lechada sin mi consentimiento.

Ni siquiera sirve de nada intentar mover la saliva por la boca y entre los dientes.

Estupendo, ahora descubriré mi destino con una sonrisa rosa y un ardor furioso en el pecho. ¿Qué más podría desear una mujer?

Fenna.

Esta mujer necesita a Fenna. Levanto el culo de la silla de vinilo y saco con cuidado el teléfono del bolsillo trasero, llena de esperanza, pero, cuando se ilumina la pantalla, no hay ninguna notificación nueva.

Ningún mensaje. Sé que está ocupada, pero esto es una mierda.

Durante los últimos ocho días he estado atrapada en un ciclo: primero me enfado por lo que parece su falta de interés, después me siento culpable y egoísta porque está ocupada y de duelo, luego vuelvo a enfadarme porque no estaría pasando por esto si no hubiera sido ella quien me empujó a hacerlo, solo para que toda la espiral empiece de nuevo.

Pero la mayor parte del tiempo me castigo por ser tan necesitada.

Necesito a Fenna.

Me hormiguea la nariz. Trago saliva y pillo a Yaya dirigiéndome una mirada preocupada. Sabe que yo también quiero que Fenna esté aquí y sus ojos se disculpan porque sabe que ella no es lo que deseo de verdad o, mejor dicho, quien deseo de verdad .

El teléfono indica que son las cuatro de la tarde.

Soy la siguiente. Cuando llegamos, la recepcionista, una mujer mayor con unas gafas gruesas de montura de pasta, explicó que el doctor Bernstein llevaba cinco minutos de retraso.

Al principio sentí alivio, pero esos cinco minutos bien podrían ser cinco horas.

Agradezco que la sala de espera esté vacía porque, si no consigo contener la oleada de emoción que me asciende por el pecho, habría sido horrible ponerme a lloriquear como una idiota delante de desconocidos.

Sorbo por la nariz y me la seco con el dorso de la mano.

No voy a llorar. No voy a derrumbarme. No puedo.

Joder, el único motivo por el que hago esto es porque Fenna me hizo pensar que podría tener la suerte de disfrutar de un futuro.

Curiosamente, recuerdo la tarjeta de la terapeuta que Fenna me entregó cuando hablamos por primera vez del tema.

«Podemos ver al doctor Bernstein y después quizá pensar en un par de sesiones antes de que decidas si quieres hacerte la prueba.

Limítate a hablar con ella», había dicho para animarme.

Pero durante aquella primera consulta estaba tan convencida de que no necesitaba a nadie que fui directamente a hacerme la prueba, sin pasar por la casilla de salida ni cobrar doscientos dólares.

De verdad no creía que necesitara hablar con nadie, quizá porque pensaba que tenía a Fenna.

Un resoplido involuntario me estalla en el pecho y los ojos de Yaya se abren de par en par.

No quería asustarla. Avergonzada, toso ligeramente como si en realidad solo hubiera intentado aclararme la garganta. No creo que esté engañando a nadie.

La puerta de la consulta se abre y sale una joven rubia de veintitantos años acompañada por un hombre de edad parecida.

El pañuelo que sostiene está húmedo y retorcido, pero aun así lo utiliza para limpiarse los mocos brillantes que tiene bajo la nariz.

Él le está diciendo algo. No consigo oír qué, pero, si pretende tranquilizarla, no creo que esté funcionando.

¿Así estaré yo? ¿Me convertiré en ella? Intento no mirarla fijamente, pero no puedo evitarlo.

Quiero correr, abrirme paso entre los dos mientras se dirigen hacia la puerta y apartarlos a codazos para bajar corriendo las escaleras y salir al aire libre...

para poder respirar. Quiero sentir el frío del invierno sobre la piel y el aguijonazo de la lluvia intensa contra las mejillas.

Mis manos se aferran a los lados de la silla como si estuviera a punto de lanzarme hacia ellos, pero, justo cuando mi trasero chirría contra el vinilo, la puerta de la sala de espera se abre de golpe.

La mujer grita cuando un destello azul choca contra ella a toda velocidad.

—Pero ¿qué...? —El hombre extiende una mano sobre el vientre de la mujer rubia para protegerla. Instintivamente, lo comprendo: van a tener un bebé. Ay, Dios, los resultados no eran de ella, sino de su bebé.

—Lo siento —dice la voz de una mujer entre jadeos apresurados, y el corazón se me detiene—. Lo siento —repite la voz y entonces sé que mi mente no me está jugando una mala pasada. Es real.

Fenna está aquí. Fenna es el destello azul.

Los ojos se me llenan de lágrimas mientras intento ponerme en pie con las piernas un poco más temblorosas que apenas unos instantes antes.

Los cuerpos se abren paso unos entre otros hasta que parece que solo quedamos ella y yo en la sala.

Me quedo de pie mirándola, obligándome a estar enfadada, pero no puedo.

Me mira y después observa a Yaya con evidente sorpresa.

Fenna no sabía que estaba aquí. No soy su caso benéfico.

Me tiembla el labio y, cuando los latidos del corazón amenazan con atravesarme el pecho, noto la humedad de una lágrima solitaria resbalándome por la mejilla.

—Fenna —digo débilmente. Una mancha azul de pijama quirúrgico se precipita hacia mí y me envuelve en un abrazo cálido. Estoy a salvo.

—Creía que llegaría demasiado tarde. He venido corriendo todo el camino, pero no creía que...

Detengo su torrente de palabras con un beso y después apoyo la frente contra la suya. Me alegro mucho de que esté aquí.

—Kristi Ivers, el doctor Bernstein está listo para recibirla.