Capítulo 32YAYA
YAYA
Es mi nieta y la quiero, pero a veces, con ella y con su corazón...
tengo que rezar para pedir paciencia. El amor no consiste en tener buena o mala suerte.
La suerte no importa. Pero ser lo bastante inteligente para reconocer lo que tienes delante sí es muy importante.
Tan importante como tener los cojones de hacer algo al respecto.
Mi nieta, mi tesoro, por desgracia tiene cerebro, pero no siempre es inteligente. No cuando se trata de su corazón.
Parece que todo el mundo ve lo que ella no puede ver.
Todos nosotros, la familia entera. Su madre, su hermana y yo vemos lo mal que elige a las mujeres.
Primero se enamoraba de chicas a las que les gustaban los chicos y después llegó Kelly.
Hay muchas palabras para describir a mujeres como Kelly y ninguna de ellas puedo pronunciar delante de un sacerdote.
Dudábamos que Fenna volviera a querer estar con otra mujer o con cualquier otra persona después de aquello.
Kelly la trató muy mal, le hizo promesas que nunca cumpliría y le dijo que era la única cuando no lo era.
Quería comprar una de esas muñequitas para clavarle alfileres, pero su madre me dijo que no, así que tuve que cancelar el pedido de Etsy.
Pero entonces apareció Kristi. Desde el momento en que Fenna me contó que había conocido a alguien y que esa mujer la había ayudado a cuidar de su amiga borracha, supe que esta era diferente.
Nunca había visto que le brillaran los ojos de aquella manera.
Hasta ahora han encontrado algunos baches en el camino, como después de que cenáramos todos juntos (todavía no sé qué ocurrió), pero, cuando Flora, cuando mi bisnieta, murió, fue Kristi quien nos devolvió a Fenna.
Quien le sostuvo la mano y la escuchó. Así que sí, todos lo vimos.
Forman una pareja perfecta, cualquier tonto puede verlo. Cualquier tonto salvo Fenna.
—Creo que está avanzando demasiado deprisa, Yaya —me dice—. No creo que esté preparada.
Me reí, porque era una tontería. El amor no pregunta si estás preparada.
—El amor no es una de tus operaciones. No pide cita para encajar en tu apretada agenda —digo, pero aun así niega con la cabeza.
—¿Qué dice Kristi? —pregunto porque, la última vez que la vi, no parecía una mujer que dudara de sus sentimientos. No de los que siente por Fenna. En sus ojos solo vi amor.
—Ella, eh...
—¿Ella qué? ¿Qué dice, Fenna? —Sabe que, cuando pronuncio su nombre de esta manera, igual que hace el sacerdote en la iglesia, la respuesta es importante—. ¿Han hablado de esto?
Baja la mirada hacia el suelo y yo suelto una maldición silenciosa.
Esto, esto es lo que me frustra de mi nieta.
Se lo entrega todo a una mujer que jamás la merecerá, pero, cuando encuentra a una que sí, a una que la quiere, huye como un conejo asustado.
Niego con la cabeza y saco una de las viejas sillas de madera de debajo de la mesa de la cocina.
He pasado horas alrededor de esta mesa dando consejos, sufriendo y celebrando, sosteniendo las manos de mi familia o dejando que sostuvieran la mía cuando murió mi Tata, que en paz descanse.Ahueco el cojín naranja que protege mis viejos huesos y me dejo caer sobre la silla con un suspiro antes de indicarle a Fenna que se siente a mi lado.
Parece un poco recelosa y no la culpo, porque a veces la sinceridad duele.
—¿Cuándo hablaste con ella por última vez, Fenna? —Ahora mi tono es más suave porque quiero que hable y quizá después escuche, aunque eso podría ser pedir demasiado.
—El jueves por la noche. No podía dormir.
—La observo mordisquear el borde de una uña.
Siempre considero que, en momentos como este, es mejor no decir nada.
El silencio puede ser más poderoso que las preguntas—.
Estaba pensando en Flora. La llamé y, como estaba preocupada, me invitó a su casa, pero...
—Hace una pausa y sé que está a punto de contarme qué está provocando todo este alboroto en su cabeza—.
Me desperté sola. Ella tenía que ir a trabajar.
Sabía que tenía que hacerlo, pero vi fotografías de su madre y de su abuela, todas las cosas que ama y conserva cerca de ella...
Cosas que nunca había visto, y me pregunté cuánto la conozco en realidad.
Fenna mantiene la mirada fija en la mesa mientras sus dedos juguetean nerviosamente con algo unido a su llavero, como si fuera un rosario.
—Me dio una llave. —Levanta el objeto con el que estaba jugueteando—. Es de su casa.
Asiento y alargo la mano hacia la suya, que continúa apoyada sobre la mesa.
—¿No esperabas esto?
Niega con la cabeza .
—Creo que la quiero, pero ¿y si me equivoco? ¿Y si vuelvo a equivocarme?
—¿Cuándo te equivocaste? —pregunto, un poco confusa. Creo que sé a qué se refiere, pero fingir que no lo entiendo no ayudará a nadie.
—Con Kelly. —Su voz suena muy pequeña, casi demasiado débil para pertenecer a Fenna, y verla encerrarse así en sí misma me enfada.
—Tú no te equivocaste, mi tesoro —digo con dulzura mientras le sostengo la mano entre las mías—. Kelly era quien estaba equivocada. No era la mujer adecuada para ti. Pero Kristi es diferente.
—¿Cómo lo sabes?
Sonrío.
—A veces resulta más fácil verlo cuando les ocurre a los demás.
Veo cómo te mira. Veo cómo se comporta contigo.
Con todos nosotros. Esa chica tiene un corazón enorme, tan grande como el tuyo.
—Me mira mientras le aprieto los dedos para tranquilizarla—.
Tienes que hablar con ella. Se merece que seas sincera —le digo—. ¿Cuándo vas a verla?
En lugar de responderme, vuelve a bajar la mirada hacia la mesa.
—¿Fenna?
Suspira y se le hunden los hombros.
—Se suponía que iba a acompañarla a recoger los resultados de la prueba el viernes, pero no lo sé. —Se encoge de hombros—. Quizá no debería ser yo quien esté con ella.
—¿Qué resultados? ¿Está enferma? —Mi voz se eleva un poco, alarmada. ¿Es por eso por lo que Fenna está tan preocupada?
Entonces me lo cuenta todo. Kristi ya me había hablado de su madre y de su abuela.
Esa chica ha sufrido demasiado dolor en la vida.
Lo que yo no sabía era que iba a someterse a una prueba para averiguar si también podía tener lo mismo que ellas.
Kristi es más fuerte de lo que pensaba y mi nieta más débil.
Pero perdimos a Flora hace tan poco que no consigo enfadarme con ella. Sé que está haciendo todo lo posible.
—Kristi debe de quererte muchísimo. —Miro a Fenna, que parece desconcertada—. Para querer saber si puede ofrecerte un futuro —añado, como si la respuesta fuera evidente.
—Yo no puedo ser responsable de...
No puedo seguir escuchando esto porque me enfadaré demasiado. La interrumpo antes de que pueda añadir nada más.
—Fenna. Esto no se trata de ti —digo con brusquedad—.
Kristi no te está haciendo responsable. Es ella quien está siendo responsable.
Está siendo valiente. —El tono que empleo no es uno que haya necesitado utilizar nunca con Fenna.
Comparada con sus primos, siempre es la sensata, sensible como su padre y, desde luego, nada egoísta. Al menos hasta ahora.
El brillo de las lágrimas le llena los ojos y la culpa me oprime el pecho. No quiero que llore ni que se sienta mal, pero no puedo decirle que tiene razón. No sería justo para Kristi ni para Fenna.
—Kristi no es Kelly. No puedo prometerte que nunca vaya a hacerte daño, pero no puedes castigarla por la maldad de Kelly.
—Me inclino hacia ella, intentando mantener su mirada.
Quiero saber que escucha lo que le estoy diciendo—.
No hablar con ella es cruel. No estar a su lado cuando ella sí ha estado al tuyo...
Bueno, eso no es algo que haría mi nieta.
La primera lágrima le resbala por la mejilla y, una vez que se libera, tras ella fluye todo un río de emociones. No sé por quién llora. ¿Por Flora? ¿Por su hermana? ¿Por Kristi? ¿O por ella misma? Lo que sí sé es que ahora tengo que consolarla y después arreglar este desastre que se ha creado.