Capítulo 31KRISTI
KRISTI
Aterrizamos en Denver un poco más tarde de lo previsto y, para cuando llego al aparcamiento, una capa de nieve ha envuelto mi Honda.
Tener que retirar nieve del coche es inevitable en febrero y, aunque llevo botas y un plumífero largo, me castañetean los dientes.
La única compensación por haber regresado más tarde es que habrá menos tráfico en la autopista.
Pensar que quizá haya alguien esperándome produce una sensación extraña, pero inconfundiblemente agradable.
Nunca he tenido a nadie esperando a que volviera a casa después de un vuelo.
Ni una sola vez. Tampoco creía que fuera a tenerlo nunca, pero resulta curioso cómo la vida puede dar un giro completo en tan poco tiempo.
Supongo que enfrentarse a la muerte puede provocar eso.
Apoyar a Fenna durante la pérdida de Flora ha conseguido que me abra.
Durante los últimos diez días he pensado más en mi madre y mi abuela de lo que me había permitido hacer en años.
Haré todo lo posible por estar al lado de Fenna, aunque eso signifique tener que enfrentarme a mis propios demonios.
Todavía faltan siete días para que vuelva a sentarme en la consulta del doctor Bernstein y descubra qué me deparará probablemente el futuro, aunque sigo sin estar convencida de que pudiera llamar futuro a lo que me espera si los resultados son positivos.
Pero no puedo permitirme pensar así. Ahora no.
En lugar de eso, me dejo imaginar qué podría estar haciendo Fenna.
Imagino mi casa con las luces tenues y la calefacción a tope, y a Fenna leyendo un libro y bebiendo una copa de vino mientras me espera.
La imagen de ella con uno de sus enormes jerséis de lana, los pies recogidos bajo el cuerpo y sentada en un extremo del sofá, de mi sofá, me hace sonreír.
Más que eso, hace que sonría de oreja a oreja como una niña que acaba de hacer rodar una bola de nieve gigantesca.
Esa sonrisa de oreja a oreja se desvanece rápidamente cuando doblo la esquina y veo mi casa a oscuras.
La luz del porche está apagada y ni siquiera se filtra el más mínimo resplandor de una lámpara por los bordes de unas cortinas que ni siquiera están cerradas.
No hay nadie en casa. Sacudo la cabeza para expulsar la decepción.
En realidad, era una ilusión bastante improbable y tampoco habíamos acordado nada. Simplemente me dejé llevar.
Escribí la nota esta mañana temprano, antes de pensar realmente en lo ocupada que estaría Fenna.
Acaba de volver al trabajo y además está su familia.
Todavía la necesitan. Puede que el funeral ya haya pasado, pero eso no significa que la vida vuelva a la normalidad.
Nadie lo sabe mejor que yo. Sin embargo, por estúpido que parezca, hasta que introduzco la llave en la cerradura y entro en el salón sigo aferrándome a ese breve destello de esperanza de que quizá esté aquí.
Tal vez sentada en la oscuridad o acurrucada y dormida en mi cama.
Me tomo mi tiempo para recoger el correo del buzón, porque no quiero conocer la respuesta demasiado pronto.
Después giro la llave, empujo la puerta y mantengo una mano suspendida sobre el interruptor.
No quiero mirar porque, en cuanto lo haga, tendré que renunciar a aquello a lo que más me aferro: la esperanza.
Pulso el interruptor. Fenna no está aquí.
No hay nadie acurrucado en un extremo del sofá, ningún cuerpo cálido envuelto en un jersey de lana holgado, ninguna sonrisa tímida ni unos brazos abiertos. Recorro la casa encendiendo las luces a mi paso y lo único que me recibe es el vacío. Tampoco está dormida en mi cama.
Lo único que encuentro es su pulsera de plata con colgantes.
La que Yaya le regaló cuando obtuvo el doctorado.
La recojo, la sostengo en la mano y paso el pulgar por el colgante en forma de corazón, tal como la he visto hacer tantas veces.
Me la acerco a la nariz mientras continúo frotando la plata con el pulgar, como si fuera una lámpara mágica que pudiera utilizar para invocar a Fenna.
Su aroma permanece en el metal precioso y hace que cierre los ojos e inhale profundamente.
Para ser alguien que se ha negado siquiera a contemplar la posibilidad de enamorarse, he caído rendida ante ella, quizá demasiado, si es que eso es posible, pero ya es demasiado tarde. Voy con todo.
Abro el cierre y me coloco la pulsera alrededor de la muñeca, sonriendo al pensar que la llevo conmigo.
No parece que haya tomado café ni comido nada.
Quizá se quedó dormida y tuvo que marcharse con prisas.
Las llaves no están. Eso es bueno. Siempre existe la posibilidad de que venga más tarde y...
me sorprenda. La idea de que entre por su cuenta me levanta el ánimo y casi avanzo dando saltitos mientras regreso al dormitorio para ponerme el chándal.
Creo que puedo dedicar una hora a montar los armarios antes de dar el día por terminado.