Rescatando Corazones (Sanando Corazones 1) Capítulo 29KRISTI
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Capítulo 29KRISTI

KRISTI

No hay nada en este mundo que pueda prepararte para el golpe emocional que supone ver a un padre cargando con un ataúd diminuto.

No puedo ni empezar a imaginar la fuerza que necesitó Mondo, el cuñado de Fenna, para depositarlo sobre el catafalco y después alejarse.

Durante varios instantes, creo que ninguno de nosotros estuvo seguro de que pudiera hacerlo.

Todos permanecimos observando cómo le temblaban las piernas y cómo su padre y el sacerdote se acercaban a su lado.

Al final fue su hermano quien lo ayudó a dejar a la pequeña Flora.

No acompañé a Fenna al tanatorio el día anterior.

Yaya dijo que era bienvenida, pero me parecía mal que la primera vez que viera a Flora fuera después de su muerte.

Además, era un momento para que Fenna estuviera con su familia y ellos con ella.

Incluso estaba un poco nerviosa por asistir ayer al funeral, pero Fenna quería que permaneciera a su lado y, si eso era lo que necesitaba, allí estaría para ella.

Nunca había asistido a un funeral católico.

De hecho, durante toda mi vida, hasta ayer, solo había ido a tres funerales: los de mi abuelo, mi madre y mi abuela, y todos me dolieron una barbaridad.

El de Flora también fue igual de doloroso para su familia, probablemente más debido a su edad, pero verlos sufrir hizo que, de forma egoísta, regresara todo lo que yo había guardado en pequeñas cajas perfectamente ordenadas.

Yaya y yo nos sentamos a ambos lados de Fenna, un poco más allá de sus padres.

Mondo y Sophia, la hermana de Fenna, estaban destrozados y sus sollozos ahogaban gran parte de lo que decía el sacerdote.

Después de «Dejad que los niños se acerquen a mí... », todo se volvió un poco borroso.

Recuerdo haber llorado y haber visto cómo el padre de Mondo se derrumbaba, incapaz de terminar la lectura que había escogido.

Después me quedé hipnotizada por la fortaleza de Yaya mientras nos decía que buscáramos a Flora en los arcoíris, en lo alto del cielo.

Recuerdo haber sostenido a Fenna entre mis brazos y sentir sus lágrimas húmedas contra mi cuello. Hay mucho de Yaya en Fenna.

No sé cuánto duró, pero la luz del día ya se había debilitado cuando llegamos junto a la tumba. Parecía demasiado grande para el ataúd diminuto que contenía el cuerpo de Flora y las últimas fuerzas de todos se disolvieron sobre la hierba mojada mientras la bajaban a la tierra.

Después me quedé con Fenna en su apartamento, como he hecho todas las noches durante los últimos siete días, pero hoy Fenna ha vuelto al trabajo y yo he regresado aquí, a mi casa.

La casa que compartí con mamá y la abuela.

Curiosamente, al regresar esta vez, por mucho que no quisiera dejar a Fenna, encontré consuelo al volver con ellas y al lugar que crearon para mí en el mundo.

He pasado tanto tiempo cerrándole la puerta al dolor que olvidé todas las cosas buenas que compartimos.

La última semana, con el funeral y las pruebas, ha vuelto a sacudirlo todo, pero no de la forma que temía.

Sí, ha sido triste, pero también ha sido agradable pensar en ellas.

Mi mente regresa poco a poco al sueño, al libro, a La bella durmiente.

Sé que todavía lo conservo en alguna parte.

No lo habría tirado. Probablemente esté en las cajas del sótano.

Allí abajo hay cajas que nunca se han abierto desde que nos mudamos con la abuela.

Me prometo revisarlas pronto, pero por ahora tengo que preparar el uniforme y hacer la maleta porque mañana trabajo en el primer vuelo con destino a Los Ángeles.

Me despierta el sonido del móvil vibrando sobre la mesilla.

Lo busco a ciegas y saco una mano de debajo de las mantas para manotear hasta encontrarlo por fin, aunque no sin antes estar a punto de tirarlo al otro extremo de la habitación.

Sin comprobar quién llama, lo acerco, pulso el borroso icono verde y me lo llevo al oído.

—¿Mmm?

—Hola.

Oigo una voz familiar al otro lado de la línea. Incluso en mi estado de semiconsciencia la reconozco. La reconocería en cualquier parte.

—Fenna. —Me incorporo con ayuda de un brazo y me froto los ojos para quitarme el sueño—. ¿Estás bien?

—Te he despertado, ¿verdad? —Su voz suena muy pequeña al otro lado de la línea, como si estuviera a millones de kilómetros. Se produce una pausa y oigo el tráfico pasando de fondo—. Lo siento.

—No te disculpes. —Me recuesto contra el cabecero y reprimo un bostezo—. ¿Qué tal ha ido tu primer día de vuelta ?

—Bien. —Exhala y su aliento tiembla a través de la línea—. He vuelto hace una media hora.

Instintivamente, miro el reloj. Solo son las ocho de la tarde, pero parecen más bien las dos de la madrugada. No puedo haber dormido más de media hora.

—¿Cómo lo llevas?

Se produce un largo silencio y después Fenna expulsa un sonido hueco y carente de alegría que casi parece una risa.

—Bueno, he estado mejor.

—Me lo imagino. —Al otro lado de la línea sigo oyendo los vehículos que pasan y la débil interferencia del viento—. ¿Dónde estás?

—En el balcón. —Hace una pausa y deja escapar otro suspiro bajo—. La luna está bonita esta noche.

—¿Sí? —Miro hacia la ventana, pero desde este ángulo no veo absolutamente nada—. Espera, déjame comprobarlo.

Aparto las mantas y me levanto de la cama, reprimiendo otro bostezo mientras me dirijo al salón, donde no he cerrado las cortinas.

Desde aquí veo la luna iluminando el cielo.

Es una única esfera de luz plateada cuyo pálido resplandor se filtra hacia las nubes que la rodean. Tiene razón, esta noche está preciosa.

Me dejo caer en la silla junto a la ventana y encojo las piernas contra el pecho.

—La veo.

—¿Sí? Bien —susurra—. Es bonito saber que estamos viendo lo mismo. Así no parece que estés tan lejos.

El estómago se me retuerce con incomodidad.

No me gusta pensar que regresa a un apartamento vacío y se queda sola con sus pensamientos.

Ya he estado en su situación. Sé lo difícil que puede resultar permanecer en una casa silenciosa mientras tus propias reflexiones y preocupaciones se pudren en tu interior. Debería haberme quedado con ella.

—¿Cómo lo haces? —pregunta Fenna finalmente. Su voz suena congestionada, como si estuviera resfriada. Aunque es más probable que esté cargada de lágrimas.

—¿Hacer qué?

—Esto —dice en voz baja—. Ya has pasado por ello, con tu madre y tu abuela. Lo hiciste cuando apenas eras una niña. ¿Cómo...? —Hace una pausa y sorbe por la nariz con fuerza—. ¿Cómo sigues adelante? ¿Cómo superas cada día sin derrumbarte? Siento que me estoy desmoronando y duele muchísimo.

—Sé que duele. —Suspiro. No quiero ofrecerle los mismos tópicos que me dijeron a mí, porque son huecos—. Dolerá así durante mucho tiempo —le digo.

—¿Cuándo deja de doler?

Aprieto los dientes mientras lo pienso. Solo existe una respuesta y es una que aprendí por las malas.

—No creo... No creo que deje de hacerlo. No del todo. Pero quizá, con el tiempo, piensas en ello un poco menos.

—Sí —dice sorbiendo por la nariz—. Eso es lo que todo el mundo nos repite. Que le demos tiempo.

—Es verdad, pero ahora mismo eso no ayuda.

Es solo que... Un día despertarás y ya no sentirás como si un peso enorme te aplastara el pecho.

Respirarás con un poco más de facilidad y quizá no te cueste tanto recomponerte por la mañana.

Después, cuando pase un poco más de tiempo, podrás pensar en ellos sin que se te llenen los ojos de lágrimas.

Se ríe entre lágrimas al otro lado de la línea.

Sé que ahora mismo debe de parecerle completamente absurdo.

Solo han pasado unos días desde el funeral y sus heridas siguen abiertas y doloridas.

Incluso después de perder a mi madre, cuando volvió a ocurrir con la abuela, tampoco creía que consiguiera volver a funcionar con normalidad, pero de alguna manera lo haces.

Simplemente sigues adelante. En aquel momento parecía imposible que algún día volviera a sentirme completa y entonces, un día, sencillamente... ocurrió.

—Y después, en algún momento, llegará un día en el que podrás hablar de ellos sin sentir ese nudo en la garganta.

Va a doler muchísimo, muchísimo, durante muchísimo tiempo.

Pero no dolerá para siempre. Un día será un poco más fácil y al siguiente estarás un poco mejor.

Solo tienes que afrontar cada día cuando llegue.

—Sí.

—No existe una forma correcta de llevar el duelo, ¿sabes?

—digo con dulzura—. Todos lo hacemos de manera diferente.

Algunas personas consiguen recuperar su vida normal más deprisa que otras y unas cuantas continúan sufriendo durante un tiempo.

La rapidez con la que logres retomar tu vida no significa que Flora te importara más o menos que a los demás.

Pero no hagas lo que hice yo. No dejes de hablar de ella porque te duela.

Ahora está llorando. La oigo sorber por la nariz al otro lado de la línea, intentando no hacer ruido. La idea de que esté sola en su apartamento llorando hasta quedarse dormida me revuelve el estómago.

—¿Quieres venir? —Se produce una pausa y no responde—.

Mañana tengo que marcharme sobre las cuatro y media de la madrugada, pero puedo dejarte una llave y podrías quedarte todo el tiempo que quieras.

—Sé que probablemente dirá que no, pero pensar en regresar y encontrar a Fenna en mi casa, donde sé que estará a salvo, me llena de calidez.

—No tengo tu dirección.

—Te la enviaré ahora mismo —digo, esperando poder verla, aunque solo sea durante unas horas.

—Me preocupa olvidar cómo olía. Cómo sonreía...

—No lo olvidarás. Eso puedo prometértelo. Sigo pensando en ellas todos los días, sobre todo en mi madre, y murió cuando yo solo era una niña. No creas que tienes que aferrarte a ese dolor para recordar cuánto significaba para ti, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —susurra. Dudo que haya escuchado lo que le estoy diciendo. Ahora mismo probablemente se limite a asentir y darme la razón, pero quizá más adelante recuerde esta conversación y se encuentre en un momento en el que signifique más para ella. Al menos eso espero.

—Pareces cansada, Fenna.

—Mmm. No estoy segura de poder dormir sin ti a mi lado —dice—. ¿Te importa si voy?

—No. Encenderé la luz del porche y nos prepararé leche caliente. —Sonrío porque eso es lo que habría hecho mi abuela.

Ordeno un poco después de terminar la llamada, retiro una taza sucia y aparto las herramientas. Normalmente no tengo que pensar en este tipo de cosas porque solo estoy yo, pero dudo que Fenna se fije en el desorden.

Oigo cómo su todoterreno entra en el camino de acceso poco más de veinte minutos después.

Sirvo la leche del cazo en dos tazas, remuevo la pequeña cantidad de azúcar que hay en el fondo y después abro la puerta.

Sigue sentada al volante y parece diminuta y frágil.

El frío de la noche me hace temblar mientras me acerco hasta donde ha aparcado y abro la puerta del conductor.

—Vamos a llevarte dentro. —Cuando sale, me inclino para recogerle el bolso y la bandolera y la llevo al interior, donde estará a salvo, conmigo.