Capítulo 27KRISTI
KRISTI
El olor me hace cosquillas en los sentidos, pero intento no pensar en él y prefiero disfrutar del calor sedoso de las sábanas, con la cabeza profundamente hundida en la suave almohada.
Sé que presumo de poder dormir en cualquier parte, y es cierto, pero nunca como en el sueño del que estoy despertando ahora.
Dudo que nada hubiera podido arrancarme de un descanso tan profundo.
El sueño de cien años. Noto cómo una sonrisa tira de las comisuras de mis labios y encojo un poco más las piernas, acurrucándome en el calor de mi cuerpo.
—¿No quieres que te lea otra cosa esta noche?
—decía mi madre, un poco exasperada mientras intentaba ocultar una sonrisa.
Pero mi respuesta siempre era «No». Con los dientes recién cepillados, corría hacia mi habitación, donde el señor Patata, con su bigote de actor porno de los años setenta, me saludaba mientras yo sacaba el libro de la enorme estantería, procurando no tirar a Miguel Ángel ni a Rafael, mis dos ninjas favoritos.
Después saltaba sobre mi enorme cama y metía los pies bajo las mantas, preparada para que mamá viniera conmigo.
Mis manos recorrían la imagen sonriente de la preciosa muchacha de grandes ojos azules que aparecía en la portada, junto con sus hadas madrinas.
Ya entonces era un libro antiguo, porque había pertenecido a mi madre cuando era pequeña.
Después, el peso de la cama cambiaba cuando mamá se sentaba a mi lado, se quitaba los zapatos de una patada y subía las piernas junto a las mías.
Yo siempre había querido tener un hada madrina, pero mamá decía que no necesitaba ninguna porque las tenía a ella y a la abuela, y eso era muchísimo mejor.
Intento recordar sus nombres... Flora y Primavera, pero había una tercera. ¿Fenna? ¿Se llamaba Fenna?
De repente, el recuerdo me abandona y abro los ojos con un parpadeo.
Mientras intento enfocar la vista, aparece ante mí una pequeña mesita con una lámpara gris y, contra la pared del fondo, hay un cómodo sillón rojo con varias prendas cuidadosamente dobladas y apiladas encima.
Mi ropa. Nunca había despertado en esta habitación, pero sé exactamente dónde estoy.
Estoy en la cama de Fenna. Estiro las piernas y las desplazo hacia atrás, esperando encontrar el calor de otro cuerpo, pero solo hallo un espacio vacío.
Me vuelvo como si necesitara confirmarlo y veo el edredón arrugado y la almohada hundida.
Coloco una mano donde habría descansado su cabeza y acaricio el algodón blanco.
Debemos de haber permanecido tumbadas juntas, con los cuerpos en contacto, y vuelvo a sonreír.
—Buenos días, dormilona. —Fenna entra alegremente en la habitación y me vuelvo hacia ella.
Lleva el pelo corto revuelto y rebelde, y una sonrisa tímida en los labios.
Pero esta mañana algo ha cambiado. Está más radiante, más luminosa, incluso más llena de vida, y entonces se me ocurre una idea.
Quizá no sea que ella tenga un aspecto diferente.
Quizá sea simplemente que yo la veo de otra manera.
—Buenos días. —Mi voz, ronca por el desuso, posee un matiz seductor que nunca había oído antes. No soy la única que lo piensa porque, cuando se inclina hacia mí, me susurra al oído:
—Qué sexy suenas esta mañana.
Sin pensarlo, aparto el edredón, la agarro por las caderas y tiro de ella hacia mí.
Al principio parece resistirse y noto una punzada de decepción, pero entonces levanta el borde de la bata corta, pasa una pierna por encima de mi cuerpo y sube a la cama para sentarse a horcajadas sobre mi regazo.
Una descarga de emoción me recorre el cuerpo y alargo la mano hacia el cinturón que mantiene aquella capa de seda en su sitio de una forma tan injusta.
Me reciben unos pechos pequeños y firmes, con grandes pezones oscuros, y alargo las manos para sostener su peso.
El izquierdo es apenas un poco más pequeño que el derecho, pero eso me encanta.
Adoro la singularidad de cada pequeña imperfección, porque es lo que la hace perfecta para mí.
Son como una serie de secretos diminutos que solo yo tengo permiso para descubrir porque confía en que los amaré como parte de ella. Y así es.
—Eres perfecta —murmuro mientras paso el pulgar sobre cada pezón, primero con suavidad y después con un poco más de fuerza, uno tras otro.
Ronronea de satisfacción mientras desliza lentamente su cuerpo sobre mi centro, hacia delante y hacia atrás.
Noto que está preparada y me quedo hipnotizada—. Eres mi propia Mona Lisa.
—¿Te gusta el arte? —pregunta, y me río.
—Bueno, conozco la Mona Lisa y El grito, y no pensé que fueras a agradecer la segunda opción, así que...
Me da una ligera palmada en el brazo mientras también se ríe.
No recuerdo haberme sentido nunca tan feliz.
Es como si alguien hubiera aparecido y levantado aquel peso enorme que ni siquiera sabía que llevaba encima.
Sé que no ha desaparecido, me refiero al peso, pero ahora mismo no tengo que cargar con él y eso es suficiente. Por ahora.
Deslizo las manos por su vientre y dejo que mis dedos aprecien cada curva suave antes de continuar hacia sus caderas.
Recorro sus muslos con las manos y dejo que los pulgares se deslicen por la piel supersuave que asciende hacia su centro.
La estoy provocando, y también a mí misma, acercándome un poco más con cada movimiento lento para después retroceder y empezar de nuevo toda la danza.
Las caderas de Fenna se mueven más deprisa, expresando a gritos su frustración e instándome a continuar.
—Te necesito, Fenna. —Mi voz está cargada de deseo y ella me agarra la mano para llevarla entre sus piernas.
—Yo también te necesito —jadea. Mis dedos me demuestran que no miente.
Acaricio la suavidad aterciopelada desde el clítoris hasta la entrada y después regreso antes de deslizarme en su interior.
Jadea con los ojos muy abiertos y, cuando profundizo, echa la cabeza hacia atrás, cierra los ojos y se mueve contra mi mano.
La imagen que tengo delante es gloriosa, imposible de expresar con palabras, y el pecho se me llena de emoción.
Anoche algo se liberó en mi interior e inundó mi alma con todas las sensaciones que me había esforzado por negar.
Fenna devolvió la vida a mi corazón y ahora no puedo impedir que lata.
Mi pulgar le roza el clítoris con cada ascenso y descenso, haciendo que se mueva más deprisa y con más fuerza contra mí.
Le sujeto la cadera con la otra mano y tiro de ella para apretarla todavía más contra mí y estabilizar sus movimientos.
La forma en que se contrae alrededor de mis dedos me indica que está cerca y, en cualquier otro momento, habría roto el ritmo para prolongar su placer, pero quiero hacer que se corra con fuerza, deprisa y ahora mismo .
—Ay, Kristi —grita—. Me estoy... —Pero sus palabras se pierden.
Abre mucho los ojos mientras se cierra alrededor de mis dedos y deja escapar un gruñido bajo y estrangulado.
Después, su cuerpo se estremece y la satisfacción fluye hasta cubrirnos a las dos.
Una sonrisa enorme se me dibuja estúpidamente en el rostro, encantada de haberla tocado de una forma tan profunda.
Noto el sudor de su cuerpo rozando el mío cuando se desploma hacia delante y se apoya sobre los antebrazos a ambos lados de mi cabeza.
Le robo un pequeño beso mientras jadea, intentando recuperar el aliento, y muevo los dedos en su interior.
Niega con la cabeza.
—No. Ya no puedo más. Te lo he dado todo.
—Se ríe y después se inclina hacia delante, deslizando una mano entre sus piernas para sacar mis dedos con cuidado.
Vuelve a estremecerse cuando rozo accidentalmente su clítoris—.
Nunca había hecho eso —murmura mientras las mejillas se le vuelven de color carmesí.
Tiro de ella para que deje caer todo su peso sobre mí y la rodeo con los brazos. Creo saber a qué se refiere, o al menos espero saberlo, pero tengo que preguntar.
—¿Quieres decir...?
Asiente.
—Nadie me había hecho correrme así. —Como si sintiera curiosidad, introduce una mano entre nuestros cuerpos para tocar la humedad.
Noto un pequeño reguero deslizándose sobre mi centro y mezclándose con mi propia excitación.
Dios, qué caliente—. No distingo qué parte es mía y cuál es tuya —murmura contra mi cuello mientras desliza dos dedos húmedos a ambos lados de mi clítoris.
Se me corta la respiración.
—Quiero hacer que te corras con mis fluidos —dice mientras su aliento me hace cosquillas en la piel y, solo con sus palabras, mi cuerpo tiembla y deja escapar un gemido prolongado—. ¿Te gustaría?
Asiento, abriendo más las piernas, y ella se desliza en mi interior.
La sensación es maravillosa y se lo digo, más de una vez.
Me pregunta si quiero más y vuelvo a asentir, gimiendo, incapaz de formar con la boca nada mínimamente coherente.
Lucho por no cerrar los ojos, pero la sensación de tener a Fenna dentro de mí, llegando más hondo con cada penetración larga y lenta de sus dedos, lo hace imposible.
Moriría feliz si pudiera quedarme suspendida en este instante, pero el cosquilleo del orgasmo se acerca y la intensidad de mis gemidos aumenta mientras avanza cada vez más deprisa.
El aliento se me queda atrapado en el pecho y abro los ojos de par en par al precipitarme hacia el orgasmo, observada con intensidad por la mujer a la que amo.
Mi cuerpo tiembla y se estremece, y me cierro alrededor del suyo, aferrándome a ella como si fuera la única certeza de mi vida... Quizá lo sea. Pero no tengo tiempo de reflexionar sobre esa idea porque vuelve a mover los dedos, moviéndolos como un aleteo en mi interior, y jadeo.
—No sé si puedo —digo entrecortadamente, aunque el hormigueo de mi cuerpo ya me indica que me equivoco. Esta vez es más intensa que la primera y me oigo gritar mientras vuelvo a rendirme a sus caricias.
—Eres increíble —digo sin aliento, vagamente consciente de que sus labios descienden por mi cuerpo a besos. Alargo las manos para agarrarla y hacer que vuelva a subir, pero ella me las aparta de un manotazo—. Quiero abrazarte.
—Ni hablar —responde, negando con la cabeza mientras sus manos me separan los muslos—. No he terminado.
—Joder —gimo cuando su boca succiona mi clítoris y lo envuelve con su calor.
Mis caderas se alzan de forma involuntaria y ella engancha los brazos alrededor de mis muslos para mantenerme inmóvil.
Nunca me he corrido tres veces seguidas.
Esta es solo la segunda vez que alguien consigue hacer que me corra dos veces y no sé si a mi cuerpo le queda mucho más que ofrecer.
Todo está tan sensible que parece haber una corriente eléctrica conectando cada nervio y haciendo que todo mi cuerpo palpite a su voluntad.
Primero succiona y después hace girar la lengua a mi alrededor, provocándome y rozándome con rapidez, antes de volver a succionar.
Mi cuerpo tiembla, pero, justo cuando estoy a punto de correrme otra vez, cambia de movimiento.
Ahora su lengua está plana y se desplaza lentamente por mi centro, para después volverse más firme y afilada mientras asciende de golpe hacia el clítoris.
—Por favor, Fenna —suplico casi entre sollozos.
—¿Por favor, qué? —pregunta con absoluta inocencia.
—Haz que me corra —suplico. Entonces jadeo cuando acelera el ritmo y estimula mi clítoris con movimientos cortos y firmes.
Mi cuerpo tiembla y sé lo que se aproxima.
Alzo las caderas, me aprieto contra su lengua y su rostro y estallo, perdiendo toda noción de quién soy y dónde estoy.
Me retuerzo como una posesa mientras hace que me corra no una, sino dos veces más, hasta que le suplico que pare.
Cuando lo hace, permanezco tumbada sobre mi pequeño charco húmedo, flácida y sin aliento.
Parece que pasan varios minutos antes de que pueda abrir los ojos, aunque en realidad probablemente sean más bien diez segundos, pero, cuando lo hago, encuentro a Fenna sonriendo como la gata que se ha comido la nata.
Sin pensarlo ni vacilar, comparto con ella lo más importante que le he dicho jamás a nadie.
—Te quiero.