Capítulo 26FENNA
FENNA
Es tarde, muy tarde, cuando nos dirigimos a la cama.
La ciudad parece muy tranquila desde aquí arriba, como si estuviera contemplando otro mundo.
Las luces titilan y algunos trozos de basura cobran un movimiento frenético para volver a quedarse inmóviles cuando la brisa juega con ellos.
No es diferente a cómo el drama de la vida nos levanta y después nos deja caer, golpeadas y deformadas por cosas que nunca podremos controlar.
Kristi sale del baño con el contorno enrojecido de los ojos destacando sobre la piel pálida, como si el bronceado se hubiera desvanecido junto con su bravuconería.
Parece más pequeña, casi frágil y, sin embargo, la persona que veo ahora posee mucha más entidad.
La observo acercarse a un lado de la cama y después vacilar, mirándome en busca de orientación.
Levanta una mano hacia los botones de la camisa y después un poco más, hasta tocarse la clavícula.
—Déjame —digo mientras cierro la distancia que nos separa.
Baja la cabeza con timidez cuando cubro su mano con la mía.
Una ternura más profunda sustituye al deseo crudo y primitivo que compartimos antes.
Le desabrocho la camisa botón a botón y, cuando libero el último, se la deslizo con suavidad por los hombros para sacarle los brazos.
La piel se le eriza y encoge los hombros con un estremecimiento.
La belleza de su vulnerabilidad me deja sin aliento y enrosco un mechón suelto de pelo rojo alrededor de un dedo antes de colocárselo con cuidado detrás de la oreja.
Solo entonces levanta la mirada y permite que nuestros ojos se encuentren.
El vacío inquietante que vi antes hacía que sus ojos parecieran menos azules, como si estuvieran diluidos por la nostalgia de los recuerdos.
Pero ahora el color ha vuelto a cambiar, de la misma forma en que la luz del sol altera la paleta natural de un paisaje.
Me atraen su profundidad y su belleza, no la belleza externa y superficial, sino la elegancia y la bondad de su alma.
Le sujeto la barbilla con una mano, me pongo de puntillas y deposito un beso suave sobre su boca antes de apartarme una vez más.
Le quito el resto de la ropa, prenda a prenda, dejando que la mano le roce suavemente la piel mientras lo hago. Me detengo al llegar al sujetador y las bragas y la miro. Asiente, guía mis manos hasta la parte superior de las bragas y pronuncia una sola palabra:
—Por favor.
Trago saliva y mi respiración se vuelve más superficial.
Engancho los pulgares bajo el encaje y se las deslizo por las caderas hacia abajo, descendiendo pegada a su cuerpo cálido hasta quedar de rodillas frente a ella.
Froto la mejilla contra el vello corto y recortado, inhalo el aroma de su sexo y la cabeza me da vueltas de deseo.
Nunca había deseado a nadie de esta manera, con la compulsión de beberme su fuerza, su sensibilidad, su bondad y sus imperfecciones.
Quiero todo lo que es, en toda su plenitud.
Cada beso que deposito en la cara interna de sus muslos es un pequeño regalo de agradecimiento por haber entrado en mi vida, por permitirme ver más allá de la carga de responsabilidad que yo misma me había impuesto.
Y todavía más porque creía haber perdido esto, esta extraña y preciosa química que creamos juntas.
No es ella ni soy yo. Es algo mucho más grande.
Cuesta explicarlo y ni siquiera sé si quiero analizarlo, porque algunas cosas no deberían diseccionarse.
La magia deja de ser magia cuando la desmontas con una lógica fría e implacable, pero, si la dejas entrar en tu corazón, puede vivir allí para siempre.
—Llévame a la cama, Fenna. —Su voz suena baja y apoyo la mejilla contra su muslo, disfrutando de la sensación de sus dedos deslizándose entre mi pelo, antes de levantarme y conducirla hasta mi cama.
Nos tumbamos en la oscuridad, con nuestros cuerpos cálidos y desnudos acurrucados el uno contra el otro, disfrutando de caricias lentas.
Cada recorrido de nuestras manos sobre la piel suave calma el dolor en carne viva que llevamos dentro; cada movimiento, vacilante pero mesurado, con la certeza de conocer lo que se oculta en lo más profundo.
Pero ese conocimiento trae consigo comprensión y, con ella, una energía anclada tan hondo en nuestras almas que apenas percibimos los primeros temblores.
El calor de nuestros cuerpos se funde, apaciguando la angustia del día, y la corriente subyacente se acelera.
Las caricias ligeras como el roce de unos dedos son olas suaves que nos arrastran cada vez más lejos de la orilla.
Cada beso compartido, lento y prolongado, silencia un cielo ya en calma hasta que solo quedamos Kristi y yo, con los corazones desbocados, las miradas entrelazadas y suspendidas en la quietud del momento.
Nuestros pechos ascienden y descienden al mismo ritmo hasta que el tsunami oscurece nuestra visión y un trueno de deseo irrumpe en nuestros cuerpos.
Nos lanzamos la una hacia la otra, con los muslos entrelazados, frotándonos con fuerza contra las extremidades que apenas unos instantes antes acariciábamos con tanta suavidad.
El hambre vuelve nuestro ritmo húmedo y resbaladizo mientras tomamos y entregamos todo cuanto podemos, fundiéndonos con necesidad, anhelo y el fervor de un momento que las dos sabemos que está a punto de cambiarlo todo. No hay vuelta atrás.
Cuando esta vez nos perdamos, será dentro de la otra, enlazando fragmentos de nuestros corazones para no volver a estar nunca completamente solas.
Entregamos el aliento al alcanzar el orgasmo, envueltas por la euforia de llegar juntas.
Una ola tras otra irrumpe con fuerza, arrasando todo lo anterior y transformando el paisaje para siempre.
Una ola tras otra nos golpea mientras temblamos y gemimos sin aflojar el abrazo, dejándonos llevar por nuestros orgasmos hasta que el mundo queda en silencio.
Incluso entonces permanecemos aferradas la una a la otra, refugiadas en el puerto de la otra, y una sensación extraña me llena por dentro.
Necesito un instante para comprender que lo que empieza a despertar en mi interior es... esperanza.