Capítulo 25KRISTI
KRISTI
—¿Quieres subir? —me pregunta Fenna cuando llegamos a su edificio. Debe de notar mi vacilación—. No quiero quedarme sola, pero, si tú no quieres, lo entiendo. Solo estoy agradecida por... todo.
Apago el motor, me desabrocho el cinturón y me recuesto en el asiento.
Quiero, no, necesito estar a su lado, pero sé que ha llegado el momento de ser sincera.
Eso mismo me dijo Yaya esta tarde. Resulta extraño llamar Yaya a la abuela de Fenna, pero se pasó el día insistiendo en que dejara de llamarla señora Vargas o Bernie, y no es una mujer con la que se pueda discutir.
Mientras todos preparaban tazas de té y hablaban de los preparativos, me agradeció que ayudara a Fenna a abrirse y después, con un movimiento casi propio de una ninja, desvió la conversación de Fenna y Flora hacia mi madre y mi abuela.
Antes de comprender realmente lo que estaba ocurriendo, ya estaba revelando partes de mí que nunca comparto con nadie porque normalmente duele demasiado.
Pero Yaya hacía las preguntas con tanta delicadeza e inocencia que acabé contándole mis historias...
y nos reímos. Había olvidado lo que se sentía al pensar en mi familia y reír.
Entonces sus preguntas se volvieron más dolorosas. ¿Qué edad tenía cuando murió mi madre? ¿Cómo murió mi abuela? Vi cómo empezaban a girar los engranajes de su mente y, sin que yo dijera nada más, ya fuera por instinto o por experiencia, descubrió mis demonios.
—¿Estás bien? —pregunta Fenna, sacándome de mis pensamientos.
—¿Eh?
—Lo siento. Hoy debe de haber sido agotador para ti, primero convencerme, después hacer de chófer durante todo el día y, por si fuera poco, soportar a toda mi familia en su peor momento.
No puede haber sido fácil. —Fenna sonríe a modo de disculpa, algo muy propio de la mujer que es.
También ha sido su peor día, pero aquí está, disculpándose y preocupándose por mí cuando debería ser al revés.
El egoísmo de mi dolor me ha frenado durante demasiado tiempo.
Lo mínimo que puedo hacer es intentar explicárselo... todo.
—¿Te queda algo de ese café tan bueno? —pregunto con una sonrisa antes de abrir la puerta.
No hablamos hasta que entramos en el apartamento, las dos un poco inseguras sobre lo que debería ocurrir a continuación.
—Necesito hablar contigo —digo—. ¿Podemos sentarnos?
Fenna asiente y su mirada va del sofá a mí y vuelve.
Quizá hoy no sea el día adecuado para hacer esto, pero, si no lo hago ahora, solo estaré dándome otra excusa para acobardarme más adelante.
Estoy a punto de soltar un bufido cuando comprendo que, una vez más, esto está impulsado por mi propio egoísmo...
Pero en realidad no es egoísmo. No si creo a Yaya .
Estás asustada , había dicho Yaya mientras me sostenía la mano. Fenna lo entenderá.
Solo espero que lo haga. Me siento en el otro extremo del sofá y le hablo de mi madre, de mi abuela, del cáncer y del verdadero motivo por el que nunca me quedo quieta.
Al menos ahora sabrá por qué... aunque no pueda comprenderlo.
No paro hasta haberlo sacado todo y haberlo dejado al descubierto ante ella.
—Espera, ¿no sabes con seguridad si tienes el gen brCA?
—Frunce el ceño con una expresión que parece mezclar incredulidad y confusión.
La pregunta queda suspendida entre nosotras y pesa con fuerza en el pequeño espacio.
No quiero admitirlo ante ella y quizá por eso, cuando abro la boca, no sale nada.
Sin embargo, resulta que no necesito decir absolutamente nada.
Mi expresión debe de haber respondido a su pregunta.
Fenna niega despacio con la cabeza y parece esforzarse por encontrar algo que decir. Se vuelve en el sofá hasta quedar completamente de frente a mí. El cuero gime bajo su movimiento y, en el silencio del apartamento, el sonido parece multiplicarse por diez. Sabía que no lo entendería.
—No te has hecho la prueba —susurra—. ¿Por qué?
Tengo la garganta seca. Por esto no hablo del tema.
Para el resto del mundo es una decisión sencilla, en blanco o negro.
Averiguas si tienes el gen brCA o no y después...
¿qué? Todo resulta muy fácil cuando no es tu decisión.
Tu futuro. No debería sorprenderme. Llevaba años lidiando con esto y perdiendo amistades por el camino hasta que aprendí que era más fácil no contárselo a nadie.
No puedo ni mirarla. No quiero ver la confusión o, peor aún, cómo me juzga. No lo entenderá y yo no puedo obligarla a entenderlo. Siempre ocurre lo mismo y no estoy preparada para repetirlo con ella.
—No lo sé .
—¿No quieres saberlo con seguridad? Quiero decir, si lo sabes...
—Si el resultado es positivo, se acabó. —Mi respuesta sale cortante y se impone sobre sus palabras.
No quiero oír hablar de medidas preventivas ni de revisiones y controles periódicos.
Es la misma mierda que llevo toda la vida escuchando de los médicos—.
Será como poner en marcha el reloj que cuenta los segundos hasta mi muerte.
Estará siempre sobre mí, sobre todo lo que haga.
Me despertaré cada mañana aterrada pensando que hoy será el día en que todo salga mal.
Es como aquel rey que tenía una espada suspendida sobre la cabeza.
—¿Damocles?
—Sí.
Fenna frunce el ceño y ladea la cabeza. Sigue pareciendo confusa.
—El cáncer no es una sentencia de muerte, Kristi. Ya no. Hemos avanzado muchísimo durante los últimos diez años.
—Eso fue lo que le dijeron a mi madre.
Fenna se estremece. Sabe que estamos adentrándonos en un terreno peligroso, así que, cuando vuelve a hablar, lo hace con dulzura.
—Tienes opciones. Si tienes el gen, hay cosas que podemos hacer para...
—Sabes, siempre fue muy positiva. Creía que encontrarían algún milagro.
Bromeaba diciendo que solo había querido tener una hija de todos modos, así que no importaba que se lo quitaran todo.
Solo había necesitado tener una porque le había salido bien a la primera. Pero nunca encontraron aquel milagro.
—¿Tu madre se hizo la prueba?
—Sí. —La palabra sale poco más alta que un chillido, estrangulada por el nudo de dolor que tengo en la garganta—.
Pero ya era demasiado tarde. Mi abuela también se la hizo después del diagnóstico de mi madre.
Ella solo tuvo la suerte de disfrutar de la vida un poco más.
No recuerdo demasiado de mi madre, aparte de que enfermaba cada vez más y yo no sabía por qué.
Era demasiado pequeña para comprenderlo, pero con mi abuela sí lo sabía.
—¿Qué edad tenías cuando...? —Bajo la tenue luz de la habitación, veo cómo casi se estremece, incapaz de terminar la pregunta.
—Tenía doce años cuando murió mi madre. Ella solo tenía cuarenta y cinco. Yo tengo casi la misma edad que ella cuando... ocurrió.
—Kristi, yo...
—Tuve la suerte de conservar a mi abuela durante más tiempo.
Nos mudamos con ella cuando mi madre enfermó.
El abuelo había muerto, ella tenía una casa grande y agradecía la compañía.
Mi padre nunca había vivido con nosotras.
Ya tenía otra vida, con esposa e hijos, antes de que yo naciera.
Aparecía en algún cumpleaños ocasional cuando podía escaparse de su familia de verdad, como una especie de tío extraño y escurridizo.
Al final, mi madre le dijo que no se molestara en volver.
Creo que se sintió aliviado. Solo estábamos las tres, después murió mamá y nos quedamos la abuela y yo.
—Trago el nudo que tengo en la garganta—. Tenía veintiún años cuando la perdí.
Levanto la vista y parpadeo para contener las lágrimas, pero veo el mismo destello de humedad reflejado en los profundos ojos marrones de Fenna. No quiero su compasión. No quiero la compasión de nadie.
—Al final fue una especie de bendición. Había pasado por muchísimo.
No paraban de quitarle partes del cuerpo: el útero, los ovarios, las trompas de Falopio...
Pero el cáncer se había extendido al hígado, así que no podían hacer nada por ella aparte de mantenerla drogada con morfina.
No era tan positiva como mi madre, pero ella sabía lo que se avecinaba .
—Lo siento —murmura.
—Ni siquiera recuerdo el día que murió mi madre. No de verdad. Solo recuerdo que la abuela fue a buscarme al colegio y me llevó al hospital. Recuerdo que lloré hasta vomitar. Llorábamos mucho, las dos.
—¿Te ofrecieron hacerte la prueba?
Niego con la cabeza mientras me seco las lágrimas solitarias de las mejillas.
—Sí, pero no entonces. Tenía veintiún años y estaba en la universidad. Mi abuela había muerto y me recomendaron que me hiciera la prueba.
—¿Has sabido durante todo este tiempo que podrías tenerlo? —susurra Fenna—. ¿Y no te has hecho la prueba? ¿Cómo puedes seguir con tu vida sin pensar en ello, sin preocuparte?
—¿Crees que no lo hago? —replico. Mi tono tiene un filo frío y cortante, pero no me importa.
He mantenido esta conversación demasiadas veces como para preocuparme por los sentimientos de los demás—.
¿Crees que no pienso en ello? ¿Que no estoy asustada?
Porque lo estoy. Estoy aterrada ante la posibilidad de que ya esté enferma.
Tengo miedo de morir como mi madre, como mi abuela.
Estoy asustada todo el tiempo. Pero me aterra todavía más saberlo.
Porque, por mucho miedo que tenga ahora mismo, al menos conservo un pequeño resquicio de esperanza.
Ahora existe la posibilidad de que no lo tenga.
Pero, si me hago la prueba y el resultado es positivo...
ya no me quedará ninguna esperanza. Sabré cómo será mi vida y no es una vida que quiera vivir.
—Entonces, ¿qué haces? ¿Te escondes? Estás sola, Kristi. Te has aislado de todo el mundo y eso no es justo. No puedes seguir apartando a la gente por una enfermedad que quizá ni siquiera tengas. ¿Crees que tu familia querría que vivieras así?
—No hables de ellas. —Oigo lo gélida que suena mi voz, así que ella también debe de percibirlo. Está pisando terreno peligroso—. No lo hagas.
O no se da cuenta de que no quiero hablar de esto o no le importa, porque continúa de todos modos.
—¿Lo crees?
—Están muertas, Fenna —le recuerdo con brusquedad—. Así que no sé qué querrían para mí. —Mi respuesta roza lo infantil, pero quiero que sienta una parte de mi dolor. Ya no quiero mantener esta conversación. Ha sido un error. Si la única forma de conseguir que retroceda es hacerle daño, lo haré.
Pero no parece dolida. No se le ha descompuesto el rostro, no ha hundido los hombros y no muestra ninguna señal de culpa o vergüenza, como las que suelo ver. Nada en su actitud sugiere que vaya a retroceder. En todo caso, parece todavía más cabreada.
—No hagas eso —dice sin mostrar la menor emoción—.
No utilices esa carta. Su recuerdo vale más que eso.
—Y, al igual que Yaya, da la vuelta a la situación y soy yo quien recibe el golpe de la culpa—.
Sabes perfectamente que querrían que te hicieras la prueba.
Las dos lo hicieron. Tuvieron el valor. Si pudieras hacer algo para salvarte la vida, te dirían que estarías loca si no lo intentaras.
—No puedes saberlo.
—¡Claro que lo sé, Kristi! Eran tu familia. Por supuesto que te habrían dicho que te hicieras la prueba. Querrían que tuvieras las mayores posibilidades de detectar el cáncer antes de que fuera demasiado tarde. Que tuvieras una vida, una vida plena, en lugar de aislarte de todo el mundo.
—Yo no me aíslo —replico—. Tengo un trabajo que se me da jodidamente bien. Soy voluntaria en el refugio. Paso muchísimo tiempo con otras personas.
—¿De verdad? —Fenna me mira fijamente y consigue inquietarme un poco—. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste una novia seria? ¿Cuándo fue la última vez que invitaste a una amiga a casa para tomar una cerveza y charlar?
No respondo porque no puedo. Las amigas que tenía se han ido alejando.
Algunas por conversaciones como esta y otras porque tiene razón: me he aislado.
No recuerdo a la última persona a la que invité a casa.
¿He invitado alguna vez a alguien? Cuando la abuela enfermó, no era un lugar al que invitaras a otras personas y después...
Bueno, pasé tanto tiempo cuidándola mientras estaba enferma que las amistades se fueron alejando, aunque no fue intencionado.
Cuando tienes veintiún años quieres salir de fiesta, no pasar el tiempo con alguien cuya única conversación gira en torno a una enfermedad.
Pero no amar nunca a nadie ha sido intencionado. Nunca me he permitido amar a nadie... hasta ti. La revelación hace que se me encoja el corazón, pero, antes de que pueda reflexionar sobre ella, vuelve a la carga sin darme tregua.
—Tienes un trabajo que te obliga a entrar y salir del país todas las semanas.
Nunca permaneces en un mismo lugar el tiempo suficiente para conocer de verdad a nadie.
Incluso en el refugio solo estás unos cuantos días al mes.
Mantienes a todo el mundo a distancia y lo haces porque quizá algún día puedas enfermar.
Pero apenas oigo sus palabras porque aquel último pensamiento continúa repitiéndose en mi cabeza. Nunca me he permitido amar a nadie... hasta ti.
—Para —digo débilmente—. Por favor, para.
—Me da vueltas la cabeza por el exceso de verdad y dolor.
Entre Yaya y Fenna, es como tener al policía bueno y al policía malo.
Primero me ablandan lo suficiente para conseguir que baje la guardia y después entra Fenna a matar, derribando años de barricadas hasta dejarme aquí, sollozando en su sofá.
Me inclino hacia delante, dejo caer la cabeza entre las manos y me cubro los ojos, como si esa fuera la última capa de protección que me queda. El dolor de mi pecho amenaza con estallar y me enrosco sobre mí misma como un armadillo aterrorizado que intenta resistir un ataque.
Una mano cálida me frota el centro de la espalda y, a pesar de desear consuelo, cualquier cosa que alivie el dolor atronador que me llena el cuerpo, me aparto de ella.
El cojín del sofá sobre el que estoy sentada se hunde y noto el calor de su cuerpo a mi lado.
Al igual que no permitió que la apartara con mis palabras, tampoco hace caso a mi rechazo físico.
Unos brazos me rodean mientras me atrae hacia ella y me aprieta contra un lado de su cuerpo, pero esta vez no me resisto.
Dejo que me abrace y resulta... agradable.
A pesar de mí misma, me rindo a la seguridad que me ofrece y permito que el resto del mundo desaparezca.
No tengo que preocuparme por él, porque todo lo que tengo y todo lo que quiero está aquí mismo.