Rescatando Corazones (Sanando Corazones 1) Capítulo 23KRISTI
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Capítulo 23KRISTI

KRISTI

No sé por qué acepté la llamada aquella mañana.

Apareció en la pantalla como un número desconocido y eso suele bastar para que la ignore, pero no lo hice.

Quizá fuera otra forma de castigarme, igual que había estado haciendo durante las últimas cinco semanas.

No he vuelto a ver a Diego ni al resto de la pandilla del refugio.

No he tocado un tornillo, un clavo ni ninguna de mis herramientas, y la cocina parece más una obra de demolición que una obra de construcción.

Desde aquella noche con Fenna, la única parte de mi antigua rutina que he mantenido es el trabajo.

Apenas puedo llamarlo rutina, pero allí consigo funcionar con la mente entumecida, como si fuera una persona normal, realizando todas las tareas con una sonrisa vaga y ensayada.

He levantado la mano para aceptar todos los turnos adicionales que han ofrecido y, como era de esperar, he acabado en algunas de las peores rutas, las que nadie más quiere.

Aunque a mí no me han parecido tan malas porque no me importa.

La Navidad llegó y se marchó sin que le prestara atención, y trabajé desde Nochebuena hasta Año Nuevo y más allá, permitiendo que mis compañeros pasaran tiempo con sus familias.

Mi cena de Navidad fue panceta de cerdo asada con sal de camino a Winnipeg, y celebré el Año Nuevo sobrevolando Cleveland durante un vuelo a LaGuardia.

Así que sí, quizá contesté con una actitud de «venga, dame otro golpe ahora que estoy en el suelo», pero toda aquella angustia autocomplaciente desapareció en cuanto comprendí que Bernie estaba al otro lado de la línea y, sobre todo, cuando me explicó por qué había llamado.

Fenna me había hablado de Flora, su sobrina.

No es que me hubiera contado demasiado, solo que su nacimiento prematuro había provocado complicaciones y varias operaciones.

Bernie incluso me enseñó una fotografía de Flora el día que fui a su casa.

Era diminuta, pero pensé que la pequeña estaba mejorando.

Al menos eso me pareció por la forma en que Fenna habló de su estado con Mike.

Incluso cuando conversamos sobre ello aquella noche, acurrucadas juntas en la cama, Fenna parecía esperanzada.

Sin embargo, no había ninguna esperanza en el tono de Bernie.

Yaya, como prefiere que la llamen, es una mujer fuerte, pero percibí cómo se le quebraba la voz mientras me hablaba de la muerte de Flora y del efecto que estaba teniendo sobre la familia.

Nunca conocí a la pequeña, pero hasta yo recibí la noticia como un puñetazo en el estómago, así que solo podía imaginar lo que estarían sufriendo y lo injusto que resultaba todo.

Pero Bernie no me llamaba únicamente para contarme la tragedia.

Necesitaba mi ayuda. La familia estaba preocupada por Fenna.

La última vez que alguno de ellos la había visto fue cuatro días antes, la noche en que Flora sufrió el infarto mortal.

Desde entonces, se había encerrado en su apartamento y no abría la puerta ni respondía a las llamadas.

Habían recibido un mensaje en el que decía que estaba bien, pero poco más.

Y menos mal, porque creo que, de lo contrario, habrían pedido a los bomberos que derribaran la puerta.

—Kristi, sé que te escuchará. Tienes su corazón y sé que te importa —había dicho Bernie, haciendo imposible que me negara.

La confianza de Bernie en que Fenna me abra la puerta es mucho mayor que la mía.

Después de cómo nos despedimos, estoy bastante segura de que soy la última persona a la que recibiría en busca de apoyo, pero tengo que intentarlo.

Es lo mínimo que le debo. Sin embargo, eso no impide que vacile antes de llamar.

Mantengo el puño a un palmo de la puerta y lo aprieto cada vez más hasta que los nudillos se me ponen blancos.

No hemos hablado en semanas. Ni siquiera estoy segura de que sea buena idea que esté aquí, pero su abuela insistió en que eso era lo que quería la familia.

El hecho de que toda la familia sepa de mi existencia me incomoda un poco.

«Necesita que alguien esté a su lado», explicó Bernie.

«Lo hemos intentado, pero nos dice que quiere estar sola.

Que tiene trabajo que hacer, signifique lo que signifique, porque el hospital le ha dado, ¿cómo se dice? , una baja por compasión».

—Un permiso por fallecimiento —digo, y acto seguido me maldigo por corregirla porque las palabras en sí mismas no importan.

Conozco el dolor de perder a las personas que amas, pero nunca he vivido la experiencia de perder a alguien más joven que yo. La muerte de una niña debe de ser muchísimo más dura. Me preparo y doy dos golpes secos en la puerta de su apartamento.

El lugar está inquietantemente silencioso, algo que se debe tanto al grosor de la moqueta del vestíbulo como a la hora del día. Todos son apartamentos de lujo y, sin duda, sus ocupantes están fuera haciendo lo que sea que hacen los ricos durante el día, asuntos legales, médicos o empresariales .

He tenido suerte de estar junto a la entrada cuando salía un hombre con un elegante traje de raya diplomática.

Se comportó como un caballero y me sostuvo la puerta abierta; de lo contrario, quizá no habría conseguido llegar hasta aquí.

Miro el teléfono para comprobar la dirección que me envió Bernie y después vuelvo a mirar el número plateado, el 24, que brilla sobre la puerta negra.

Aunque ya he llamado, la ausencia de respuesta o de cualquier ruido me hace pensar que quizá me he equivocado de puerta, pero este es el lugar correcto y, según su abuela, está en casa.

Vuelvo a llamar. Esta vez con algo más de fuerza, sabiendo que, si abre, lo más probable es que me cierre la puerta en las narices después de ordenarme que me marche.

Pero existe un pequeño resquicio de esperanza de que quizá hable conmigo, de que tal vez me necesite.

Y, si necesita que esté aquí, aquí es donde voy a quedarme.

Me acerco más y apoyo el oído contra la madera negra para buscar alguna señal de vida.

Se produce un largo silencio, después un ruido de arrastre y, finalmente, unos pasos claros que se vuelven cada vez más fuertes.

Me preparo. Pero la puerta no se abre. Hay una mirilla aproximadamente a la altura de mis ojos, lo que significa que, si Fenna la está usando para ver quién llama, tendrá que ponerse de puntillas.

Sigue sin ocurrir nada y cambio el peso de un pie al otro con incomodidad.

—Fenna, por favor, habla conmigo.

Tras diez segundos de silencio, oigo un clic y la puerta se abre para revelar a Fenna con...

muy mal aspecto. Ha perdido peso, tiene el rostro demacrado y unas ojeras oscuras.

Aunque su abuela no me hubiera contado lo ocurrido, habría sabido que algo iba muy mal con solo mirarla.

Unos ojos fríos y sin vida, enrojecidos por las lágrimas, me devuelven la mirada.

Parece encontrarse a un mundo de distancia de la Fenna que conozco, aunque, dadas las circunstancias, no resulta sorprendente .

—¿Qué haces aquí? —pregunta en voz baja, apoyándose contra el marco de la puerta—. ¿No deberías estar en algún avión?

—Tengo el día libre. Tu abuela me llamó y me contó lo de... lo de Flora.

Fenna baja la mirada y juguetea sin ganas con la punta del pie sobre el trozo de madera donde el marco de la puerta se une con el suelo de madera de su apartamento antes de asentir.

—Sí. Ha... Sí.

—Lo siento, Fenna. —Una vez más, intento encontrar algo más significativo que decirle, pero no hallo ninguna palabra que parezca siquiera adecuada. No puedo decir nada que marque una diferencia, nada que devuelva a la vida al bebé de su hermana. Las dos lo sabemos.

—No tenías que venir hasta aquí. —Su voz suena hueca, como si estuviera sedada. Queda muy lejos del tono alegre y vivaz que siempre le he conocido—. Siento que Yaya te llamara.

—No lo sientas. Me alegro de que me llamara y sé que no tenía que venir. Solo... quería asegurarme de que estuvieras bien. Quería que supieras que, si me necesitas, estoy aquí.

Permanece en silencio durante unos instantes, como si estuviera reflexionando sobre lo que he dicho.

Con una mano se aferra al marco y con la otra a la puerta, quizá para sostenerse.

Podría cerrármela fácilmente en las narices y, durante un momento, creo que eso es lo que hará, pero no lo hace.

Afloja la mano que sujeta el marco y la deja caer junto al cuerpo.

—¿Lo dices en serio? —pregunta.

—Claro que lo digo en serio —susurro—. Sé lo que se siente al perder a alguien a quien amas, Fenna. Sé lo difícil que es.

Sorbe por la nariz, asiente despacio y retrocede un paso .

—Será mejor que entres.

Mientras la sigo hacia el interior, no puedo evitar preocuparme por lo que podría encontrar.

He visto a muchas personas en sus peores momentos y algunas tienen formas bastante creativas de afrontar sus emociones.

Todo el mundo lleva el duelo de manera diferente.

Eso fue lo que me dijo mi abuela durante el funeral de mi madre.

Me cogió de la mano y me explicó que no existía una forma correcta de sentir una pérdida ni una serie de pasos que hubiera que seguir.

Cada persona atraviesa el proceso y las emociones de una manera distinta.

Algunas se enfadan, otras se apartan y se cierran por completo.

Otras escapan mediante la bebida o cosas peores.

Pero Fenna no parece haber hecho nada de eso.

Miro alrededor del apartamento. Está limpio y ordenado.

No hay muebles rotos ni cajas de comida para llevar; tampoco está sentada en estado catatónico en el sofá mirando la pared.

Su cocina no está llena de botellas de vino a medio beber y tampoco huele a alcohol rancio.

De hecho, aparte de su aspecto, la única señal de que algo va mal es la mesa que hay entre nosotras.

Está cubierta de papeles y carpetas de color manila, como el escritorio de un investigador obsesionado en una serie policiaca.

Todos los papeles están arrugados y revueltos, como si los hubiera cogido, estudiado y dejado caer una y otra vez.

Sospecho que eso es exactamente lo que ha estado haciendo.

—¿Qué es todo esto?

—Las notas de Flora. —La voz de Fenna se quiebra al hablar—. Su historial médico.

La silla situada frente a Fenna chirría cuando la aparto de la mesa.

Me siento con cuidado y bajo la mirada hacia la mesa que nos separa.

Ahora que estoy más cerca, distingo informes de operaciones, una lista de medicamentos y muchas cosas más.

Incluso hay una relación de los fármacos que presumiblemente habría empezado a tomar si su corazón no se hubiera detenido.

Resulta horrible pensar que la breve vida de Flora se reduce a esto. Enfermedad.

—No paro de... mirar todo esto —susurra—. Reviso los expedientes una y otra vez. Busco dónde nos equivocamos, algo que podríamos haber hecho de otra manera. ¿Le administramos el medicamento equivocado? ¿Alguien cometió un error durante la operación?

—Estás buscando a alguien a quien culpar.

—No. —Su respuesta es firme, como si le molestara que no lo comprenda—.

Estoy buscando una razón. Quiero que esto tenga sentido y, para que lo tenga, tiene que haber una razón.

—Deja escapar un suspiro tembloroso—. Pero no encuentro ninguna.

No hay nada. Hicimos todo lo que se suponía que debíamos hacer.

Si tuviera la oportunidad de repetirlo, no veo qué cambiaría.

Pero es que... tiene que haber una razón.

—No siempre la hay —murmuro—. A veces las cosas simplemente... suceden. No deberían suceder y duele. Pero... ocurren.

—No quiero que eso sea verdad. —Fenna suelta un profundo suspiro—. Era muy pequeña. Ni siquiera tenía un año, Kristi. No llegamos a celebrar ni un solo cumpleaños con ella. Ninguno. Quiero decir, ¿cómo se permite que ocurra algo así?

No tengo respuesta para eso.

—¿Qué estoy haciendo? —Cierra la carpeta de golpe y la deja caer con fuerza sobre la mesa—. Mi trabajo consiste en ayudar a niños como Flora. Quería ser la persona capaz de ayudar a mi familia, a mi hermana, a Flora. Debería haber sido yo quien las salvara. A todas.

—No puedes salvar a todo el mundo... —empiezo, pero me interrumpe antes de que pueda terminar la frase y comprendo que no necesita que diga nada. Solo necesita que la escuche.

—He salvado la vida de muchísimas personas.

He trabajado en urgencias y he realizado cientos de operaciones con éxito.

Y no solo en el quirófano. Incluso me detuve una vez en una autopista para ayudar a un hombre mientras esperábamos a los paramédicos.

Salvo a la gente. Ese es el objetivo de mi trabajo, es quien soy.

Y la única vez que de verdad importaba, la única vez que debería haber podido ayudar...

—La voz vuelve a quebrársele y se queda en silencio, con los ojos llenándosele de lágrimas.

Las manos me hormiguean con el impulso de acercarme para abrazarla, pero me preocupa que me aparte de un manotazo.

—Me siento tan inútil —gimotea, cubriéndose el rostro con ambas manos—. Ni siquiera sé qué decirles a mi madre y a mi hermana. ¿Qué les digo?

—No digas nada —le aseguro en voz baja—.

No tienes que decir nada. Verán su propio dolor reflejado en ti.

No necesitarán preguntarte cómo estás ni tendrás que explicárselo porque lo sabrán.

Todas estáis sufriendo, todas sentís ese dolor.

Lo único que necesitas hacer ahora mismo es estar con ellas. Simplemente... estar presente.

—Siento que debería disculparme. —Mira los expedientes como una niña perdida—. Tengo que decirles que lo siento. Tengo que decirles algo.

Fenna no está buscando un fallo en el trabajo de otro médico ni un error cometido por un residente, porque ya ha decidido quién tiene la culpa. Está buscando qué hizo mal ella, algo que se le escapó o que debería haber detectado antes.