Rescatando Corazones (Sanando Corazones 1) Capítulo 22KRISTI
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Capítulo 22KRISTI

KRISTI

—Te acompaño hasta el coche —dice Fenna.

Son casi las nueve de la noche y, entre haber madrugado y el trabajo, estoy agotada.

—Gracias por la cena, señora Vargas. Estaba deliciosa.

—Me vuelvo hacia la anciana y se abalanza sobre mí para darme otro de sus abrazos de oso.

Aunque la forma en que se lanza sigue resultando un poco aterradora, la calidez que sientes cuando te tiene atrapada entre los brazos es bastante agradable.

Hay algo reconfortante en que te abracen.

—Llámame Yaya, ¿sí? Aquí siempre serás bienvenida y tienes que arreglarme las cerraduras con tu taladro —dice. Entonces tira de mi manga para obligarme a inclinarme y poder susurrarme al oído—. Ahora eres de la familia.

Se me forma un nudo del tamaño de una pelota de golf en la garganta y noto un hormigueo en la punta de la nariz.

Mierda, no quiero llorar. Instintivamente, me llevo un dedo a la nariz y presiono con fuerza la punta mientras respiro tan hondo que se me llena el estómago.

Es lo único que recuerdo de las dos sesiones de terapia cognitivo-conductual a las que asistí en la universidad, pero me salva la vida cuando necesito mantener el control.

Como por arte de magia, la oleada de emoción desaparece y le dedico una sonrisa dulce antes de ponerme la chaqueta.

Me da vueltas la cabeza. La abuela de Fenna es encantadora y me ha hecho sentir bienvenida, pero yo no soy la novia de su nieta.

No sé qué le habrá contado Fenna y, por muy agradable que sea la anciana Bernie Vargas (Yaya), no es mi familia.

Mientras camino hacia el coche con Fenna detrás, sé que la temperatura ha descendido, pero apenas noto el cosquilleo del frío en los dedos porque toda mi atención está concentrada en el pánico creciente.

No puedo hacer esto. No es que estemos haciendo esto, sea lo que sea.

Compartimos un par de días y algunas noches, pero eso no significa...

Mierda, por eso nunca repito. Por la misma razón que no puedo dejarme arrastrar por todas las emociones que Fenna, la dulce y preciosa Fenna, libera en mi interior cada vez que la veo.

—Kristi, espera. Siento lo de Yaya. A veces se deja llevar un poco. —Alarga la mano y la apoya sobre mi hombro, pero me la quito de encima inmediatamente. Tengo que ser fuerte.

—No sé qué le has contado, Fenna, ni qué crees que está pasando, pero tienes que tener algo muy claro.

Nos acostamos unas cuantas veces y eso fue todo.

No significó nada. —La mentira sale a trompicones de mi garganta y crea de inmediato un fino velo blanco en el aire helado de la noche.

Esto no es lo que quiero decir, pero es lo que necesito decir por el bien de las dos.

Saco del bolsillo las llaves del Honda y miro hacia ella.

Incluso bajo la tenue luz de la farola veo cómo se le llenan los ojos de lágrimas.

¿Cómo puedo hacerle esto? No se lo merece. No, se merece algo muchísimo mejor, pero precisamente por eso lo hago: porque merece más, más de lo que yo puedo darle. Es mejor arrancar la tirita ahora. Sé que duele, pero no es nada comparado con el mundo de sufrimiento que llegará tarde o temprano.

—Fenna, fue divertido mientras duró y...

—Estás casada, ¿verdad? ¿Tienes una esposita encantadora escondida en casa mientras tú ligas en tus viajes? —Veo la rabia en sus ojos y me deja conmocionada. No me esperaba esto.

—¿Q-qué? —tartamudeo, aturdida por la acusación.

—¿O es un marido? Sí, eso tendría sentido.

—No estoy casada. —Mi respuesta sale con más fuerza de la que pretendía, impulsada más por la sorpresa que por la indignación—.

¿Porque alguien no quiera mantener una relación contigo tiene que estar casado?

¿Eso es lo que piensas? ¿Hasta qué punto tienes que ser arrogante para dar algo así por sentado?

Le tiembla el labio y las lágrimas que llevaba conteniendo empiezan a caer una tras otra.

Solo nos separa un palmo, ahora que la rabia ha cerrado el espacio entre nosotras, y lo único que quiero es rodearla con los brazos y decirle que lo siento.

Que la quiero. Que, en las pocas horas que hemos compartido hoy, su abuela me ha hecho sentir más parte de una familia de lo que me he sentido en casi veinte años, y que eso es todo lo que siempre he deseado...

Pero no puedo. No puedo decírselo, aunque sea lo que grita mi corazón, porque nadie debería quererme.

Nadie debería tener que sentir ese dolor.

—Lo siento —murmuro mientras el corazón se me rompe en mil pedazos—. No quería hacerte daño.

Abro la puerta del coche, entro y arranco el motor. Veo a Fenna sollozando, destrozada y sola en la acera, y sé que jamás me lo perdonaré.