Capítulo 21FENNA
FENNA
Es increíble cómo algo tan sencillo como no tener tu teléfono puede trastocarte el día por completo.
Quiero decir, no es que no tuviera teléfono, porque sí tenía uno, pero no era el mío, sino el de Yaya.
Solo pasé un momento para dejarle unos libros de bolsillo que mi madre había estado reuniendo para ella y, de alguna manera, nuestros teléfonos se confundieron.
No me di cuenta de que el móvil que llevaba agarrado no era el mío hasta que esta mañana oí mi nombre por los altavoces de la cafetería del personal, pidiéndome que me pusiera en contacto con pediatría.
—Yaya, soy yo —grito mientras abro las puertas cristaleras que comunican con el patio.
No paro de decirle que cierre esta puerta con llave, pero nunca me hace caso.
«Se atasca», me repite una y otra vez. Incluso le he propuesto pedirle a uno de los trabajadores de mantenimiento del hospital que pase a revisarla después del trabajo, pero no quiere escucharme.
Ella y Tata compraron esta casa hace más de cincuenta años por una cantidad insignificante según los precios actuales.
Aquí crecieron mi padre, mis tíos y mis tías, y también es donde muchos de mis primos y yo hemos pasado gran parte de nuestras vidas.
Cada centímetro contiene recuerdos para toda nuestra familia, pero para nadie tantos como para Yaya.
Las marcas a lápiz con nuestras edades y estaturas siguen en la pared de la cocina, y ella añade otras nuevas con cada cumpleaños de todos mis sobrinos.
Oigo voces y me detengo un instante para intentar averiguar de dónde vienen.
Echo un vistazo a la cocina, donde el olor del arroz con frijoles de Yaya hace que de repente me entre hambre.
Sobre la encimera está su mejor vajilla, el juego que el jefe de Tata les regaló cuando se casaron.
Tiene que tratarse de alguien especial para que se haya tomado tantas molestias.
La última persona que recibió el tratamiento de la mejor vajilla fue el arzobispo, cuando vino acompañado por el sacerdote de la parroquia para pedir un donativo destinado a restaurar las vidrieras.
—Fenna, ¿eres tú? Estamos aquí —grita.
Menos mal que soy yo, Yaya , pienso mientras me dirijo hacia el gran salón situado en la parte delantera de la casa.
Mi abuela está sentada en el sofá con una pila de viejos álbumes de fotos delante, uno de ellos abierto sobre el regazo.
A su lado hay una mujer más joven a la que no reconozco, o al menos no consigo verle la cara porque tiene el cuerpo vuelto de espaldas a mí y orientado hacia Yaya.
Su pelo tiene el mismo intenso tono rojizo que el de Kristi y no puedo evitar sentir una breve punzada en el corazón al recordar cómo brillaba bajo el sol.
—Perdona. No sabía que tenías visita, Yaya. Solo he venido a devolverte el teléfono. —Lo levanto como si estuviera mostrando una prueba fundamental ante un tribunal.
—Qué raro que se confundieran —dice con expresión inocente .
—Mmm, ¿cuándo cambiaste la funda rosa intenso con el arcoíris? —pregunto mientras avanzo.
Mi abuela nunca ha sido una mujer de medias tintas, así que una sencilla funda negra parece muy poco propia de ella, pero también es una mujer que nunca deja de sorprenderme. Solo entonces vislumbro el perfil de la pelirroja y el corazón me da un vuelco. Juraría que el parecido es...
—Fenna, cariño, he preparado demasiados bollos de canela, así que, cuando me di cuenta de que te habías dejado el teléfono, pensé que podía invitar a Kristi.
Abro la boca y me quedo mirándolas. Allí está Kristi, sentada frente a mí con Yaya, comiendo bollos y mirando fotografías de...
mí a los tres años. El cerebro se me bloquea, incapaz de decidir qué hacer a continuación.
¿Le quito el álbum para impedir que siga pasando las páginas y descubra mis fotos con aparato dental, el pelo teñido y encrespado con plancha y unas mechas estilo mofeta?
Seamos sinceras, los años dos mil no favorecieron a nadie.
¿O la abrazo porque, a pesar de la sorpresa de encontrarla sentada en el sofá de mi abuela, noto un burbujeo de emoción creciendo en el estómago al volver a verla?
Podría hacer cualquiera de esas cosas, pero no hago nada.
Como una pasmarota, me quedo allí con la boca abierta, sin moverme ni decir una palabra.
Parpadeo deprisa, intentando reiniciar el cerebro, pero cuanto más tardo en comportarme como un ser humano normal, más incómoda parece Kristi.
—Debería marcharme —murmura Kristi, apartando la mirada de mí para volverla hacia mi abuela.
—No puedes. He preparado mi gallo pinto. Comeremos juntas —declara Yaya—. Fenna, ¿dónde están tus modales?
—Perdona, Yaya —murmuro porque, incluso pasados los treinta, el tono de reproche de su voz me devuelve a aquella niña culpable de cinco años que rompió una de sus ventanas con una pelota de béisbol—. Me alegra verte, Kristi .
Yaya se pone en pie, enderezándose hasta alcanzar sus cuatro pies y diez pulgadas de estatura, y se pasa las palmas por la parte delantera de los pantalones amarillos para alisar cualquier arruga. No hay ninguna porque el crimplene no se arruga.
—Tengo que comprobar la cena. Te quedarás, Kristi, ¿verdad?
Kristi mira primero hacia mí, después hacia Yaya y otra vez hacia mí. Cuando comprende que no es una pregunta, asiente y mantiene mi mirada hasta que Yaya se dirige a la cocina y nos deja solas.
—Lo siento muchísimo. No tenía forma de saber que haría algo así. Cogí su teléfono pensando que era el mío y... —Me encojo de hombros, suplicándole con la mirada y esperando que comprenda que esto no ha sido cosa mía. Nunca la habría puesto en esta situación.
—Lo entiendo. Aunque no estoy segura de que lo de los teléfonos fuera un accidente —dice entre risas.
—Mmm, yo también tengo mis dudas. ¿Qué te dijo para conseguir que vinieras? —Tengo que preguntarlo porque estoy bastante segura de que cualquier petición mía no habría sido aceptada con tanta facilidad.
Kristi piensa durante un momento y después arruga la cara.
—No fue tanto lo que dijo como lo que no me dio tiempo a decir. Todo ocurrió muy deprisa. En un momento estaba contestando al teléfono y al siguiente ya se despedía, aunque no sin decirme antes que me diera prisa porque nuestros bollos estaban listos.
Hago una mueca, comprendiendo perfectamente lo fácil que resulta que una anciana nicaragüense se apodere de tus planes para el día.
—Es persuasiva y le encanta dar de comer. —Le dedico una sonrisa resignada y pongo los ojos en blanco, aunque con cariño.
—Y te quiere mucho. —Las palabras de Kristi vuelven a pillarme un poco desprevenida y frunzo el ceño, preguntándome qué se habrán dicho antes de que yo llegara.
—¿Qué te ha...? —Pero, antes de que pueda terminar, Yaya aparece en la puerta, quitándose el delantal por encima de la cabeza y con una expresión más que satisfecha consigo misma.
—Todo está preparado. —Sonríe y junta las manos como si aplaudiera su propio logro antes de volverse para guiarnos hacia la gran cocina—. Vengan.
Apenas tengo tiempo de agradecer que no haya puesto la mesa con la mejor cubertería de plata cuando Kristi se inclina para susurrarme al oído al pasar junto a mí.
—Tenemos que hablar.
Las palabras que nadie quiere oír jamás.