Capítulo 20YAYA
YAYA
Reconozco que cambiar el teléfono de Fenna por el mío quizá haya sido un poco travieso, pero ¿qué otra cosa podía hacer?
Fenna llevaba demasiados días abatida como para que yo no interviniera.
Ese es el problema de las jóvenes de hoy, que pasan demasiado tiempo preocupándose por cosas que no requieren pensar tanto.
Usan la cabeza cuando esta no puede mostrarles el camino.
Las aleja de donde necesitan estar. No puedo quedarme de brazos cruzados y seguir observando cómo desperdician algo que ninguna de las dos puede permitirse perder.
Así que pedí una funda nueva, exactamente igual que la de Fenna, y me la trajo ese amable hombre de Amazon que siempre va silbando.
Es educado, alto y tiene una buena mata de pelo oscuro.
No paro de decirle que, si a mi nieta le gustaran los hombres, se lo presentaría.
Eso parece hacerle gracia, pero es verdad.
Algún día será un marido excelente para alguien.
Por supuesto, sé que está soltero porque se lo pregunté .
En fin, pedí la funda y él me ayudó a ponérsela al teléfono. Le expliqué que era para ayudar a Fenna, mi nieta, a hablar con alguien a quien amaba, pero me miró con cierto escepticismo antes de preguntarme cómo sabía que estaba enamorada. Me reí.
—Lo veo en sus ojos —le dije—. Quizá ella no lo sepa, pero le brillan los ojos cuando habla de esa mujer. Hacía muchísimo tiempo que no veía algo así, quizá no lo había visto nunca. Por eso lo sé.
Asintió pensativo, de una forma que me indicó que quizá él también amara a alguien. Fuera quien fuera, me gustaría conocer a esa persona, porque él también merece a alguien con buen corazón.
Esa era la única parte que había planeado.
Todo lo demás ocurrió por pura suerte o quizá porque estaba destinado a suceder.
No esperaba que Fenna viniera aquella mañana, aunque me alegré muchísimo de verla y todavía más cuando se quedó a tomar café.
Siempre se queja de que lo tomo demasiado dulce.
«Piensa en tu corazón, Yaya», dice, y yo le respondo que llevo más de ochenta años viviendo con mi corazón y lo conozco mejor que nadie.
Puedo soportar el azúcar... pero tanto alboroto, no.
Sin embargo, sabía que se preocuparía todavía más si intentaba subirme a una silla para alcanzar el estante superior.
«Quiero preparar bollos», le dije. «Necesito la canela».
Tal y como sabía que haría, insistió en agarrarla por mí, así que, cuando se subió a la silla, levanté su móvil y dejé el mío exactamente en el mismo lugar. Fue muy fácil.
Más tarde me sentí un poco culpable cuando vibró y comprendí que otro médico estaba intentando localizarla, pero para entonces no podía hacer otra cosa que enviarle un mensaje a Kristi.
Toqué el símbolo blanco que parecía un teléfono antiguo y después bajé por todos los nombres hasta encontrar uno que decía Kristi.
Había un pequeño corazón rojo después de su nombre y, en cuanto lo vi, supe que estaba haciendo lo correcto.
Necesité muchos mensajes y llamadas para ponerme en contacto con ella.
Lo sé porque tuve que perderme mi clase de circuito de Silver Sneakers, lo que fue un poco decepcionante, ya que me habrían dado la insignia de asistencia perfecta con una sesión más, pero sobre todo porque sabía que Samuel Smith, un viudo de Franklin Street, estaría allí.
Todavía conserva algunos dientes propios y, cuando enciende los audífonos, me hace reír.
Creo que algún día también lo invitaré a comer bollos, pero solo si esa bruja de Barbara no me lo roba antes.
Ha estado con todos los hombres de nuestra clase, algunos más de una vez.
Pero ahora eso no importa. Coloco el último bollo en el plato y me lamo el glaseado líquido del dedo.
Todo está preparado. También he hecho gallo pinto para cenar, pero no se lo mencionaré cuando llegue.
Asiento para mis adentros antes de lavarme rápidamente las manos y volver a ocupar mi puesto junto a la ventana.
Esta será la cuarta vez que compruebo si ha llegado, pero nadie podría culparme.
No todos los días conoces a la persona que hace brillar los ojos de tu nieta.
Veo que se detiene un coche rojo pequeño y me pongo de puntillas para observar mejor a la conductora.
Es una mujer, pero no consigo distinguir mucho más. Iré a verlo.
Maldigo la pesada cerradura, pero consigo abrir la puerta justo a tiempo para verla abrir la del coche y bajar.
Lo agradezco porque significa que no tendré que sacarla de allí a la fuerza.
Su pelo rojo resulta muy llamativo incluso en un día tan gris.
Es alta, mide al menos cinco pies y seis pulgadas.
Eso está bien. Necesitamos más gente alta en nuestra familia.
—¡Hola, Kristi! —grito mientras me dirijo hacia la acera—.
¡Hola! —A medida que se acerca, compruebo que es todavía más alta de lo que pensaba y delgada, aunque tiene algo de carne en las caderas.
Eso también está bien. Las mujeres están guapas con las caderas redondeadas.
Es un poco mayor de lo que esperaba, pero no demasiado.
Abro los brazos por completo y avanzo hacia ella.
Siempre abrazo a la gente cuando la conozco, sobre todo cuando estoy emocionada, y hoy lo estoy.
Cuando la rodeo por la cintura y la abrazo, noto que su cuerpo se pone rígido.
¿Quizá sea un poco tensa? No pasa nada, porque podemos solucionar eso.
Retrocedo y estiro el cuello para mirar aquella melena roja y encontrarme directamente con los sorprendidos ojos azules de la mujer a la que ama Fenna.
¿Debería haberla abrazado? Esa es la pregunta que sigo haciéndome cuando llevo a la sala la bandeja cargada con las tazas, los platillos, los bollos y una cafetera llena de café dulce y humeante.
—Por favor, señora Vargas, deje que la ayude. —Kristi se levanta del sofá y el pelo le roza el hombro mientras alarga los brazos para quitarme la bandeja. Se lo permito. Pesa un poco más de lo que esperaba, así que agradezco sus buenos modales.
—Gracias, Kristi. Es muy amable por tu parte.
Ya veo por qué le gustas tanto a Fenna. —Me siento a su lado y me inclino sobre la bandeja, que ahora descansa en la mesita que tenemos delante—.
¿Café? —pregunto y, cuando asiente, nos sirvo una taza a cada una—.
Hay azúcar y crema. Sírvete lo que necesites.
Me sonríe, pero no se me escapa cómo levanta las cejas cuando añado la cuarta cucharadita de azúcar a mi café.
—Así está perfecto —me dice, y no pierdo tiempo antes de darle uno de mis bollos.
Kristi hace sonreír a mi corazón. Se ha comido dos bollos y me ha contado todo sobre sus aventuras volando.
Se le da bien manejar un taladro e incluso se ha ofrecido a ayudarme a arreglar la cerradura de la puerta.
No podría haber elegido a nadie mejor para Fenna y, después de la hora que hemos pasado juntas, sé que forman una buena pareja .
—A Fenna le gustas muchísimo —le digo, haciendo caso omiso de que sus ojos se abren de par en par al oír la noticia—.
Serás una buena incorporación a nuestra familia.
Ahora, he pensado que quizá te gustaría ver esto.
—Saco los viejos álbumes de fotos del lateral del sofá, donde los había dejado antes, y me deslizo por el asiento para que quedemos sentadas muy juntas.
Abro uno y lo extiendo sobre nuestros regazos.
—Señora Vargas, creo que quizá se haya equivocado de...
—¿Equivocado de qué, dulzura? —Espero una respuesta, pero vacila, y entonces veo la fotografía—.
Ay, mira esta. Fue su primera fiesta de cumpleaños.
Era un bebé precioso, con muchísimo pelo oscuro, igual que su padre.
—Señalo la fotografía—. Estos son Alex, Joseth, Maxie, Leana, Omar, Ashley, Kitty, Danny y Tyler.
—Paso el dedo de izquierda a derecha por las caras de algunos de mis nietos—.
Estos son algunos de los primos de Fenna.
El Tata de Fenna y yo tuvimos siete hijos.
Tres niños y cuatro niñas. Fuimos muy afortunados y ahora tengo veintiséis nietos y más de veinte bisnietos.
Cuesta acordarse de todos, pero recuerdo sus cumpleaños porque los tengo apuntados en el calendario.
Fenna siempre ha sido mi favorita, pero no puedo contárselo a nadie.
—El pecho se me llena de orgullo. He recibido muchas bendiciones y sé que Tata sentiría lo mismo.
Me lo imagino contemplándonos desde arriba y protegiéndolos.
Manteniéndonos a todos a salvo, sobre todo a Flora.
—Tienes una familia preciosa, Bernie —dice Kristi, pero, cuando levanto la mirada de las fotografías, parece tener los ojos un poco húmedos.
—Dulzara, ¿qué te ha puesto así? —Le tomo la mano y la sostengo entre las mías.
No sé qué he dicho, pero no quiero que llore.
Niega con la cabeza, haciendo que aquel precioso pelo rojo se mueva con suavidad.
Parece una de esas jóvenes de los anuncios de champú, pero menos feliz.
Entonces se aclara la garganta y habla o, al menos, creo que eso es lo que intenta hacer, pero no le sale ninguna palabra.
—Ay, por favor —digo, sacando el pañuelo blanco y limpio que llevo metido en el puño de la blusa—. Toma. —Lo toma con una mano y parece un poco insegura—. Está limpio —le aseguro, pero deja la otra mano entre las mías.
—Lo siento. No sé por qué me estoy poniendo así. Creo que estaba pensando en mi familia. —Se seca una lágrima de la mejilla y sorbe por la nariz.
—¿Tú también tienes una familia grande?
—No, Dios, no. Solo éramos mi madre, mi abuela y yo. —Sonríe, pero ese éramos me preocupa y sé que no podré evitar preguntar.
—¿Y ahora?
—Ahora solo quedo yo. Soy la única que sigue aquí.
—Varias lágrimas más resbalan por las mejillas de Kristi y esta vez alargo una mano para secárselas, pero ella se aparta, casi avergonzada por lo que ha compartido conmigo.
La observo tomar el pañuelo y sonarse la nariz como si estuviera expulsando aquella emoción no deseada dentro del pequeño cuadrado blanco.
Esta chica necesita que la abracen, que la cuiden.
Necesita una familia. Nos necesita a nosotros.
—Y ahora formas parte de nuestra familia —le digo—. Nunca estás sola cuando estás con un Vargas. —Le doy unas palmaditas en la mano que aferra el pañuelo y oigo el débil chasquido de las puertas del patio.
—Yaya, soy yo —grita Fenna. Mi tesoro siempre aparece en el momento oportuno, igual que su padre.