Capítulo 19KRISTI
KRISTI
El vuelo de regreso desde Costa Rica ha sido tan tranquilo como todos los demás que he hecho durante los últimos diez días, pero al menos me siento recargada después de la paliza de los vuelos a Australia.
Quince horas de ida y catorce de vuelta son una paliza incluso con una escala, pero Diego, Luz y la manada me han recargado las pilas.
A pesar de haber trabajado en el vuelo desde San José, sigo sonriendo mientras me despido de los pasajeros que desembarcan.
Cuando se marcha el último rezagado, abro el compartimento y saco el bolso. Por pura costumbre, hago lo primero que hago siempre: enciendo el móvil. Una serie de pitidos llena el aire.
—Alguien es muy popular —se burla Marc, uno de mis compañeros.
—Ja. Ojalá fuera verdad. Probablemente sean avisos meteorológicos o Nordstrom informándome de su última oferta.
Te garantizo que no será nada interesante.
En mi vida, no. —Me río y después miro el teléfono para descubrir seis mensajes nuevos de Fenna.
Se me oprime el pecho. ¿Está bien? Es verdad que hemos intercambiado algún que otro mensaje, pero seis nuevos son muchos.
—¿Vienes? —pregunta Marc, expectante, mientras recoge la bandolera y se la cuelga del hombro.
—¿Qué? Eh, sigue tú y ahora os alcanzo. Tengo que comprobar una cosa.
Asiente, da una vuelta exagerada al estilo de RuPaul y sale del avión para recorrer a toda velocidad la pasarela e intentar alcanzar a los demás.
Respiro hondo, toco la pantalla y me preparo para lo que sea que estoy a punto de descubrir.
Pero lo que leo ni siquiera se acerca a nada que hubiera podido imaginar.
Enviado por Fenna, 10:11
Hola, Kristi. Perdona que me ponga en contacto contigo de esta manera, ya que no me conoces.
Soy Berenice Vargas. Conoces a mi nieta, Fenna.
No te preocupes, está bien y a salvo, pero se ha dejado el teléfono conmigo y, como me ha hablado tanto de ti, he pensado que sería bueno que nos conociéramos. Bernie Vargas.
Enviado por Fenna, 10:30
Te prepararé bollos de canela.
Enviado por Fenna, 10:40
Y café. ¿Te gusta el café?
Enviado por Fenna, 11:05
Mi dirección es 866 Milwaukee Street.
Enviado por Fenna, 13:38
Si no te gustan los bollos de canela, puedo preparar tamales.
Enviado por Fenna, 14:24
Dime cuándo.
Miro fijamente el teléfono, sin saber muy bien qué pensar de aquella avalancha de mensajes.
Evidentemente, estoy sorprendida y un poco divertida.
Mi abuela siempre se interesaba por mi vida y mis amistades, pero no estoy segura de que hubiera llegado tan lejos para saludar a alguien.
Aun así, resulta entrañable. Me pregunto si Fenna lo sabe.
No puedo mandarle un mensaje para averiguarlo porque no tiene el teléfono.
Justo cuando estoy pensando qué responder, o si debería hacerlo, suena el móvil.
Fenna Vargas, anuncia la pantalla junto a los símbolos rojo y verde para rechazar o aceptar la llamada.
Mi pulgar permanece suspendido sobre ellos mientras intento decidir qué hacer, pero Charlie, el primer oficial, pasa a empujones a mi lado y me golpea el hombro, haciendo que el pulgar toque el círculo verde y tome la decisión por mí.
—Perdona, Kristi —murmura, levantando una mano para disculparse mientras sigue al resto de la tripulación. Asiento en respuesta y me llevo al oído el teléfono, con la llamada ya conectada.
—Hola. —Mi voz suena vacilante, algo poco sorprendente teniendo en cuenta que los familiares octogenarios de mis conquistas de una noche no suelen llamarme. Pero Fenna no había sido una aventura de una noche...
—¿Eres Kristi? —El temblor de la edad vibra en su pregunta.
—Sí, y tú eres Berenice, ¿verdad? —Me cuelgo el bolso del hombro y, con el teléfono pegado al oído, empiezo a subir por la pendiente de la pasarela. Soy la última en salir y el equipo de limpieza ya está trabajando a pleno rendimiento.
—Llámame Bernie. Todo el mundo lo hace. ¿Estás volando? —pregunta, haciéndome sonreír.
—No, acabamos de aterrizar. Tus mensajes acaban de llegarme.
—Pensaba que las normas serían diferentes para ti.
—No, somos iguales que los demás. Tenemos que apagar los teléfonos cuando estamos trabajando. —Sonrío al pensar en lo adorable que es esta mujer, igual que su nieta.
—¿Estás libre ahora? —La pregunta de la anciana me pilla desprevenida y busco una respuesta a trompicones .
—Sí, pero acabo de aterrizar y esperaba...
—Ven ahora. —Su tono indica que no es una pregunta.
—Tendría que cambiarme y...
—Bien. Te veré pronto. ¿Te gusta el café?
—Sí, pero...
En el otro extremo de la línea suena un pitido agudo, seguido de unos ruidos.
—Nuestros bollos están listos —anuncia—. Lo tendré todo preparado. Ahora tengo que dejarte. —Oigo lo que creo que es un débil adiós antes de que se corte la llamada.
Si recojo la maleta, me cambio, cojo el coche y voy directamente hasta allí, todavía podría avanzar un poco más con la cocina...
Pero, joder, no era así como pensaba pasar el resto del día.
Sigo un poco perpleja por la forma en que me he dejado arrastrar a esta visita improvisada, pero todo ha sucedido muy deprisa.
Lo único que está claro es que la abuela de Fenna sabe muy bien lo que hace.
Para cuando recojo la maleta, encuentro un baño para el personal donde cambiarme y llego hasta el coche, estoy temblando.
El invierno está a la vuelta de la esquina y con él su mordisco crudo.
El salpicadero indica que estamos a treinta y ocho grados Fahrenheit.
No me extraña que tenga la piel de gallina.
Me inclino hacia el asiento trasero, cojo el plumífero de Save The Duck y meto los brazos en él al mismo tiempo que arranco el motor.
Conecto el teléfono al coche e introduzco la dirección que me ha dado la abuela de Fenna.
Es una buena zona de la ciudad, justo a este lado del Jardín Botánico y, según Google Maps, el tráfico empieza a intensificarse, así que me espera un trayecto de cuarenta y seis minutos.
Suspiro al pensar en lo mucho más fácil que sería volver a casa, a Parker, en las afueras, pero, si termino pronto, quizá todavía pueda montar al menos un armario esta noche.
No soy precisamente una carpintera profesional, pero sé defenderme con un taladro y un destornillador eléctrico.
Así es como esperaba pasar el día, pero, contra toda lógica, me dirijo a casa de la abuela de Fenna porque... no sé por qué.
Son casi las cinco de la tarde cuando Google Maps me informa de que he llegado a mi destino.
Aparco mi Honda rojo junto a una señal que indica un límite de veinte millas por hora durante el horario escolar, aunque a estas horas ya no tengo que preocuparme por eso.
La casa tiene cierto aire colonial español, con alegres contraventanas verdes y un tejado de tejas de barro rojo.
Está situada en una esquina y enmarcada por dos árboles altos que se alzan en los extremos de un césped perfectamente cuidado.
Dejo escapar un silbido largo y bajo, preguntándome si debería haber vuelto a casa para ponerme algo un poco más formal y más limpio.
No puedo estar segura, pero sospecho que la abuela de Fenna ha estado vigilando mi llegada, porque apenas he puesto el freno de mano cuando la gran puerta de madera se abre y deja ver a una mujer mayor, diminuta y sonriente, vestida con unos pantalones de color amarillo intenso y una blusa escarlata.
Ahora ya no puedo echarme atrás.