Capítulo 17FENNA
FENNA
—¿Podríamos coger una habitación aquí para pasar la noche? —Los ojos azules de Kristi centellean por encima del borde de su copa de vino—. No me marcho hasta mediodía y podríamos volver a Santiago en autobús.
No hay nada que me apetezca más que pasar más tiempo con ella.
Sería el final perfecto para un día perfecto, y lo mejor de todo es que ha sido completamente improvisado.
Mike, mi antiguo mentor y el director de la operación de corazón que me trajo hasta aquí, me envió un mensaje para preguntarme si quería acompañarlos, a él y a su marido David, en una visita a Valparaíso.
David acompaña a Mike a cualquier sitio que considera lo bastante exótico y parece que esta pequeña localidad pesquera estaba en su lista de lugares imprescindibles.
Habían alquilado un coche y, cuando pregunté si había sitio para una persona más, empezó el interrogatorio.
¿Quién es? ¿Cuánto tiempo lleváis viéndoos?
Intenté esquivar las preguntas que llegaban a toda velocidad a mi teléfono mientras estábamos tumbadas en la cama anoche, pero esta mañana se desquitaron durante el trayecto en coche.
Me preocupaba un poco que aquello pudiera irritar a Kristi o, peor aún, asustarla, pero se lo tomó todo con naturalidad.
Sin embargo, nos libramos de la peor parte del interrogatorio cuando los carabineros pararon a David por girar a la derecha en un semáforo.
Por suerte, eso hizo que volviera a concentrarse en la carretera.
Y aquí estamos, la mujer que me ha poseído en casi todas las posturas sexuales imaginables durante las dos últimas noches y yo, bebiendo vino y mojando trozos de pan crujiente en lo que queda de la salsa de la paila marina.
Contemplo los veleros que se mecen en el puerto deportivo y pienso en lo increíble que sería coger una habitación.
Decidir espontáneamente abandonar a Mike y David para disfrutar de otra noche de deseo desenfrenado en una ciudad nueva.
Pero yo no soy así. No abandono mis responsabilidades para mantener encuentros ilícitos con mujeres arbitrarias.
O no lo hacía antes de conocer a Kristi...
Pero mis sentimientos por ella no tenían nada de arbitrario.
—Van a recogerme a las ocho de la mañana. Nos dirigimos a otro campamento que está un poco más lejos de la ciudad. —El rostro se me arruga en una mueca de disculpa—. Lo siento.
Se encoge de hombros.
—No pasa nada. Lo entiendo. No soy tan atractiva como un grupo de futbolistas de tres años.
—Su guiño me indica que estamos bien, que de verdad lo comprende.
Mira el reloj—. Ya casi es la hora. David girará a la derecha intentando escapar de la policía local.
Si tenemos suerte, quizá reduzca la velocidad lo suficiente para que saltemos a la parte de atrás.
Me río, como parece que hemos hecho durante todo el día, y eso elimina cualquier posible incomodidad, dejándonos sonriendo la una a la otra como un par de adolescentes tontas.
—¿Volverás conmigo esta noche, a mi hotel?
—Ahora sí que me siento como una adolescente torpe y el rubor me asciende por el cuello hasta instalarse en las mejillas—.
Si no quieres, no pasa nada. —Agito una mano con indiferencia, como si mi pregunta y su respuesta no importaran...
Pero importan. Importan muchísimo, porque, si no dice que sí, no sé qué haré.
No estoy segura de que pueda respirar. Cuando la esperanza me obliga a levantar la vista, encuentro su mirada y veo que sus ojos sonríen.
—Me gustaría. Mucho —me dice, y el corazón se me dispara e, irónicamente, me emociono tanto que me olvido de respirar.
—Deberíamos pedir la cuenta —digo entre jadeos rápidos y, en mi desesperación por llamar la atención del camarero, casi vuelco la silla hacia atrás. Me libro de seguir haciendo el ridículo cuando tres fuertes bocinazos atraen la atención de todo el mundo. Nuestro transporte ha llegado.
Pagamos la cuenta y salimos en tiempo récord, lo cual es una suerte porque vemos el trasero de otro carabinero asomando por la ventanilla del conductor del coche de alquiler de David.
Se retira rápidamente cuando nos ve subir al asiento trasero, les desea buenas noches y nos deja con cara de perplejidad.
—No pregunten —dijo Mike, negando con la cabeza.
—¡Pregunten! —exclama David—. Todavía conservo mi encanto.
—Le da unas palmaditas en la pierna a Mike—.
Todavía le queda cuerda a este viejo. —Mira por el retrovisor mientras se aleja del bordillo sin comprobar el tráfico ni señalizar y anuncia con orgullo—: Estaba negociando un pequeño trío.
Bueno, un cuarteto, si contamos su enorme porra.
—¡David, mira la carretera! —grita Mike cuando el pequeño coche plateado pasa tan cerca de un anciano que su cortinilla parece apartarse de un salto.
Los últimos rayos del sol de la tarde rebotan con tanta intensidad sobre su cabeza brillante que probablemente sea visible desde el espacio.
Intentamos no reírnos mientras sus manos vuelan por el aire, tratando desesperadamente de recuperar el control de aquellos caprichosos mechones teñidos de negro, pero la imagen resulta demasiado cómica y hasta a Mike le corren lágrimas de risa por las mejillas.
Los últimos días estaban resultando ser el tónico que necesitaba después de unas semanas bastante estresantes, pero, con Flora recuperándose y tras haber conectado con Kristi de una forma que ni siquiera sabía que fuera posible, parece que las cosas empiezan a mejorar.
—Fenna, ¿cómo está Flora? Estuve hablando con Steven James el otro día y mencionó que las cosas parecían ir mejor.
—Mike hacía esto a menudo: empezaba a hablar de repente de algo en lo que yo había estado pensando unos instantes antes.
Cuando lo conocí, me asustaba muchísimo, pero, después de varios años, acabé aceptándolo como una especie de intuición queer.
Steven James es el cirujano pediátrico de Flora y el hombre en quien no tuve más remedio que depositar toda mi confianza, aunque eso no me impidió revisar minuciosamente cada una de sus notas quirúrgicas.
La verdad es que siempre habría escogido a Mike antes que a Steven, pero ahora Mike pasa tanto tiempo viajando con David que no dispone de la disponibilidad constante que exige el estado de Flora.
Por el rabillo del ojo veo a Kristi mirándome y comprendo que se estará preguntando quién es Flora. Nunca le he hablado realmente de ella, aunque no porque esté ocultando nada. Es una conversación más seria y hasta ahora no había surgido.
—Está bien. La operación de la comunicación interauricular salió mejor de lo esperado, tiene más apetito y está ganando peso, así que todas las señales son buenas.
Sophia sigue un poco preocupada por la cicatriz, pero solo ha pasado un mes y la herida todavía se está curando.
Creo que repetí lo mismo que dijo Steven cuando fue a hacerse el ecocardiograma la semana pasada, así que eso ayudó a tranquilizarla.
Lleva casi un año viviendo con el estrés de preguntarse qué vendrá después, así que no puedo culparla cuando está demasiado asustada para creer que estamos ganando.
Mike asiente con su habitual aire de sabiduría y, por una vez, agradezco que David no suelte ninguna ocurrencia frívola.
—Flora es mi sobrina —le explico a Kristi—. Solo tiene diez meses, pero nació prematura, así que ha tenido que luchar para superar muchas... complicaciones.
—No lo sabía. Lo siento —dice en voz baja antes de cogerme la mano y apretarla.
Veo a Mike observar el contacto y hacer un gesto de aprobación casi imperceptible.
Me alegra que la conversación se aleje de Flora y vuelva a algo más ligero. Quizá mi hermana no sea la única que tiene miedo de creer.