Capítulo 16FENNA
FENNA
El techo amarillo del Taxi aparece por encima del pequeño muro de la escuela y salgo corriendo a recibirlo con unas piernas que todavía no siento como mías.
Ver a Kristi recién duchada, vestida con unos vaqueros desgastados y una vieja camiseta de algodón con la portada de un disco, casi me hace babear.
Puede que ronde los cuarenta, pero desprende un aire desenfadado y descarado del que no me canso y, cuando me ve, una sonrisa enorme le ilumina el rostro.
—¿Nos has encontrado sin problemas? —digo, afirmando lo más obvio del mundo, pero necesito decir cualquier cosa para ganar el tiempo suficiente para que el corazón vuelva a latirme.
—Ajá. Le pasé tus indicaciones al conductor. Cuando le di la dirección, creyó que me había equivocado y no paraba de decirme que no quería venir hasta aquí. Tuve que convencerlo de que sabía adónde iba.
El sonido de las ruedas girando sobre el camino de tierra hace que las dos nos volvamos.
El conductor dirige una última mirada preocupada hacia Kristi antes de regresar por donde ha venido.
Pequeñas nubes de polvo y gravilla quedan tras él mientras se apresura a serpentear entre las construcciones precarias de madera y chapa ondulada que las familias de la zona llaman hogar.
Parece asustado, aunque probablemente él mismo esté a solo un paso de acabar viviendo en un lugar así, y esa idea asustaría a casi cualquiera.
Solo los asquerosamente ricos de sus apartamentos del centro parecen inmunes a este tipo de realidad.
Kristi mira alrededor, examinando la zona.
En este asentamiento de chabolas no hay dinero y muchos dirían que tampoco esperanza.
Los habitantes lo llaman Toma de terrenos por la rapidez con la que surgió el campamento.
El Gobierno intenta trasladar a las familias a viviendas permanentes, pero, con la misma rapidez con la que saca a unas, llegan otras nuevas.
La reacción de una persona ante lugares como este puede decirte mucho sobre ella y noto un aleteo nervioso en el estómago mientras evalúo la de Kristi, pero no se estremece ni hace ninguna mueca. En lugar de eso, asiente.
—Entonces, ¿dónde vamos a hacer esto?
Sabía que era de las buenas.
—Aquí dentro. —Atravieso un pequeño hueco entre los bloques de hormigón que forman el muro exterior del patio de la escuela—.
Ha venido más gente de la que esperábamos.
Parece que el programa educativo que llevan desarrollando durante las últimas semanas ha funcionado.
—Unos cincuenta niños, desde bebés que empiezan a caminar hasta críos de cinco o seis años, chillan y gritan mientras se persiguen por el pequeño espacio.
Dos voluntarias con camisetas de color azul brillante y un logotipo amarillo parecido al de la mía intentan mantenerlos entretenidos.
—Puedes ayudarme a mí o quedarte aquí —digo, señalando con la cabeza a varios niños que parecen estar luchando a muerte.
—Me iré contigo, si te parece bien. —Me dirige una mirada de falsa cautela que me hace reír.
—Claro. Sígueme. —Me abro paso entre los niños y entro en la caseta que hace las veces de aula y, hoy, también de clínica.
Allí tenemos las mesas y las sillas colocadas junto con todo el material—.
Los trabajadores sanitarios de la zona están ayudando a la gente, sobre todo a las madres, a rellenar unos cuestionarios.
Intentamos obtener un historial médico lo más preciso posible, pero la mayoría de las veces apenas hay información porque solo van al médico si se trata de algo que pone en peligro sus vidas.
De todos modos, preguntamos por alergias y demás para hacerles una evaluación tan completa como podemos.
Este es nuestro puesto. —Me siento en una pequeña silla plegable.
Aparece un niño de unos tres años que se aferra con fuerza a la mano de quien parece ser su hermano mayor.
Sonrío y cojo la documentación que me entrega María, la enfermera de la zona.
—Este es Mateo —me dice antes de explicarme su fecha de nacimiento y lo poco que se conoce de su historial médico—. Su madre estaba aquí, pero ha tenido que irse a trabajar. —Se encoge de hombros y se marcha para regresar al gentío que hay fuera de la caseta.
—Hola, Mateo. Me encanta tu camiseta —dice Kristi en español, para mi sorpresa, agachándose delante de él—.
Los Increíbles también son mis favoritos.
—El rostro de Mateo, surcado por las lágrimas, se ilumina con una sonrisa enorme y, sin perder el ritmo, Kristi se sienta y lo acomoda sobre sus rodillas.
No sé por qué, pero me sorprendo un poco.
No porque resulte impactante descubrir que habla español, sino por la naturalidad con la que trata a los niños.
Quizá se deba a su trabajo y a tener que atender a bebés mientras sufren las molestias en los oídos provocadas por la presión de la cabina, o quizá tenga un gran instinto maternal.
Mateo está tan embelesado con ella que apenas nota el pinchazo en el brazo cuando introduzco la aguja.
—Buen niño, Mateo —digo cuando termino de ponerle la vacuna y presiono una gasa con alcohol contra su piel, pero apenas me oye. Este pequeño soldado solo tiene ojos para Kristi. Igual que yo.
Kristi le da un caramelo de frutas y le dice que se porte bien mientras él se despide agitando la mano.
—Has estado genial con él.
—Suerte de principiante —responde, dedicándome un guiño rápido, pero, a medida que avanza el día, compruebo que no es cierto. Los niños la adoran y parece que ella también los adora a ellos.
A las cuatro de la tarde ya hemos atendido a todos los que estaban esperando y solo me queda encargarme del papeleo obligatorio.
Aunque el día ha sido largo y agotador, existe una verdadera sensación de que hoy hemos conseguido algo y noto el cálido latido de satisfacción que produce saber que hemos marcado una diferencia, por pequeña que sea.
—Los ángeles te han enviado a esa amiga —murmura María mientras recoge mis últimos documentos y vuelve a poner la tapa en el tarro, donde apenas quedan caramelos—.
Ahora está jugando al fútbol. Estoy segura de que no la dejarán marcharse.
—Sonríe y se coloca los documentos bajo el brazo—.
Yo me ocuparé de todo aquí. Creo que deberías rescatar a tu amiga.
Asiento, estiro los hombros y después sacudo las extremidades para librarme del cansancio.
La luz del sol me calienta el cuerpo mientras permanezco de pie observando cómo Kristi gira y cambia de dirección con el balón mientras niños de todas las edades, tanto chicos como chicas, gritan su nombre esperando recibir su próximo pase.
La adoran. Yo la a... Me detengo y aplasto el pensamiento antes de que termine de formarse. Eso es demasiado peligroso.
Sin embargo, lo que no puedo negar es que todo lo que siempre he querido es alguien como Kristi. Alguien que me haga reír, que sea amable y considerada, alguien que desee formar una familia tanto como yo. Pero ¿la desea ella?
Kristi se ríe cuando un niño diminuto la derriba con una entrada a ras de suelo y ella se tambalea hacia delante, intentando desesperadamente mantenerse en pie, hasta que cae de rodillas con el culo en el aire.
Ah, sí, esa era otra de las cosas de mi lista: tienen que ponerme.
Y sí, ella también cumple ese requisito.
No puedo evitar preguntarme si alguna vez se ha planteado tener hijos.
No es el tipo de conversación que hayamos mantenido nunca, pero tampoco es que tengamos una relación. Ella lo dejó muy claro.
Joder, si le preguntara por los niños, probablemente saldría corriendo.
—Eh, tú. —Kristi corre hacia mí, soplando hacia arriba para apartarse el pelo de la frente sudada. Cuando se da cuenta de que no se ha movido ni un solo mechón, se lo aparta con la mano—. ¿Has terminado? —pregunta con una sonrisa.
—Sí, estoy lista para irnos cuando tú quieras, pero ¿no tienes que terminar el partido?
Kristi mira hacia sus admiradores con tanta felicidad en los ojos que siento que el corazón está a punto de estallarme.
—Dame un minuto —dice antes de volver para hablar con su equipo. No oigo lo que les dice, pero después sigue una sucesión de choques de manos y no deja a nadie fuera. Joder, sería una madre estupenda.
—Soy toda tuya —anuncia cuando vuelve a centrar su atención en mí.
Ojalá fuera verdad.