Capítulo 15KRISTI
KRISTI
Sabes que esto es algo informal, ¿verdad? Mis palabras me resuenan en la cabeza. ¿A quién coño pretendo engañar? Sí, Kristi, sigue repitiéndote ese mantra, porque para el resto de ti ese tren ya ha pasado.
Contemplo mi ridículo reflejo en el espejo que hay sobre el lavabo doble.
—Dile la verdad —susurro.
—¿Estás bien ahí dentro? —me llama Fenna desde la otra habitación.
—Sí, estoy bien. Ya acabo.
—¡Espero que no, porque de eso me encargo yo!
—Se ríe de su propio chiste y las comisuras de mis labios se elevan en una sonrisa.
Por mucho que intente luchar contra lo que sea que existe entre nosotras, Fenna tiene una forma de derribar todas las barricadas que levanto.
Podría haberme alejado en cualquier momento.
En el avión podría haber sido educada, incluso simpática, y nada más.
Pero entonces volví y le dejé aquella nota.
Es como si estuviera embarcada en una especie de misión de autosabotaje.
Mi cabeza me dice, con toda lógica, que esto es una mala idea.
Joder, incluso noto cómo me absorbe, pero, cada vez que debería decir que no, de mi boca sale un sí.
—No pasa nada. Lo habéis hablado y las dos sabéis que esto es solo un lío.
Nos divertimos un poco y después se acabó.
Sin remordimientos ni despedidas. Simplemente seguimos con nuestras vidas como si nunca nos hubiéramos conocido.
Fácil —susurro mientras miro con severidad mi reflejo—. Te estás poniendo dramática.
—¿Estás hablando sola ahí dentro o has encontrado a otra mujer en mi baño?
Respiro hondo y decido disculparme y marcharme. Ya sé lo que estás pensando... «¿Qué coño? ¿Has perdido la cabeza?». Pero la respuesta es que, si no me alejo, eso es exactamente lo que ocurrirá.
Porque Fenna no es un ligue de usar y tirar. No se parece a mis encuentros fugaces habituales, alguien con quien puedes mantener las cosas informales, echar un polvo rápido y divertido y después marcharte sin pensarlo dos veces. No, ella no es eso. Así que solo puedo hacer una cosa.
Abro la puerta, firme en mi decisión, y me la encuentro tumbada en la cama con un conjunto a juego de sujetador y bragas de encaje negro, recorriéndome el cuerpo de arriba abajo con sus ojos oscuros.
Dios, la deseo. La necesito. Cualquier apariencia momentánea de resistencia se desmorona y sé que no sirve de nada luchar contra lo único que anhelo. Fenna.
Sin apartar los ojos de mí, se recuesta sobre los codos y separa las piernas.
No mucho, solo un poco, como si me susurrara una sugerencia al oído.
Hay algo tímido en ella que hace que toda la escena resulte todavía más irresistible, si es que eso es posible.
Antes de que pueda imponerse el pensamiento racional, la lujuria, y algo más, algo mucho más fuerte, me impulsa hacia la cama y hacia Fenna.
La beso profundamente y después me aparto, recorriéndole el labio inferior con la lengua para provocarla y disfrutando de la vibración del pequeño gemido que deja escapar.
Apoyo los brazos a ambos lados de su cabeza y, cuando nuestros labios se separan, me elevo un poco más para poder contemplar su belleza.
Unas cejas oscuras enmarcan unos ojos todavía más oscuros.
Unos ojos que me atraen y me retienen hasta que todo lo demás se desvanece en el olvido.
Labios carnosos y besables y, joder, hasta su nariz es adorable, pequeña y respingona.
Me cautiva por completo y, por más que lo intento, no entiendo qué ve en mí.
Pero el impulso de sus caderas, apretando el encaje húmedo contra mi muslo, me demuestra cuánto me desea.
Me estaba engañando si alguna vez creí que podría decirle que no a Fenna.
Me muevo despacio con ella, presionando mi peso contra su centro en una danza lenta y sensual.
Bajo la boca hasta su clavícula y voy depositando besos mientras nuestros cuerpos se mueven al mismo ritmo.
Recorro con los labios el contorno de su cuello y dejo que mi aliento acaricie su piel cálida y suave, disfrutando del estremecimiento que le recorre el cuerpo.
Podría pasarme horas moviéndome así con ella, convirtiéndonos en un desastre cálido y pegajoso a medida que aumenta el deseo, pero Fenna tiene otros planes.
—Kristi, tócame. —El temblor de su voz revela su necesidad más que las propias palabras, y cambio de postura hasta quedar tumbada entre sus piernas.
Bajo la mano y acaricio la piel suave de la cara interna de su muslo, provocándola mientras le separo todavía más las piernas.
Fenna se retuerce, desesperada por que mis dedos alcancen su centro, pero prolongo la caricia, hipnotizada por la mezcla de placer y necesidad que veo en sus ojos.
—Kristi, ¿por favor ?
No sé si es una pregunta o una súplica, pero no me contengo.
No podría hacerlo aunque quisiera, porque mi necesidad de estar dentro de ella es demasiado intensa para negarla.
Deslizo la mano bajo el encaje negro. Dios, está empapada.
Mis dedos resbalan sobre su clítoris hinchado, haciendo que eleve las caderas.
Después desciendo por aquella calidez suave, húmeda y resbaladiza hasta llegar al lugar donde necesito estar: dentro de ella.
Fenna jadea y yo cierro los ojos. Quiero grabar cada segundo en mi memoria, marcarlo a fuego en mi alma para no olvidarlo jamás.
Con cada movimiento profundizo un poco más, voy un poco más deprisa y curvo los dedos para dar justo en el punto.
El aire se llena de respiraciones rápidas y superficiales, interrumpidas por pequeños gemidos, y su cuerpo aprieta mis dedos, arrastrándome más adentro.
Sé que está cerca y no voy a contenerme porque necesito esto tanto como ella.
Deslizo el pulgar sobre su clítoris con movimientos firmes y bruscos, sin reducir el ritmo en ningún momento, hasta que se le corta la respiración y se corre con tanta fuerza que mis dedos tiemblan en su interior, fundiéndonos.
El corazón todavía me late deprisa mientras su cuerpo se relaja bajo el mío, exhausto y radiante.
Tiene el tupé revuelto y la envuelve una especie de resplandor satisfecho y somnoliento.
Mantengo la mirada fija en su rostro, siguiendo la curva de sus mejillas, la pendiente de su nariz y bajando hasta sus labios suaves y rosados.
Abre los ojos y parpadea mientras deja que la mirada se enfoque.
—¿Qué pasa? —pregunta—. ¿Por qué me miras así? ¿Tengo todo el maquillaje corrido? —Se lleva una mano a la cara, como si intentara tocar los defectos que imagina que veo, pero no hay ninguno. Al menos yo no los veo, porque lo único que contemplo es la perfección.
Niego con la cabeza.
—Nada. —Arrugo la nariz y me encojo de hombros—.
Es que estás adorable después de correrte, como la Bella Durmiente.
—Me río para disimular lo cursi que ha sonado, en parte porque nunca les hablo así a las mujeres y en parte porque todas las emociones y sensaciones que me sacuden el cuerpo en estos momentos resultan... aterradoras.
Dejo caer el peso a su lado y rodeo su cuerpo con el mío mientras escucho cómo disminuye el ritmo de su respiración.
—Quiero ir contigo mañana —susurro.
—¿Mmm? —Frunce el ceño—. ¿A la clínica?
Asiento y me deslizo un poco hacia abajo para apoyar la cabeza sobre sus pechos.
—Si todavía quieres que vaya.
No necesito mirarla para saber que está sonriendo.
—Pero no esperes demasiado de mí —le advierto—. Mis conocimientos médicos no van más allá de las bolsas para vomitar.
Se ríe y yo, como una tonta, también sonrío.
—No vas a poner las vacunas —me asegura—.
Pero los niños se ponen nerviosos. Protestan porque tienen que recibir un pinchazo en el brazo o porque deben ver al médico, así que puedes cogerles la mano y distraerlos mientras yo hago el trabajo duro.
—Me guiña un ojo con picardía y tira de mí para hacerme subir otra vez por su cuerpo y volver a besarme.
Entonces sé que dormir es lo último que se nos pasa por la cabeza a ninguna de las dos.