Rescatando Corazones (Sanando Corazones 1) Capítulo 14FENNA
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Capítulo 14FENNA

FENNA

Reconozco a Kristi en cuanto la veo. Está apoyada en la barra con una camisa oscura, unos pantalones holgados de algodón y las mismas zapatillas desgastadas que ha llevado todas las noches que nos hemos visto.

Ahora lleva el pelo suelto, en una trenza floja que descansa sobre la nuca.

Por mucho que disfrutara viéndola con aquel vestido ceñido y los tacones, porque sabía llevarlos, aquella no era mi Kristi.

Mientras atravieso la terraza de la azotea, parece percibir mi presencia y se vuelve.

Las guirnaldas de luces que decoran el bar iluminan los mechones rebeldes de pelo rojo que le enmarcan el rostro.

Me dedica una sonrisa amplia y cálida y, por muy cansada que esté, noto una descarga de emoción recorriéndome el cuerpo. Esta es mi Kristi.

—Vaya, este hotel está muy bien —dice, alargando los brazos para atraerme hacia un abrazo—. Nos consideramos afortunados si nos meten en un sitio con servicio de habitaciones. Nunca me alojan en un lugar así .

Dejo que me apriete contra su cuerpo y me tomo un momento para reavivar los recuerdos asociados a su aroma.

—Y yo que pensaba que las azafatas vivíais a cuerpo de reina, viajando de un país a otro en avión. Creía que se suponía que era un trabajo glamuroso.

—Quizá en 1963, durante los años dorados de Pan Am —bromea—.

Hoy en día es cuestión de suerte, depende de la ruta que haga o de la disponibilidad.

A veces nos meten en sitios donde se nota que han encontrado una habitación en el último momento para ahorrar dinero, pero otras veces no está tan mal.

Hoy incluso tenemos piscina. Se han esmerado de verdad con nosotras, así que alguien debe de haber hablado bien de la tripulación.

¿Pedimos algo de beber y buscamos una mesa?

—Señala con la cabeza unas mesas vacías en el centro de la terraza, pero yo ya he reservado una para cenar, una bonita con vistas a la ciudad y a todas sus luces centelleantes, así que pedimos vino y una tabla para compartir antes de que nos lleven directamente hasta ella.

El camarero abre la marcha, seguido por Kristi. Yo avanzo detrás, intentando calmar el burbujeo de mi estómago. Cuesta distinguir si están ganando los nervios o la emoción, pero ahora mismo no querría estar en ningún otro sitio.

—Bueno, ha sido una agradable sorpresa verte hoy en el avión. —No estoy segura de si suena sincero, pero lo digo completamente en serio—. No esperaba volver a verte después de San José.

—A mí también me ha gustado verte y todavía me gusta más estar cenando contigo.

Cualquier rastro de la mujer profesional que vi hace apenas unas horas se ha desvanecido por completo y ahora solo quedamos Kristi y yo, mi aventura costarricense. Pero esto no es Costa Rica y ella está haciendo algo que nunca hace: ver a alguien más de una vez .

—Ha sido un poco raro verte mientras trabajabas —reconozco—. Muy raro.

—Intentaré no ofenderme por eso. —Arquea una ceja mientras me recorre con la mirada—. ¿Por qué ha sido raro? Ya sabías que era tripulante de cabina.

—Lo sé. Primero reconocí tu voz —admito, sonrojándome—. Y te busqué, pero, cuando te vi, estabas tan distinta con el uniforme, el pelo y el maquillaje perfectos...

Kristi se ríe, se deja caer hacia atrás en la silla y se recuesta con los brazos extendidos sobre los reposabrazos.

—¿Crees que ahora tengo mal aspecto?

—Yo no he dicho eso. —Tampoco era lo que quería decir. Estaba guapísima con el uniforme, la falda ciñéndose a sus curvas y aquel pintalabios escarlata aplicado con tantísimo cuidado—. Es solo que... estabas distinta. Todo en ti era diferente.

El camarero regresa con una botella fría de sauvignon blanc. Me ofrece la posibilidad de probarlo antes de servirlo, pero niego con la cabeza.

—Estará bien, gracias. —Un instante después, nos deja con dos copas llenas y coloca el resto de la botella en una cubitera junto a la mesa. Cojo mi copa, ya empañada por la condensación, y doy un sorbo.

—Espero que te guste. Es uno de mis favoritos —le digo.

—Seguro que sí. —En lugar de beber, levanta la copa y la sostiene en alto entre el índice y el pulgar—. Por... los encuentros inesperados.

Una amplia sonrisa me ilumina el rostro y nos quedamos mirándonos, compartiendo lo que parece ser la misma felicidad sincera por estar aquí, juntas.

—Por los encuentros inesperados a 33 000 pies de altura. —Choco mi copa contra la suya y doy otro sorbo mientras nuestras miradas se encuentran por encima de los bordes. Me guiña un ojo mientras bebe antes de volver a recostarse en la silla.

—Has dicho que la operación ha salido bien. Entonces, ¿qué ocurre ahora?

—Mmm, sí. Ha salido bien y ahora está al cuidado de un equipo local, pero algunos nos hemos quedado por si surge alguna complicación.

Aunque no esperamos que las haya. Pensé que podía aprovechar para ser útil mientras estuviera aquí, así que me he ofrecido voluntaria para ayudar en un par de clínicas de vacunación. —Me encojo de hombros.

—¿Es con la misma organización benéfica?

No creía que necesitaran ese tipo de clínicas aquí.

—Kristi levanta los brazos para señalar no solo el elegante hotel donde estamos sentadas, sino también las brillantes luces del centro de Santiago, con sus calles bulliciosas, sus habitantes vestidos con ropa de marca y sus supercoches—. Tienen sanidad pública, ¿no?

—Sí. A Chile no le falta dinero, pero se parece un poco a Estados Unidos.

La riqueza no está bien repartida. El lugar al que voy mañana no tiene este aspecto.

Es muy diferente. La organización colabora en iniciativas de salud pública para llegar hasta las personas excluidas.

Han instalado una clínica en el campamento que hay al otro lado del río.

—Kristi me mira sin entender del todo—. En realidad, es un asentamiento de chabolas.

Las familias viven en casas improvisadas, construidas con los materiales que consiguen encontrar.

Es una pequeña comunidad y están intentando que acuda el mayor número posible de niños de la zona para vacunarlos.

Me ofrecí a ayudar, así que mañana me toca estar al frente.

—Entonces se me ocurre algo—. ¿Por qué no vienes conmigo?

Así podrías ver de primera mano parte del trabajo que hacemos.

Probablemente no debería habérselo preguntado porque estoy segura de que tiene otros planes, pero quiero pasar más tiempo con ella ahora que tengo la oportunidad.

—Pensaba pasarme todo el día junto a la piscina para quitarme algunas marcas del bronceado...

—No debería habértelo preguntado. Perdona.

Claro que tienes planes. —Las palabras me salen atropelladas mientras intento ocultar la vergüenza de haberlo sugerido, pero ahora solo consigo pensar en las zonas de su cuerpo que no están bronceadas—.

Entonces, ¿qué tal ha ido el vuelo para vosotros?

—pregunto sin perder el ritmo mientras le sirvo otra copa de vino—.

¿Ningún pasajero temerario ni imprudente?

Kristi parece desconcertada por mi cambio de rumbo, pero se recupera enseguida.

—Ojalá. —Sonríe—. Había un crío pesado al fondo del avión que no paraba de dar la lata y un hombre en primera clase que montó una rabieta porque no llevábamos su whisky favorito, pero eso fue todo. Al menos no tuvimos que sacar las esposas.

—¿Os dan esposas? —No sé si habla en serio o si es una especie de mensaje oculto, su manera de coquetear conmigo—. ¿En serio?

—Sí, claro. Tenemos esposas, bridas, esas cuerdas extensibles enormes que podemos enrollar alrededor de los pasajeros problemáticos para sujetarlos a sus asientos... Tenemos de todo. —Me guiña un ojo—. Y estamos muy bien adiestradas para usarlo todo.

Se me ha secado la garganta y veo destellos de la última noche que pasamos juntas. ¿Está pensando en lo mismo que yo? ¿Está poniendo a prueba mi interés, intentando averiguar si me apetece una segunda ronda? Por favor, que esté coqueteando.

Pero no añade nada más y yo no consigo pensar en ninguna respuesta que suene ni remotamente seductora, así que esta vez es ella quien cambia de tema, dejándome maldiciendo mi torpeza.

—Entonces, ¿trabajarás durante toda tu estancia? —pregunta.

Mierda, ¿por qué no he sido más rápida o ingeniosa?

—Trabajo mañana, después tengo un día para mí y luego vuelvo a la clínica durante el resto de mi estancia —respondo, aunque noto el peso de la decepción llenándome el estómago—. ¿Desde aquí vuelves a Denver?

—No. Tengo un vuelo a Los Ángeles y después a Sídney, con una escala de una noche, y luego hago el trayecto de vuelta. —Se estira largamente—. Después quizá vuelva a Costa Rica durante unos días, dependiendo de cómo me encuentre. Los vuelos a Australia siempre me dejan agotada.

Asiento en silencio mientras me devano los sesos buscando algo deslumbrante que decir, pero no se me ocurre nada.

Cero, nada de nada, ni una palabra. Quiero asombrarla con mis réplicas ingeniosas, pero no me sale una sola palabra, así que parezco uno de esos perros que asienten con la cabeza en los salpicaderos de los coches.

Sirvo el resto del vino y reparto lo que queda entre nuestras copas.

Durante la conversación hemos ido picando de la tabla, pero, ahora que se han acabado tanto la bebida como la comida, no quiero que termine la noche.

Estar en su compañía, reír juntas, es lo correcto.

Es una sensación muy extraña que no consigo explicarme ni siquiera a mí misma, mucho menos a otra persona, pero encajamos.

Y me quedo con ganas de más de ella: de seguir contemplando sus hoyuelos, de escuchar más historias sobre Bribón, el refugio y Costa Rica, de continuar hipnotizada por la forma en que se muerde el labio cuando se concentra.

—Quédate conmigo esta noche —suelto antes de poder contenerme—. ¿Por favor?

—¿No tenías que levantarte temprano ?

—Sí, pero... no quiero que te vayas. —Me arden las mejillas mientras intento convencerme de que esto es exactamente a lo que se refiere Yaya cuando habla de ser atrevida y apasionada, y de que no parezco sencillamente desesperada.

Tengo la vulnerabilidad sobre un hombro y la exposición emocional sobre el otro, y el silencio que se extiende entre nosotras, que en estos momentos dura unos tres segundos, es como una especie de abismo infinito en el que solo oigo el eco de mis propias palabras necesitadas.

—Fenna, me encantaría... —dice Kristi, pero entonces hace una pausa y el corazón se me encoge hasta formar una bola apretada mientras espero el inevitable pero—. Pero sabes que esto es algo informal, ¿verdad?

—Sí, claro. Las dos estamos demasiado ocupadas para cualquier otra cosa —miento.

Bueno, en realidad no es mentira porque, tanto desde el punto de vista práctico como logístico, tiene razón.

Lo que ocurre es que mi corazón no quiere oírlo—.

Solo agradecería la compañía. —Me encojo de hombros con indiferencia, como si no me importara.

Dejo la servilleta sobre la mesa, aparto la silla, me levanto y le tiendo la mano—. ¿Vienes?