Rescatando Corazones (Sanando Corazones 1) Capítulo 12FENNA #2
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Capítulo 12FENNA #2

Para cuando Kristi aparece al otro lado de la cortina que separa a los pasajeros de primera clase del resto del avión, casi me he terminado el vodka con soda.

El vivo destello de la tela azul intenso me llama la atención y, un instante después, la veo salir.

Le murmura unas palabras a una de las tripulantes más jóvenes y después se dirige directa hacia mí.

Vuelve a sonreír, pero esta vez es diferente.

Parece más relajada, más natural. Es una sonrisa auténtica.

Con el uniforme y el maquillaje sigue sin parecer del todo ella misma, pero al menos me resulta algo más familiar.

—¿Quieres que te lo rellene? —pregunta, dando un golpecito en el borde de mi vasito de plástico—. Ven conmigo.

El carrito de las bebidas está guardado al fondo del avión, detrás de los baños. Kristi corre las cortinas a nuestra espalda para darnos un poco de intimidad mientras hablamos y luego se agacha para rebuscar más alcohol.

—¿Qué estabas tomando ?

—Vodka con soda.

—Vodka con soda... —Chasquea la lengua—. Vodka con soda... Ah. —Saca una pequeña lata de cóctel ya preparado—. Para usted, señorita —dice, imitando un acento español.

—¿Sin hielo? —Levanto las cejas con inocencia, pero Kristi hace una mueca y niega rápidamente con la cabeza.

—¿Un consejo? Nunca pidas hielo en un avión.

Me detengo con el vaso a apenas unos centímetros de los labios.

—¿Quiero saber por qué?

—Probablemente no.

Compartimos una sonrisa irónica y Kristi se apoya en el armario que recorre el fondo de la cocina. Cruza los tobillos con pulcritud y me examina.

—Entonces, ¿qué haces en Chile? Te pilla un poco a trasmano, ¿no?

—Podría preguntarte lo mismo. No creía que hicieras vuelos tan al sur.

Kristi hace una mueca.

—He tenido que dar un paso al frente durante una temporada y aceptar vuelos de más larga distancia.

Ahora mismo nos falta bastante personal.

Bajas por maternidad, enfermedades de larga duración, virus...

Y, por supuesto, recurren a una servidora porque no tengo familia ni personas a mi cargo que me obliguen a decir que no.

—Pone los ojos en blanco y, bajo el maquillaje, distingo varias arrugas finas que juraría que no estaban allí antes.

Solo puedo imaginar el desgaste adicional que esto le está provocando—.

Pero ¿qué hay de ti? ¿Qué trabajo te trae hasta aquí?

—Formo parte de un equipo quirúrgico. Vamos a operar una anomalía de Ebstein.

—Doy un sorbo al vodka con soda antes de levantar la vista y encontrarme a Kristi mirándome sin comprender—.

Es una cardiopatía poco frecuente. La niña nacerá mañana mediante cesárea y, si sobrevive, la llevaremos directamente al quirófano.

—¿Si sobrevive? —Kristi levanta las cejas, alarmada.

Es fácil olvidar lo impactante que resulta mi mundo para alguien que no vive en él todos los días. Eso no quiere decir que no sienta empatía por mis pacientes y sus padres, pero trabajo con personas durante los peores días de sus vidas. Para mí es lo normal.

—Sus médicos lo detectaron durante una ecografía rutinaria, pero es más seguro esperar hasta que nazca para operar.

Existe la posibilidad de que no lo consiga, pero ha llegado hasta aquí.

—Aprieto los labios y me encojo de hombros—.

Podrían salir mal muchísimas cosas, pero, si es lo bastante fuerte para superar la primera parte, estaremos allí, preparados para darle una oportunidad de luchar.

Kristi asiente despacio.

—Eso es muy fuerte.

Este tipo de reacción conmocionada no es nada inusual.

Por eso rara vez cuento a los demás a qué me dedico.

La gente se divide en dos grupos: los que no quieren saber nada por miedo a estropear el ambiente y los que me consideran una especie de semidiosa y empiezan a adularme sin medida.

En cualquier caso, no favorece precisamente la conversación y, desde luego, no merezco que me idolatren.

Entonces, ¿por qué se lo he contado a Kristi?

Quizá porque quiero impresionarla y esta es mi manera de presumir, o puede que simplemente me emocione muchísimo formar parte del equipo quirúrgico.

Probablemente la verdad sea una mezcla de ambas cosas.

Es solo la tercera vez que participo en algo así.

La primera era tan novata que apenas fui algo más que una observadora.

En la segunda participé de una forma mucho más activa y ahora, con Mike Brown, mi antiguo mentor, al frente de la operación, soy una parte fundamental del equipo. Es algo importante .

—¿Cuánto tiempo estarás en la ciudad? —pregunto, observando cómo los dedos de Kristi tamborilean contra el moño de pelo rojo. Los mismos dedos que recorrieron las partes más íntimas de mi cuerpo, por dentro y por fuera. Los mismos dedos que quiero que vuelvan a tocarme.

—Cuatro noches. —Hace una pausa y me pregunto si cree que mi pregunta tiene segundas intenciones. Las tiene, pero intento aparentar tranquilidad. Sin embargo, estoy bastante segura de que no lo consigo—. Después vuelo de regreso a Estados Unidos y salgo directa hacia Sídney. ¿Y tú? —pregunta.

—Seis días. —La veo mirarme con curiosidad—. Ya lo sé. Es más de lo habitual, pero tengo unos días de vacaciones y me he ofrecido a ayudar con un nuevo programa de vacunación que han puesto en marcha.

—Eres toda una Florence Nightingale —dice en tono burlón y, como siempre, me sonrojo y sonrío como una idiota.

—Ni mucho menos. Además, siguiendo esa misma lógica, ¿eso no te convertiría a ti en una especie de César Millán?

—Touché. —Se ríe y levanta las manos en señal de rendición.

¿Resultaría demasiado obvio y desesperado preguntarle qué planes tiene para esta noche? ¿Parecería patética? ¿De verdad me importa tanto si es así?

—¿Qué tal está la bebida? —pregunta Kristi. Tiene un ojo abierto apenas una rendija y me observa con un atisbo de sonrisa en los labios—. ¿Da justo donde debe?

—Está... pasable. —Hago una ligera mueca. Un vodka con soda de verdad habría estado mucho mejor, pero estas latas de cócteles preparados dejan bastante que desear. Las dos nos reímos—. Está un par de peldaños por encima de las bebidas que me preparaba mi hermana cuando era más joven .

—¿Tu hermana te daba vodka con soda cuando eras una cría?

—No exactamente. —Me apoyo contra la pared opuesta y sonrío con dulzura—.

Mi hermana es unos años mayor que yo, así que, cuando ella estaba en su primer año de universidad, yo estaba en el instituto.

Recuerdo que, cuando volvió para Acción de Gracias durante aquel primer año, me pareció la persona más guay del mundo.

Se había teñido las puntas del pelo de un rosa muy intenso y tanto ella como sus amigos bebían y fumaban un poco.

—¿El pelo rosa? —repite Kristi, haciendo una mueca.